Almería en los tiempos del covid-19 (XXXVIII): Una Almería nueva

Un hombre sentado y solitario en un banco de piedra de la Puerta Purchena. Detrás, el centro de la ciudad que empieza a desperezarse.
Un hombre sentado y solitario en un banco de piedra de la Puerta Purchena. Detrás, el centro de la ciudad que empieza a desperezarse.

Ayer salí a caminar  sin la presión del minutaje de siempre. Cuando digo siempre me refiero a los dos últimos meses, que son ya como un universo entero en nuestro cerebro. Salí y es como si estuviera estrenando la ciudad, aunque es la misma -el mismo calor, la misma mala imagen de algunos tirando mierda al suelo- pero era como si Almería tuviera un aliento distinto. “Caminando se conoce”, solía contestar Balzac cuando le preguntaban por sus largos “promenades” por la campiña de París. Uno al perderse por las calles, se pierde también en sus pensamientos. 


Aquí tenemos ya esta nueva Almería que amanece entre bambalinas, con los comercios desperezándose, con la gente haciendo cola en las ferreterías, con los peluqueros afilando la navaja, como Messi abrillantará su bota izquierda quizá. Un barbero es ahora un Messi, más que un Messi, diría yo. A Messi no lo echamos de menos, a Serafín o a los Hermanos Uclés, sí.


Vagué, como digo, por esta ciudad de gente enmascarada, que se saluda con una caidita de ojos y se despide con el cargante “Cuídate”. Vi cómo ha desaparecido el barrio moruno de la calle Real, donde ya no huele a cordero con especias, ni hay té humeante en los veladores de La Marina, ni tampoco se ve a Joaquín en la puerta de su figón con su boina Kangool, el autor de esa frase tan genial, como jodida para el que afloja: “El precio se olvida, la calidad permanece”.


En la Fuente de los Peces brillaba la carrocería de un solitario taxi más aburrido que una ostra. Se ha levantado el confinamiento y ha vuelto a resurgir un poco la vida en el Parque, bajo los abedules y los ficus amazónicos. Se veían bicicletas, muchas bicicletas, deportistas con falta de entrenamiento, y jubilados risueños, con corbata y flor en el ojal, que confundían el carril bici con un sendero de gloria, y no se apartaban por mucho que les aporreasen el claxon, quizá porque estaban soñando.



Pocas tiendas aún abiertas por el Paseo, aunque creí intuir movimiento en J.González. Los bares cerrados -qué hará el Minibar para respetar el aforo mínimo- en un tiempo parecido al de la ley seca, en un tiempo en el que solo suena el “silencio de los vasos de las cantinas”, ha escrito el poeta Benjamín Prado.Es como si las crujías y las cuadernas de la ciudad por fin empezaran a moverse, como cuando localizan un pecio en el fondo del mar y escupe la arena de siglos: inmobiliarias, perfumerías, joyerías, zapaterías, librerías, todo como esos osos que vuelven a la vida tras un periodo de hibernación. Es esa sensación de cuando vas a la orilla de la playa después de retirado el oleaje de un temporal y empiezas a ver los restos de limo, caracolas y ese fuerte olor a verdín. Y también esa premonición como de que cuando menos te lo esperes puedes ver emerger de la arena el castillete de La Casa de las Mariposas, como cuando Charlton Heston se topó con el cuerpo semihundido de la Estatua de la Libertad. No he notado, no sé ustedes, ese síndrome de la cabaña del que ahora hablan los psicólogos, que suena como si hubiéramos estado dos meses bajo  una ventisca en la sierra, saliendo solo para cortar leña y pescar truchas. 


 

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