El último dueño del Fraile que vino de Murcia

El empresario agrícola acaba de vender el Cortijo a Diputación tras 26 años en su poder

José Antonio Cánovas, en su finca nijareña.
José Antonio Cánovas, en su finca nijareña.
Manuel León
01:09 • 27 oct. 2022

El murciano José Antonio Cánovas ha sido durante los últimos 26 años el dueño y señor del Fraile: el ejemplo más palmario de que el símbolo, a veces, está por encima de la evidencia. De ese cortijo ancestral construido por unos frailes, santo y seña de la traición amorosa a través de dos autores universales, solo queda un armazón ruinoso de colañas y adobe, pero es tal la fuerza que lo alimenta, lo que hay dentro de esa decadencia, que bien pagados parece que están los casi dos millones que ha pagado la Diputación Provincial para reconstruir sus mimbres y convertirlo en un poderoso reclamo de cine y literatura bajo la argamasa de la obra de Lorca y Carmen de Burgos.



Cánovas no pasará a la historia por haber cuidado de ese refugio de pastores los últimos años: pudo tirarlo abajo antes de que fuera catalogado por la Junta como Sitio Histórico y Bien de Interés Cultural. Afortunadamente no lo hizo, aunque la Junta estuvo durante dos décadas mariposeando con el Fraile sin salvarlo. En verdad, casi nadie esperaba ya un final feliz para este sitio lorquiano que ahora Javier Aureliano García pretende rescatar y convertirlo en un buque insignia del Cabo de Gata.



Cánovas, su último dueño, es un hombre de negocios, administrador de la empresa Agrícola Mar Menor, que  acaba de vender el cortijo cochambroso, con una capilla milagrosamente salvada, junto a 23 hectáreas de tierra. Es un ejecutivo de empresa, al que no se le presuponen expresivos sentimientos. Sin embargo, algo  se acelerará en su corazón o sonará en sus tripas cuando tenga que firmar ante notario la escritura de compraventa dentro de muy poco tiempo. La empresa mantiene dentro de la vasta extensión nijareña una explotación ecológica de brócoli y lechuga al aire libre que riegan con pozos de su propiedad. Compró la finca en 1996, en unión del ejidense Serafín Mateo, al que, a los dos años, le recompró su parte, cambiando el cereal para forraje por los cultivos de hoja verde. 



Antes de él, el Cortijo fue de los frailes dominicos y tras la Desamortización de Mendizábal pasó a los Acosta y después a Lorenzo Gallardo, al empresario Vandervalle, a Juan Guerra y después a una aseguradora francesa llamada UAP. El último ha sido Cánovas, un murciano que sin leer Bodas de Sangre, ha tenido agallas para salvar un Cortijo  almeriense al que nada le unía. 







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