El cunero almeriense más olvidado

José de Cárdenas fue el administrador de la compañía que trajo el ferrocarril Linares-Almería

Retrato de José de Cárdenas Uriarte en 1903, en plena madurez. Nacido en Sevilla, emigró a Madrid y a Almería consagró gran parte de su vida.
Retrato de José de Cárdenas Uriarte en 1903, en plena madurez. Nacido en Sevilla, emigró a Madrid y a Almería consagró gran parte de su vida.
Manuel León
22:25 • 10 dic. 2022

En aquella Almería decimonónica de ricos y pobres, de caciques y recolectores de esparto, de atraso de siglos, toda luz de progreso se fiaba al diputado de distrito. Muchos de ellos eran almerienses de nacimiento y corazón; otros -los llamados cuneros- eran impuestos por los jefes políticos de turno desde Madrid y, aunque no corriera ADN almeriense por su sangre, se les suponía que, al menos, le tenían estima a la tierra que, con más o menos ganas, le había votado y garantizado un escaño en la Carrera de San Jerónimo.



Ejemplos hubo siempre: No fue acaso Gutierre de Cárdenas y Chacón, alcaide de la Alcazaba, el primer cunero tras la toma de Almería. Y cómo no recordar también a lo largo de las décadas como representantes urcitanos en las Cortes a dos Azorines (primero el escritor José Martínez Ruiz y después el malagueño Tomás como parlamentario andaluz), Espronceda, Procopio Pignatelli, José de Igual o Augusto Barcia; y más recientemente a Juan de Dios Ramírez Heredia, Cristina Narbona o el alcarreño Rafael Hernando, entre otros. Unos, como el autor de  la Canción del Pirata, apenas pisaron esta tierra; otros, han terminado echando raíces.



Almería, desde finales del XIX, fue una circunscripción comodín para que los mandamases del Gobierno pudieran colocar como parlamentarios a correligionarios de otras provincias, a cambio de favores políticos y personales a los gerifaltes locales. Así lo explicó en una carta el presidente del Consejo de Ministros, Romanones, a Eduardo Dato en 1914: “Almería es la provincia más cunera de España vertebrada por dóciles distritos”.



Desde la elección de ese fabuloso cronista de lo cotidiano que fue el alicantino Azorín, Almería ha hecho honor a esa vitola de ser el abrevadero de aspirantes a escaño de todas las Españas.



Tanto se fue de madre esta llegada de oportunistas que los periódicos La Crónica Meridional y El Radical protagonizaron campañas contra los candidatos que no eran ‘hijos del país’ y en 1916, la Juventud Ciudadana llegó a organizar un violento mitin en Tabernas contra el cunerismo.



Sin embargo, en la décadas de los 80 y 90 del siglo XIX hubo dos forasteros que destacaron por su valía, por sus esfuerzos desde Madrid para procurar para Almería las inversiones necesarias que la hicieran ir saliendo de su postración como cenicienta de la Península. Uno ha sido suficientemente reconocido y estudiado a lo largo de todo el siglo XX. Pero otro, nada más ser enterrado, desapareció de la memoria de los almeriense, sin que sea demasiado explicable. El primero fue el alicantino Carlos Navarro Rodrigo, el mismo al que le dedicaron esa calle que une el Paseo medio con Obispo Orberá, pasando por el despacho de Javier Aureliano; el mismo que tiene un busto que preside una placeta principal del Parque antiguo; el mismo que terminó siendo ministro de Fomento  bajo el Gobierno liberal de Práxedes Mateo Sagasta (lo fue también durante la I República).



El segundo, un poco más joven, fue José de Cárdenas y Uriarte, diputado por Almería durante tres legislatura que se coronó también como ministro de Fomento y de Agricultura con el Gobierno conservador de Marcelo Azcárraga. Fue uno de los impulsores del ferrocarril Linares-Almería como administrador de la Compañía Caminos de Hierros del Sur de España y presentó una proposición de ley en 1894 para incluir en el presupuesto plurianual partidas periódicas para el proyecto facultativo de Ivo Bosch. Quizá fuera, salvando las distancias, como el almeriense Jesús Miranda Hita (Trío Richoly), pero del siglo XIX, que tanto dinero metió hace unos años para los tramos de Los Gallardos-Sorbas- Gafarillos. 



Y sin embargo, Cárdenas, no tiene nada que lo recuerde en su ciudad adoptiva, donde, contaba la prensa de la época, tenía una habitación reservada de forma vitalicia en el Hotel Tortosa, que luego compró el austriaco Rodolfo Lussnigg para rebautizarlo como Hotel Simón; no tiene este político cunero de ideología canovista ni un callejón, ni una piedra, ni una reseña histórica que lo recuerde ni por Tapia, ni por Martínez de Castro, ni por Santisteban.


Solo quedan de él, como huella almeriense, algunos sueltos de sus andanzas y consecuciones para Almería en La Crónica Meridional. Y uno intuye que, a veces, la perpetuidad de los recuerdos, la memoria que queda de los hombres y mujeres  vinculados a esta tierra depende más del puro azar que de la valía; de los vericuetos del destino, que del intrínseco valor de la obra legada con esfuerzo.


José de Cardenas nació en Sevilla en 1846 y tras estudiar Derecho marchó a la Villa y Corte a trabajar como abogado, donde se aficionó al periodismo y a la poesía.  Era un político de tinte conservador, defensor de la Restauración borbónica. Y era también un hombre de letras, del Siglo de la Luces. Fue uno de los impulsores de la Sociedad Económica Matritense y a partir de esa cuerda entró en contacto con Almería. Entabló amistad en la capital con el almeriense Juan de Dios de la Rada, director del Museo Arqueológico, quien le pidió que colaborara en la creación de la Sociedad Económica Almeriense de Amigos del País, junto a Miguel Ruiz de Villanueva y Rafael Carrillo. Allí viajó en varias ocasiones hasta que fue nombrado director general de esta institución almeriense para el progreso en 1877 y conoció al que fue su gran amigo Emilio  Pérez Ibañez, el dueño del caserón donde estuvo el Casino y ahora la sede del Gobierno Andaluz en Almería. 


Cárdenas se presentó a las elecciones de 1881 por Almería y las perdió, aunque sacó más votos que Nicolás Salmerón. Después obtuvo acta en las de 1884, 1891 y 1898. 


También contribuyó a la creación de escuelas rurales en la provincia como director general de Instrucción Pública. Fue también agasajado con banquetes populares en el Teatro Apolo por su labor benefactora. Fue el primer presidente de Tabacalera española y disfrutó de muchas otras dedicaciones. 


Pero una pulmonía mal curada se lo llevó prematuramente a la tumba en 1907 cuando solo contaba 61 años. Almería no publicó  ni una sola esquela por la muerte de quien había sido uno de sus diputados más bragados, quien más se batió el cobre desde la tribuna del Congreso para que Almería tuviera un ferrocarril, según relató el expresidente del Consejo de Ministros Eduardo Dato en el Diario de Sesiones.



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