Carboneras

En el adiós a Joaquín Díaz, la playa del Ancón más sola que nunca

El médico madrileño que se enamoró de Carboneras

Los hermanos Joaquín y Carlos Díaz Domínguez, en una playa de Carboneras.
Los hermanos Joaquín y Carlos Díaz Domínguez, en una playa de Carboneras. Archivo La Voz

La playa de El Ancón está ahora más sola que nunca. No porque no permitan su acceso a ella por la pandemia del coronavirus, sino porque desde este pasado sábado ya no podrá contar entre sus bañistas con Joaquín Díaz.


Años y años veraneando en Carboneras y, al final, Díaz Domínguez optó por hacer de esta playa su eterno paraíso, donde encontraba el silencio necesario alejado del bullicio en las calles de Madrid o el ajetreo en los quirófanos de La Paz; o donde la literatura se convertía en su fiel compañera.


Es cierto, y así lo atestiguan muchas imágenes que conservan vecinos de Carboneras y su propia familia, que el doctor Joaquín Díaz, jefe del Área de Cirugía General en ese hospital madrileño, se bañó durante muchos veranos en muy diversas playas carboneras, pero la que más le cautivó fue la de El Ancón.


Fue el sábado por la tarde, cuando los españoles salen a nuestros balcones a aplaudir como mejor homenaje al personal sanitario y resto de profesionales que se juegan a diario la vida por nosotros, precisamente a las ocho, cuando Joaquín Díaz se despedía para siempre de su playa, de su Ancón, o Lancón, porque los carboneros lo dicen de las dos maneras.




Díaz Domínguez entabló una particular guerra contra el coronavirus desde hacía varias semanas y no pudo ganar la última batalla, pero en el fondo de muchos corazones quedará su bondad, su humanismo, su entrega a los demás y, en particular, a los carboneros.


A los vecinos de este pueblo del Levante les quedará para siempre el recuerdo de su pregón en las fiestas de San Antonio del año pasado. “Llegué hace 52 años con mi padre a bordo de una moto Vespa 125. Y desde entonces, casi como dijo Julio Verne, vine, ví y no vencí, me venció este pueblo. Me venció Carboneras”, escribía Joaquín Díaz hace casi un año.


También contó a los vecinos que Carboneras “es un gran pueblo” y que al pueblo han venido “mi mujer, mis hijas, mis yernos, mis nietas, mis amigos ...”. Antes de ellos vino Joaquín con su inseparable libro y con la mirada fija en El Ancón. Hasta siempre.

 

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