El lapo de vino y la máquina tragaperras

Los bares de antes eran más de vino peleón en vaso grande que de denominación de origen

El bar El Arco estaba en la esquina de la calle Real con Braulio Moreno. Tenía su máquina flipper donde los adolescentes echábamos las partidas.
El bar El Arco estaba en la esquina de la calle Real con Braulio Moreno. Tenía su máquina flipper donde los adolescentes echábamos las partidas.
Eduardo de Vicente
07:00 • 20 nov. 2019

¿Cómo eran los bares hace cincuenta años? Aunque cada bar solía tener sus peculiaridades, había un denominador que casi todos compartían, ya fuera en el estilo decorativo, en el trato humano, en las tapas de moda...



A diferencia de lo que ocurre ahora, los bares de antes conservaban ese aire de refugio masculino que habían heredado de los tiempos de la posguerra y seguía siendo bastante extraño ver a una mujer sola en una barra tomándose una cerveza. A diferencia de lo que ocurre ahora, los bares vivían durante el día y languidecían de noche. Lo normal es que después de las once de la noche ya no hubiera un solo bar abierto en Almería. 



La gente se movía en otro horario hasta en los ratos de ocio y la madrugada estaba reservaba exclusivamente para las salas de fiesta, para las discotecas y para los bares de luces rojas. La gente joven no salía los viernes como ahora, sino los sábados y los domingos, y lo hacía por la tarde, sabiendo que había que cumplir con la hora de recogerse que imponían los padres. Hoy se sale a partir de las diez de la noche, cuando hace medio siglo a esas horas tocaba recogerse.



Las costumbres culinarias también eran distintas. Hoy todos somos medio expertos en caldos y aspirantes a sumillers y cuando vamos a un bar y pedimos un vino nos preocupamos por la denominación de origen, por el año de la cosecha y hasta por la fecha de nacimiento del dueño de la bodega. Cuando el camarero nos sirve la copa, la cogemos con una mano, la movemos y la olemos como auténticos maestros. 



Antes estábamos menos informados y la mayoría no distinguíamos un vaso de vino del Tío de la Bota de un Rioja.  Entonces había mucha afición al vino peleón que se compartía en las tascas en botellas anónimas. Una de las imágenes imborrables de mi infancia me lleva a la barra de madera de la bodega Montenegro, en aquellos días de diario cuando los hombres devoraban aquellos lapos de vino en vaso grande que les cambiaba el color de la cara de forma instantánea. 



A los grandes consumidores de lapos los niños de antes solíamos llamarles ‘vinagres’, porque ese era el olor que se les quedaba en la boca y en la ropa durante horas. En aquellos años había muchos ‘vinagres’ en los barrios y algunos de ellos eran auténticos profesionales del vicio, de los que cuando salían de la tasca iban midiendo la calle. 



No conocíamos todavía la denominación de origen como tampoco teníamos ninguna noticia de las tapas de diseño que tanto éxito tienen ahora. Una humilde hamburguesa en medio de dos lonchas de pan era una innovación en aquel tiempo. Veníamos de las habas con jamón, de la morcilla y la longaniza a la plancha y de la antigua costumbre del pescado frito de toda la vida que tanto gustaba en Almería.



Cada bar tenía su personalidad, pero casi todos compartían detalles que eran comunes ya estuvieras en el Barrio Alto o en el Zapillo


En los bares de hace cincuenta años estaban de moda aquellas máquinas tragaperras que llamábamos flipper, que tanto nos enganchaban a grandes y pequeños. Los niños entrábamos a los bares a gastarnos lo poco que llevábamos en los bolsillos jugando a la máquina, a ver quién era el que más partidas conseguía con una misma moneda. Había auténticos maestros manejando los mandos y se llegaban a organizar partidas multitudinarias que congregaban a medio barrio alrededor de la máquina, con el riesgo de que alguien se pegara tanto que terminara haciendo falta. La falta la anunciaba la tragaperras con un letrero rojo en inglés que te cortaba la partida.


En los bares más modernos, allá por los primeros años setenta, empezaron a ponerse de moda las máquinas de discos. Eran unas cajas mágicas donde podíamos encontrar los grandes éxitos del momento, desde el último lanzamiento de la moderna Electric Light Orchestra hasta el penúltimo ‘pelotazo’ de Manolo Escobar. Era emocionante acercarse con una moneda y contemplar aquella ceremonia en la que metías el duro en la ranura y se ponía en marcha el mecanismo: buscabas en un amplio repertorio de letreros la canción que querías escuchar, una palanca activaba el disco y en unos segundos ya tenías aquella banda sonora de nuestras primeras cañas adolescentes. 



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