La identidad de un pueblo: la iglesia de Canjáyar

Número 42 del Ciclo de Artículos ‘Desde Mi Ventana’ de Amigos de la Alcazaba

Vista exterior de la Iglesia de Canjáyar, emblema del municipio.
Vista exterior de la Iglesia de Canjáyar, emblema del municipio.
Francisco Alonso
07:00 • 23 jun. 2020

La primera vez que vi Canjáyar fue casi a vista de pájaro. A principios de los años noventa, mi esposa fue destinada a su instituto de Secundaria. Tomamos la carretera desde Abla y en Ohanes descubrimos un valle que se extendía ante nosotros. Al acercarnos al precipicio apareció, en el fondo del valle, un precioso pueblo blanco. Cuando descendíamos por la carretera serpenteante distinguimos la torre de la iglesia, que dominaba majestuosamente el pueblo.




Años después tuve el honor de ser el alcalde de Canjáyar, y tal circunstancia hizo que mi relación con este monumento fuese muy estrecha. En mi primera legislatura (2007) se iniciaron las obras de rehabilitación de la iglesia. Antes, una comisión formada por políticos locales, autoridades eclesiásticas y vecinos había iniciado la gestión de esta reforma. Tuve entonces la suerte de conocer a personas con un amplio conocimiento de la historia de Canjáyar, como D. Emilio Esteban Hanza (abogado e historiador, cronista Oficial de la Villa de Canjáyar que, por desgracia, nos dejó recientemente) y D. Javier Sánchez Real (Licenciado en Historia del Arte y Comisario, junto con D. Joaquín Gaona Villegas, de la exposición de piezas religiosas que se organizó durante el Año Jubilar de Canjáyar en 2011). En una reunión con ambos en la iglesia, durante las obras de restauración, les pedí que me proporcionasen datos sobre el monumento, del que apenas sabía nada.




Ambos coincidían en que este edificio se construyó sobre la antigua mezquita emplazada aquí, que se vio seriamente afectada por un terremoto en 1522. Las obras fueron sufragadas por el Arzobispado de Granada (hasta mediados del pasado siglo, toda la Alpujarra perteneció a la diócesis granadina) y acabaron en 1540. Finalmente, el edificio quedó con una planta rectangular de unos 200 m2, cimientos de ladrillo, cal y arena de algo más de 1 m de ancho y paredes revestidas de “hormigón” por la parte exterior con una altura de algo más de 8 m.




El altar mayor estaría colocado donde hoy se encuentra la entrada principal y el coro (esta ubicación primitiva me sorprendió). También dispondría de una torre arrimada a la cabecera, en el lado de la Epístola de la iglesia y en cuya base estaría la sacristía. El cuerpo de campanas era de ladrillo, cal y arena con arcos de medio punto. Y aunque se proyectó con arcos sobre los que descansaría la techumbre, la cubierta finalmente se limitó a una armadura de madera, similar a la que cubre la nave central de la iglesia de Paterna del Río.




La rehabilitación que acometíamos no era la primera. Tras la rebelión de los moriscos de 1568 la iglesia quedó saqueada y quemada, y debido a la crisis social y económica posterior el templo no pudo reconstruirse hasta 1587-1590.




Después se llevarían a cabo otras obras, principalmente debido a filtraciones de agua en la cubierta (en 1666, 1695 y 1721). Parece que estas reparaciones no fueron muy eficaces y, a petición del párroco, junto al Concejo y los vecinos, por la situación de ruina y falta de espacio que sufría el templo, el arzobispo decretó su reparación y ampliación en junio de 1737. Pero su disposición no permitía la ampliación de la cabecera existente, por lo que hubo que invertir la orientación del templo ubicando el altar mayor donde actualmente está el crucero de la Iglesia.




El resultado fue una capilla mayor cuadrada, de 10 m de lado e idéntica altura hasta la cornisa. La segunda ampliación, me contaba Javier, se desarrolló de 1770 a 1773. En esta intervención se dio forma a la cabecera de la iglesia tal y como hoy la conocemos.




Terremoto
Sin embargo, me explicaba D. Emilio, la embestida más fuerte sufrida por el edificio fue la provocada por el terremoto de 1804, que destruyó la torre aunque no causó demasiados daños al resto. Las obras de reconstrucción también tardaron en comenzar esta vez (finalizaron en 1852), y se dedicaron tanto a la torre -que quedó integrada en la fachada, tal y como aparece hoy- como al resto de partes afectadas.


El último embate que ha sufrido nuestra iglesia, relataba D. Emilio, se produjo durante la Guerra Civil. El templo se utilizó como almacén y cochera, y sufrió importantes deterioros. El retablo, de 1773, fue destruido en 1936. Javier explicaba que era una obra de madera dorada con pródiga ornamentación, muestra clara de la retablística granadina tardo barroca. El nuevo retablo, según D. Emilio, fue iniciativa de un párroco de mediados del siglo pasado: D. Pedro Aliaga Navarro.


Pasamos a hablar del estilo arquitectónico del templo. Ambos coincidían: no presenta en su totalidad un estilo arquitectónico puro. La iglesia primitiva (de la que sólo quedan algunos vestigios) era de estilo mudéjar. Actualmente la cabecera abovedada es barroca y las últimas reparaciones son de estilo neoclásico, pero ambas obras están perfectamente integradas, destacando la austeridad ornamental tanto interior como exterior. A pesar de esta sencillez, el templo presenta en su interior vidrieras, pilastras en relieve, barandas, hornacinas, cornisas y otros elementos decorativos, según puntualizaba D. Emilio. También “dispone de órgano en la parte del coro que está sobre la entrada”, explicaba orgulloso.


Sin embargo, para los canjilones lo que realmente hace a este edificio singular es la reliquia que custodia: la Santa Cruz del Voto. Esta pequeña cruz de madera de olivo apareció en el baptisterio de la iglesia el 19 de abril de 1611. Durante más de cuatro siglos este pueblo ha mostrado una veneración excepcional hacia la cruz. Y lo celebra (como su voto indica) cada 19 de abril de forma inquebrantable, siendo su templo el edificio sobre el que gira toda esta fe y devoción.


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