Diario de una cuarentena (XXVII): ¡Vamos a la playa!

Palomas campan a sus anchas en el paseo marítimo.
Palomas campan a sus anchas en el paseo marítimo. Guillermo Fuertes

Tengo un informante en el paseo marítimo que asegura que gaviotas, palomas y demás pájaros están campando a sus anchas por allí. Ante la ausencia de humanos, vuelan más bajo, casi a ras de suelo. Solo interrumpen sus andanzas los operarios municipales que están arreglando las duchas, han cambiado las papeleras y hasta podado las palmeras. “Vamos, lo están dejando niquelao y eso da esperanzas”, me escribe en un mensaje. Yo pienso que a todos nos pondría de muy mala leche tener las playas a punto, por una vez antes de San Juan, y que nos prohibiesen ir. He oído que igual instalan unos habitáculos para que no juntemos mucho las sombrillas por aquello de respetar la distancia de seguridad. Y qué queréis que os diga, en El Zapillo no es mala idea, ya que somos propensos a ponernos unos encima de otros.


Antes me he quedado en blanco y he decidido bajar a la farmacia a ver si me pasaba algo. Ese es mi nivel de desesperación. También porque necesitaba medicinas, señor del Servicio de Inteligencia que todo lo lee. Cuando ya regresaba de vacío, me he cruzado con el peluquero del barrio que dice que está cansado de descansar. “Algunos clientes me preguntan que qué hacen y yo les digo que se cojan un quiqui, pero que no metan tijera”, comentaba. La de desaguisados que tendrá que arreglar a la vuelta, porque quietos no vamos a estar. Con deciros que tengo una amiga que se ha tintado la raya del pelo con rímel...


Empezaba a convencerme de que esto no lo levanta ni dios cuando ha sonado el teléfono. Lo que ha sucedido después se queda para mí, solo diré que he comido roscos de mi pueblo. Y el abrazo está apuntado para la próxima.


Pero os seré sincera, estoy un poco de bajón. No dejo de darle vueltas al hecho de que es el Día del Libro y este año no voy a poder ir a buscar refugio en la sonrisa cómplice de Ana, de Picasso, que siempre acierta y más que recomendar lecturas, me extiende recetas. Me olvidaré de enviar un mensaje a Rodolfo, ese Quijote que lucha contra los molinos de viento de Amazon, para preguntarle por qué esquina ha ensanchado esta vez el horizonte de Espacio Lector Nobel de Vera. No voy a pasar por la Plaza Santa Rita y a mirar a través de la cristalera para curiosear si Rafa sigue premiando a sus clientes con convertirlos en libreros por un día de Nobel Almería. Me abstendré de bajar la escalera de caracol de Bibabuk a ver si Paco y Presen han vuelto a llenar el sótano de niños deseosos de escuchar cuentos. Y no cruzaré el umbral de la puerta de Zebras para descubrir qué han inventado ahora Belén e Isabel para mantener bien iluminado el foco que encendió un farero llamado Miguel.



 

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