Un poeta almeriense en Las Filipinas

Manuel Romero Batalla de Aquino fue una de las glorias de las letras del lejano archipiélago

Retrato de Manuel Romero Batalla de Aquino en un ejemplar del desaparecido periódico El Diario de Manila.
Retrato de Manuel Romero Batalla de Aquino en un ejemplar del desaparecido periódico El Diario de Manila.
Manuel León
10:06 • 15 nov. 2020

En el altar de las letras almerienses no hay reservada ninguna palmatoria a un poeta llamado Manuel Romero Batalla de Aquino. Quizá porque nunca volvió; quizá porque esté enterrado muy lejos; quizá porque el brillo de su pluma no alcanzara a cruzar tantos mares y océanos de por medio. Pero este aventurero soñador, brotado de una acrisolada saga familiar almeriense, alcanzó cartel como reconocido lírico. Al menos en Filipinas, donde, durante un tiempo, antes de la independencia de la metrópoli, estuvo considerado como una gloria de las letras nacionales, a pesar de que murió pobre y sin un céntimo. Solo se acordaron brevemente de él, en algún opúsculo, Florentino Castro Guisasola y Juan Antonio Martínez de Castro. Hasta ahí todo. 



Y sin embargo, este Batalla de Aquino, apellido materno muy enraizado en la Almería del XIX, fue durante los años previos a la revolución filipina, uno de los paladines, en letras de molde, de lo que quedaba del viejo imperio español de Ultramar. Se enfrentó durante años, en el Diario de Manila, al médico José Rizal, el principal inspirador de la independencia de ese archipiélago formado por más de 7.000 islas, y escribió el célebre Romancero filipino que fue como el vademécum de “las glorias nacionales” macerando en sus pasajes el legendario pasado español de Magallanes y Elcano. 



Romero y Batalla de Aquino nació en Almería mediado el siglo XIX, tío de Paco Aquino Cabrera y de Miguel Jiménez Aquino, escritores como él. Paco Aquino fue uno de los eternos archiveros de la Diputación Provincial y discreto poeta al que Leopoldo Alas Clarín le dedicó algunas líneas con motivo de la presentación de su libro de versos Sensaciones y lo definió como “poeta ilustre y admirable”. Miguel Jiménez fue bibliotecario y taquígrafo en la secretaría del Senado en 1882. Publicó en prensa muchos de sus poemas y junto con Paco Aquino y Antonio Ledesma fundó la tertulia literaria La Trastienda en la librería de Fernando Estrella. Ninguno de los dos, sin embargo, alcanzaron un claro reconocimiento, quizá porque no se atrevieron a publicar todo lo que escribían, como el propio Paco Aquino reconocío “por esa tristeza almeriense que todo lo invade, por falta de ambiente, por cansancio y por reconocimiento de la propia medianía”.



Manuel Romero Aquino, como era conocido, sin embargo, deambuló antes por esa Almería decimonónica de los 60 y 70, publicando ripios en La Crónica, que ungía en los veladores de los cafés, sin encontrar oficio ni beneficio, a pesar de la alcurnia de su origen.



Era una Almería que empezaba -como siempre, por otra parte: Almería siempre está empezando algo- que aún carecía de un puerto concluido que protegiese a los barcos que comerciaban con barrilla, esparto, uva y minerales. Y sin carretera ni ferrocarril, como dejó escrito en ese tiempo el ingeniero Echegaray. A Manuel, entonces, le cayó del cielo, tras realizar unos exámenes administrativos, una credencial como funcionario de Hacienda en Filipinas, allí donde no quería ir nadie. Pero él sí fue: se enroló en un barco tras otro, saltó de puerto en puerto, hasta avistar la dársena celeste de Manila. Solo sabía de esa ciudad por los mantones que su abuelo, el topógrafo Eduardo Batalla de Aquino le había regalado a su madre en su juventud. Manuel dejaba en Almería a familiares como sus primos Antonio, Florentina -casada con Salvador Maresca Mirabile- y Jacoba.



En Filipinas se empleó como oficial de Hacienda y también como consejero de lo Contencioso de las islas Filipinas y pronto contrajo matrimonio con la filipina de origen argentino Felisa Garchitorena, con la que tuvo una hija, Pura Romero Garchitorena, avecindada en Haway y con sangre almeriense, firme protectora del legado de su padre.



Pronto se dio a conocer Manuel en Manila, publicando sus composiciones en diversos periódicos de la ciudad, en poesías de elevados tonos patrióticos, que le valió, sobre todo, la estimación de los isleños de la época, aunque no tanto de parte de la corriente independentista que llevaba tiempo fraguándose. 



Su obra cumbre en esas fechas fue el Romancero filipino, elogiando el descubrimiento de aquellas islas. Sus romances eran aprendidos y recitados de memoria por los escolares, estimándose que la obra debía adquirirse para su lectura obligatoria  en las escuelas públicas del archipiélago. 


El poeta almeriense escribió también ensayo (Un vals de Weber, dedicado a la actriz Felipa Díaz) y teatro, aunque sin rayar a tanta altura como con el verso: como poeta adquirió renombre, siendo comparado por algunos críticos con Zorrilla. Fue también defensor del pasado de Castilla, de la iglesia y por ello tuvo muchos seguidores entre los frailes de la isla. Pero tuvo también, según la revista ‘Nuestro Tiempo’, otro perfil: el del bohemio aficionado cada vez más al alcohol, “que entre jolgorios y sablazos  cantaba a María Santísima en melodiosas quintillas”.


El almeriense fue uno de tantos modestos empleados de Hacienda de la metrópoli que viéndose cesantes en el país y sin un céntimo, se quedaron a la buena de Dios y de los frailes, a pesar de los peligros que iban fermentando con la incipiente revolución.

En 1893, poco antes de su muerte, la Comisión de Instrucción primaria, cuando más arreciaban las protestas contra el dominio peninsular, autorizó la distribución  de 10.000 ejemplares de su Romancero en más de 2.000 escuelas e instituto, que alivió sus últimos días y los de su viuda. Falleció el desconocido poeta almeriense en diciembre de 1894, después de una vida dedicada a las tareas de funcionario y a la escritura, aunque con muchas intermitencias, pero con gran sentimiento, corrección y gran cultura literaria, según los críticos contemporáneos.


El Ayuntamiento de Manila acordó dar el nombre de Manuel Romero Batalla de Aquino a una calle de la ciudad. Y así se hizo y la prensa filipina lloró su muerte, aunque a Almería no llegaran los ecos. Tras la independencia del país en 1898, el rótulo con su nombre fue retirado para siempre de esa calle filipina, donde vivió y murió el poeta que nunca más regresó a su ciudad natal.



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