Los juegos de la calle que ya no se ven

Con un trozo de espejo y la ayuda del sol los niños jugaban a deslumbrar a sus vecinos

Eduardo de Vicente
07:00 • 20 ene. 2020

Hay una serie de juegos, de los que no aparecían en la lista oficial de los juegos habituales, que se fueron perdiendo a medida que los niños empezaron a alejarse de las calles. Muchos de ellos eran ocurrencias, cosas de niños, que con cualquier objeto y una buena dosis de imaginación improvisaban un número. 



Hubo un tiempo en que hasta un trozo de espejo roto, aunque fuera minúsculo, podía ser una diversión mayúscula en las manos de un niño. Se colocaba el cristal buscando la ayuda del sol y se proyectaba el resplandor sobre los ojos de la víctima elegida, que terminaba deslumbrado. Una variante del juego del espejo consistía en proyectar la luz del sol sobre una pared para que los niños intentaran atraparla. 



Otro juego de fabricación propia era el del tirachinas. Se necesitaba un trozo de rama de árbol y una tira de cámara de bicicleta para poner en valor un arma personal que podía ser peligrosa si la piedra que se lanzaba era de suficiente tamaño. En mi barrio acabamos utilizando un sucedáneo de los tirachinas reglamentarios que consistía en una simple ‘gomilla’ de las que se utilizaban para cerrar los cartones de los huevos. Colocábamos la goma entre los dedos y con el cartón de las cajetillas de tabaco fabricábamos las municiones que después empleábamos contra el enemigo. 



Eran muy apreciados entonces los dardos, no los oficiales que venían con el juego de la diana reglamentaria, sino aquellos otros dardos más elementales que vendían en las pequeñas tiendas de barrio por un par de pesetas y que conocíamos por el nombre de ‘hincapuertas’. Con aquellos aguijones los niños profanaban todo tipo de puertas. Mucho más inocente era el juego del aro.



Consistía en hacer rodar por las calles la llanta de una bicicleta manejada convenientemente con la ayuda de un trozo de hierro o de un alambre. Allí iban los niños con sus aros viejos, en medio del estruendo que hacía el metal cuando rodaba sobre los adoquines de las calles.  Otro juguete que no se vendía en las tiendas era la patineta de madera con ruedas de cojinetes. Ahora que se han puesto de moda los patines eléctricos, uno se acuerda de aquellos artefactos rudimentarios que servían para lanzarse por las cuestas abajo con el riesgo de dejarse la cara en cualquier esquina.



La imaginación era inagotable y a veces, cuando no había ningún juego sofisticado a mano, se podía convertir en un entretenimiento algo tan primitivo como hacer lanzamientos de escupitajos, para ver quién llegaba más lejos a gargajo limpio o quién era el campeón de la calle orinando a mayor distancia. 



Se hacían carreras de moscas, peleas de hormigas, campeonatos de pulso y en los días de lluvia se hacían barcos de papel para echarlos a navegar por la corriente que se formaba junto a las aceras de las calles en pendiente. De papel eran también los aviones que construíamos como si fuéramos ingenieros para hacer carreras o por el simple placer de ponerlos a volar. Cuando nos cansamos de hacer cometas, que tenían una fabricación muy complicada, nos refugiamos en los modestos aviones de papel que planeaban por el aire como pájaros.



A mediados de los años setenta, se puso de moda un juego que hasta ese momento no conocíamos en Almería: el beisbol. En los barrios, como no teníamos bates reglamentarios ni pelotas de verdad, solíamos utilizar uno de aquellos canutos de cartón que cogíamos de la basura de las tiendas de tejidos, y con pelotas Gorila organizábamos los partidos. Como no teníamos grandes espacios donde jugar, instalábamos el campo de beisbol en cualquier explanada a riesgo de romperle los cristales a alguna vecina.



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