Almería y Marruecos: Historia de una relación

A poco más de cien kilómetros del Kiosco Amalia está la frontera africana de Nador

Establecimiento hostelero de comida marroquí en la calle Real de Almería.
Establecimiento hostelero de comida marroquí en la calle Real de Almería.

A poco más de cien kilómetros de distancia -la misma que separa Adra de Pulpí- está el Kiosco Amalia de Nador, frontera de África con Europa. No hay alfombras ni grandes edificios de granito en ese puesto fronterizo, sino una sola cabaña de madera por donde cientos de marroquíes con permiso laboral trasiegan a diario cargados de fardos como tortugas humanas rumbo a Melilla y de allí quizá a algún bazar de la calle Real de Almería. A la inversa, si eres almeriense y quieres cambiar de continente, el funcionario te acosa a preguntas de para qué quieres entrar en Marruecos, al tiempo que te alarga una tarjeta de un hotel de Nador y la de un taxista de confianza por lo que cobrará probablemente alguna comisión.


Almería y Marruecos, tan lejos, tan cerca. Quizá no podríamos -no sabríamos- vivir ya el uno sin el otro. Administrativamente estamos más unidos a un finlandés de Helsinki que a un marroquí de Kenitra, pero es solo un espejismo. En realidad, nos importa un bledo Finlandia, a los almerienses. Al margen de ir a ver auroras boreales quien pueda, nos trae sin cuidado quién gobierne allí, qué cosas producen, qué compran, cuáles sean los platos más demandados en los restaurantes. Nos importa muy poco Finlandia y sin embargo es Europa, como nosotros, y podemos ir con el DNI sin que nos paren ni nos pregunten si acaso queremos entrar para matar al presidente.


Y, por el contrario, a tiro de honda tenemos a Marruecos -dicen que en días claros se ve el Gurugú desde el Faro de San Telmo- y desearíamos que no nos importara, pero nos importa, porque están al lado, porque Almería y Marruecos llevan años queriéndose y odiándose.  No hay ninguna otra provincia más mora que Almería (Granada es árabe), desde los tiempos de Abd el-krim, desde que miles de jóvenes almerienses (y españoles en general) caían en las dunas del Rif, en el Desastre de Annual. El Cuartel de la Misericordia existe por esa rivalidad guerrera, como el primitivo del Campamento de Viator y un africanista dio un golpe de Estado en este país que duró 40 años.



Tenemos sangre mora en nuestros genes, más que la tiene ningún otro europeo, querámoslo o no. Y si un extranjero merodea el entorno de la Fuente de los Peces de Perceval, los bazares, las carnicerías Halal, las teterías del parque, el restaurante de Pedro Cazorla en la falda de la Alcazaba, el entorno de La Hormiguita, o si penetra, sin prejuicios, en el barrio de El Puche, creerá que está en Alhucemas o en Rabat. Goytisolo se dejó embrujar por La Chanca quizá por lo del influjo moro que tenía -por esa sublime combinación de pobreza y alegría- y cuando el barrio fue cambiando, cuando los propios almerienses lo nombraron persona non grata por luchar por la dignidad del extranjero pobre, buscó como un elefante herido la Plaza de Marraquech para sus últimos días.


Parte de la historia del invernadero almeriense -además de por las artimañas de Paco el Piloto- está escrita con el sudor de miles de marroquíes recolectando hortalizas bajo plástico a 40 grados, antes que empezaran a llegar pateras de negros subsaharianos. Sin el soplo del Norte de Marruecos, Almería sería Almería, pero de otra manera. Sin esa tensión racial, que dejó en el pasado episodios dignos de ser olvidados, no se entendería la Almería de hoy. Contaba un vez un rifeño que solo hay dos ciudades en el mundo donde se juega al julepe: Nador y Almería. Y eso une más que el pasaporte europeo.



Un 20% de la población almeriense es extranjera, y la mitad de ese 20% es marroquí. En total viven entre  'cristianos viejos almerienses', más de 60.000 marroquíes, sobre todo en El Ejido (16.000), la capital (12.000), Níjar (9.000) y Roquetas (6.000). Es la principal colonia foránea en la provincia y en ninguna otra zona española viven tantos marroquíes como en la tierra del Indalo, en términos relativos a su población.


En ese almirez de razas y creencias, la investigadora en Ciencias Sociales de la UAL, Lucía López, llama la atención sobre el hecho evidente de que pocos pueblos como el almeriense y el magrebí comparten con tanta fuerza valores como el amor a la familia, a pesar del estigma medieval que pesa sobre el moro (el morisco) y sus costumbres. Como nuestros compatriotas almerienses -los Pies negros- lo tuvieron en Orán (Argelia), cuando algunos de ellos fueron pasados a cuchillo, no hace aún demasiado tiempo.


El roce genera aversión, pero también apego. Con el vecino peleamos más que con nadie, pero también es con el que más compartimos, sobre todo cuando vienen mal dadas. Si hay una desgracia natural en cualquier ciudad marroquí, recibiría más pronta ayuda de Almería que de Berlín.


Y sin embargo, al mismo tiempo de esa cercanía, de esa vecindad, a veces -con todos los matices- fraterna, en lo económico uno tiene la sensación de que Marruecos es para Almería como el hijo consentido que tiene Europa, el hijo díscolo al que todo se le perdona como a un hijo pródigo al que se sienta en la misma mesa que a cualquier otro socio del Viejo Continente.


Marruecos quiere ser Europa, pero no lo es. Lanza continuamente órdagos que se les perdonan, resultando siempre perjudicada Almería, para que Mohamed -y antes Hasan- no se enfade. En la última campaña, a Marruecos se le permitió vender en la Unión Europea 500.000 toneladas de tomate, cuando el contingente preferencial previsto en el Acuerdo de Asociación con Bruselas es de 285.000. 


No hace tanto que Almería, la flota pesquera almeriense, los hijos de Pescadería, tuvieron que renunciar a faenar en los caladeros vecinos porque así lo hizo valer la cancillería marroquí en la Comisión Europea. Y así quedaron para la posteridad aquellas huelgas, aquellas imágenes de la cámara de Mullor con aquellas matronas del barrio sentadas sobre el asfalto de la Carretera de Málaga, aquel Paco el Recortao pidiendo, sin éxito, que los pescadores almerienses pudieran seguir yendo a por la brótola y la pescada de Larache.


Es la sensación de impotencia que debe tener, después de tantos años, Andrés Góngora, la misma que tuvo el malogrado Francisco Vargas: de qué sirve haber conseguido sentarse en la mesa del Mercado Común de la Unión Europea, si quien no se sienta en la mesa tiene casi los mismos derechos: ya comen los alemanes casi la misma cantidad de tomate africano de Agadir que del invernadero urcitano. La Coag acaba de exigir a Europa, por los hechos de Ceuta, que suspenda de inmediato los acuerdos comerciales con Marruecos y que no ceda al chantaje de la Dictadura marroquí "que utiliza una crisis humanitaria para conseguir sus fines políticos".


Y sin embargo, y a pesar de luchar contra un cesarismo africano, contra un sátrapa que colecciona 20 palacios (lo del Borbón es calderilla al lado de Mohamed), que es capaz de lanzar súbditos a una playa como si fueran escudos humanos, uno tiene la sensación de que, al margen de déspotas y tiranos, Almería y Marruecos están condenados a entenderse, como llevan haciendo siglos, con sus tiras y aflojas, mejor dicho, con más tiras que aflojas. Sobre todo, porque, egoístamente y con las cifras de la última Balanza Comercial en la mano, Almería vende productos y servicios en Marruecos por valor de solo 20 millones de euros, una de las provincias andaluzas con menos transacciones con el país vecino, a pesar de su cercanía y en el que hay un gran mercado de futuro por explotar que, de momento, solo explota Francia.

 

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