Almería en los tiempos del covid-19 (L): La alegría de vender y de comprar

Toñi, dueña del kiosco del ficus centenario del Paseo, feliz de volver de nuevo a recuperar la normalidad.
Toñi, dueña del kiosco del ficus centenario del Paseo, feliz de volver de nuevo a recuperar la normalidad.

Juan Roig se subió el pasado 12 de mayo a una furgoneta en su garaje de Valencia y llegó a Almería en poco más de cuatro horas. No vino de paseo, sino de trabajo: visitó dos tiendas de la capital, se entrevistó con los capataces, supervisó las secciones, bromeó con algún empleado e insinuó algún cambio para mejorar. El presidente de Mercadona, con 2.700 millones de euros en su haber según la Lista Forbes, es el quinto hombre más rico de este país. Y, sin embargo, piensa que con 71 años que tiene, su papel sigue siendo el de seguir trabajando.


 No es mitomanía, son números: casi 3.000 millones de patrimonio y sigue pendiente de si es mejor poner los carritos en forma de U o en fila india, de si el cliente aprecia más la piña cortada a trozos o la entera. En vez de estar mejorando su hándicap o pescando lubinas en alguna cala de la Malvarrosa, sigue, este Roig, con pinta de jugador de baloncesto de la época de Clifford Luyk, con el espíritu de un jefe de línea. 


No lo hace solo en Almería, donde la cadena tiene 33 tiendas y 1.300 trabajadores, no, viaja también a Lugo o a Badajoz o donde haga falta, para inspeccionar que se cumple con el manual de estilo de la empresa, siguiendo a pies juntillas el refranero de que el ojo del amo engorda al caballo. Para hacer todo esto que hace este hombre a su edad, también en estos tiempos coronavíricos, hay que tener mucha pasión por querer hacer las cosas bien hechas, por seguir adelante con ese reto que es vender más. Y no creo que lo haga para ganar más dinero -ya tiene más del que puede gastar él y tres generaciones más de Roig- sino, intuyo, que lo hace por el afán de ser apreciado, por el anhelo de que digan de él “qué luchador que es el tío ese del Mercadona”, porque todos, al fin y al cabo, desde el más pobre al más rico, destilamos algo tan humano como es la vanidad.


La alegría de vender de Juan Roig, que es la misma que tenía cuando era un mozo de la charcutería de su padre, es también la misma alegría que tienen estos días de primavera los comerciantes de esta ciudad que han vuelto a abrir sus puertas tras el letargo.



Y la alegría de comprar: uno va por el Paseo y advierte ese bullicio humano que ha vuelto a las puertas de las tiendas y que se echaba de menos. Ayer vi a Toñi, que ha vuelto al kiosco del ficus centenario del Paseo, con su mostrador de prensa de verdad, la de papel y tinta, con la que tanto nos manchamos las manos y que tanto echamos algunos de menos; vi a camareros de La Dulce Alianza, perfectamente uniformados como siempre, enmascarados como Lucky Lucke, saliendo y entrando con las bandejas de medias tostadas y cafés; vi la boutique de J. González, con gente ilusionada probándose chaquetas para asistir de nuevo a alguna boda; vi a una hija, a una madre y a una abuela ir de tienda en tienda, probándose zapatos, desde el Pikolinos hasta Plaza Suizos, saltando de oca en oca, no veía sus bocas ni su nariz, pero sí los ojos chispeantes de la anciana sacando el monedero y pagándole los zapatos de tacón a su nieta de trece años, sus primeros zapaticos de tacón. Se le caía la baba a la mujer. No era para menos. 


 

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