El hueso errante de San Indalecio

Un príncipe murciano a golpe de espada se llevó sus reliquias a tierras aragonesas

Imágenes  religiosas, con San Indalecio en el centro, esculpidas por  Perceval (a la izquierda) en 1945. Foto de Jesús Ruz.
Imágenes religiosas, con San Indalecio en el centro, esculpidas por Perceval (a la izquierda) en 1945. Foto de Jesús Ruz.

El hueso del Santo llegó en coche  a Almería, en un viaje con aire semiclandestino de más de mil kilómetros, atravesando  la península vieja, un día de finales de 1992. España había celebrado los fastos de una Olimpiada, una Expo Universal y Almería tenía ya el fémur sagrado de San Indalecio que llegaba de Jaca. 


Viajó la reliquia en una arqueta donada por la Asociación de Amigos de la Catedral, atada a una almohadilla con hilos de oro. Y fueron testigos del solemne acto de la donación el añorado archivero Juan López Martín y  Juan José Polo y Antonio Martínez, miembros de la Asociación.


En el interior del relicario, antes de ser lacrado, se introdujeron  los documentos acreditativos de su autenticidad y un pergamino en el que se relataba la entrega.


A su llegada a Almería se instaló la urna en la Catedral, en el Martirium, bajo el Altar Mayor, donde reposa hasta ahora ese hueso milenario del patrón.


San Indalecio, al contrario de la Virgen del Mar y tan patrón como ella patrona, no ha gozado nunca entre los almerienses de la devoción que se tiene en la ciudad por la imagen que halló Andrés de Jaén un madrugada en Torregarcía. Más bien ha sido un santo varón relegado por los fieles de la Diócesis a lo largo de la historia, solo puesto en valor por Perceval y su grupo cuando adoptaron su acrónimo para definir la corriente cultural que empezó  a germinar en los 40 del pasado siglo.


Sin embargo, hay algo muy emotivo  en este barbado almeriense nuestro, en este entrañable padre de la cristiandad almeriense, representado siempre con mitra, casulla y báculo, y es la persecución impetuosa de sus vestigios, de sus orígenes. Hay un misterio en la vida de San Indalecio que ha cautivado siempre a los almerienses de muchas generaciones y que siempre ha estado ahí, como fiel centinela de los mortales que han ido habitando esta provincia.


Si algún episodio histórico ha ejercido un influjo inmemorial entre los almerienses, de padres a hijos, de abuelos a nietos, ha sido el de sus reliquias, el del vaivén histórico de sus huesos, de norte a sur, de sur a norte,  que acapara  tras de sí todo un relato rayano entre la historia y la leyenda.


Dos hagiografías se escribieron en lejanos tiempo sobre San Indalecio: la de Gabriel Pasqual y Orbaneja, deán de la Catedral de Almería e Inquisidor Mayor, en 1699, y la de Bernardino Echevertz, monje del Monasterio de San Juan de la Peña, en 1735, donde reposan los restos del santo almeriense.


Ambos coinciden en señalar que fue el primer obispo de Urci, la antigua ciudad romana que emergió en lo que después fue Bayyana y hoy Pechina. También coinciden ambos autores en que fue uno de los siete varones apostólicos,  obispos consagrados en Roma  y enviados a Hispania por los apóstoles San Pedro y San Pablo. Diversas teorías sitúan el lugar de nacimiento de Indalecio en la ciudad aragonesa de Caspe y que fue Santiago quien lo envió a proclamar el evangelio a tierras del sur.


En Urci levantó la Iglesia de esa nueva religión entonces iniciática y aquí murió martirizado y fue enterrado en una tumba que fue venerada durante siglos. Hasta que en el año 1084, en plena dominación sarracena, Sancho, el abad del monasterio cluniciense de San Juan de la Peña, en Zaragoza, que conocía la existencia de la iglesia episcopal de Urci, encomendó al monje Evencio y a García, príncipe de Murcia, su búsqueda y traslado a tierras aragonesas, donde supuestamente había nacido Indalecio, para enriquecer su tesoro sagrado. En esta empresa tendría mucho que ver un personaje andalusí al servicio del rey Sancho Ramírez llamado Pedro de Almería, probable judío converso que en la última etapa de su vida fue canónigo de la catedral de Huesca.


En Urci, que ya era Bayyana (Pechina) permanecían entonces algunos cristianos por su devoción a Indalecio y custodiaban los restos sagrados del Santo Varón. 


Combatió García de Murcia contra ellos, los venció y levantó la losa de mármol donde estaba el cuerpo de San Indalecio y se lo llevaron a toda marcha en un féretro, atravesando tierras de Murcia, de Valencia, Tortosa, vadearon el Ebro  y llegaron hasta Lérida para arribar a tierras aragonesas hasta el monasterio de San Juan de la Peña, donde lo instalaron junto a otras reliquias sagradas y allí permaneció durante siglos, siendo venerado por 232 poblaciones altoaragonesas y yendo en peregrinación en la octava de Pentecostés en imploración al Santo para la obtención de buenas cosechas. 


Varios siglos después, en 1835, coincidiendo con un proceso desamortizador, los restos del patrón almeriense fueron trasladados a la Catedral de Jaca, donde aún permanecen en su mayor parte.


Almería, mientras tanto, nunca fue ajena a ese episodio de enajenación de los huesos de su primer obispo y a pesar del paso de los años, en la Diócesis siempre latió el reto de recuperar sus reliquias.


Fue a instancias de obispo Portocarrero cuando se decidió en el Cabildo Catedralicio el patronazgo de San Indalecio, según las actas de 1621, y ese mismo año se consiguió traer del monasterio aragonés una reliquia mayor del cuerpo del obispo mártir que se depositó en el altar de la catedral en un ostensorio de plata cincelada. Hasta que en 1743, el obispo Fray Gaspar de Molina y Rocha dedicó la capilla que había construido Juan de Orea a San Indalecio y en 1777, el obispo Claudio Sanz encargó una imagen de San Indalecio   al imaginero Francisco Salzillo y un retablo obra de Francisco Testa. En 1908, siendo obispo Vicente Casanova, los buenos oficios del canónigo Carpente Rabanillo consiguieron una nueva tibia de San Indalecio, donada por el obispo de Jaca.


Sus reliquias y la imagen de Salzillo salían en procesión cada 15 de mayo. Hasta que durante la Guerra, convertida la Catedral en almacén de víveres, la capilla, el retablo y las reliquias fueron destruidas. En 1945, el artistas Jesús de Perceval, el más grande de los imagineros almerienses, recibió el encargo de tallar una nueva imagen del patrón  y nuevamente llegaron reliquias del Santo, conseguidas por el Vicario General, Rafael Ortega, y una parte de ellas se donaron a la Iglesia de Pechina. 


Así ha sido como los huesos de San Indalecio, el olvidado patrón urcitano -casi nadie se bautiza con su nombre en Almería- han ido haciendo un camino de ida y vuelta, entre el Alto Aragón y el Sureste Peninsular. 



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