Almería en los tiempos del covid-19 (XX): Un dominguero nunca dimite

Trajes de novia en los escaparates de la Puerta Purchena, esperando mejores tiempos, en los que vuelvan las bodas.
Trajes de novia en los escaparates de la Puerta Purchena, esperando mejores tiempos, en los que vuelvan las bodas.

No es broma: los pájaros ya andan a pie por la calle. Ayer vi por Jovellanos a una pareja de negros estorninos caminando con chulería sobre sus patas -para qué van a volar- como caminábamos usted y yo, libres como el viento, hace tan solo unas semanas.  En esta ciudad tan de mentira ya solo se ven -aparte de pájaros caminantes- carros de la compra, repartidores de pizza y persianas bajadas. Ayer al mediodía lucían 23 grados en el termómetro que hay enfrente de Río Preto sin nadie que pudiera disfrutarlos en esta Almería vaciada, como una mesa puesta sin comensales. 


También lucían enfrente los trajes de Pronovias en los escaparates, que tendrán que aguardar tiempos mejores, ante esta ausencia de novias para casarse, ante esta dimisión forzosa de padrinos y madrinas, de niños con trajecito de marinero y de batas de acristianar. Todo se ha parado en este mundo, como Sergio Ramos cuando lanza un penalti, como Ilsa paró su caminar y dudó si embarcar en el avión o quedarse junto a Rick. 


Todo se ha parado, aunque hay cosas que nunca cambian: ante un semáforo en rojo en Pablo Iglesias, dos solitarios coches en esa larga Avenida, y a las primeras que cambia a verde, bocinazo al canto del de atrás al de adelante, como si no hubiese un mañana, como si tuviese prisa por llegar a alguna parte, cuando apenas hay sitios ya donde llegar. Vi a un hombre en una parada de autobús leyendo un librito de esos antiguos de papel de arroz que parecía una biblia. Levantó un instante la vista y tenía una mirada antigua, con madejas de pelo blanco cayéndole por las sienes y me recordó aquel sacerdote del Titanic, agarrado al acero de la popa, con el buque ya en posición vertical, recitando los salmos: “Lo primero fue el verbo y el verbo se hizo carne”.


No queda ya casi nadie que lo viera con sus ojos, pero esta Semana Santa, sin la liturgia de las procesiones, solo se vivió un par de años durante la República. Días lejanos- como ahora- sin vírgenes ni cristos, sin penitentes ni mantillas, sin incienso ni costaleros. Qué hará Manolo Morales ahora sin desfile alguno al que ponerle nota. Intuyo que habrá saetas abalconadas, como hay ya buñuelos y pestiños azucarados que cotizan a euro la pieza en algunas tiendas del centro.



Hemos sabido que Google, el gran demiurgo de la humanidad, ha activado una aplicación en la que se pueden comprobar los movimientos en las ciudades, cómo han caído los viajes, los traslados. Intuyo que el siguiente paso sea un mapa de calor de cada vivienda, a ver por dónde deambulamos más, si por la cocina o por los dormitorios. A ver cuál es para cada uno el santuario de su casa donde más tiempo ocupa, si el sillón de orejas leyendo a Nietzsche o derrumbado en el sofá cambiando de canal cada cinco minutos. 


Hay un personaje en esta crisis- el dominguero- que no dimite de su papel. Me cuentan que hay una familia de Vera que ha llenado el coche de leña para irse este fin de semana a su casa con chimenea de Fondón. El dominguero que coge una linde siempre sigue, aunque la linde se acabe.


 

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