El Paseo o la decadencia de la vecchia signora

Carta del director de La Voz de Almería, Pedro Manuel de la Cruz

Imagen del Paseo de Almería.
Imagen del Paseo de Almería. La Voz
Pedro Manuel de La Cruz
22:06 • 30 sept. 2018

La progresiva desertización comercial del Paseo puede acabar en mil declaraciones y ni una sola decisión (como ocurre casi siempre) o buscando con valentía soluciones que eviten el desastre (lo que casi nunca ocurre). Los almerienses escuchamos el ruido con entusiasmo y oímos las ideas con desdén.




Da igual que los tambores mediáticos suenen por el traslado de los árboles y el Pingurucho de la plaza Vieja o, como en las últimas semanas, por el abandono de algunas franquicias del centro. El ruido puede llegar a ser ensordecedor, pero la Plaza Vieja seguirá con la sombra de sus árboles vacía y el Paseo asistirá a su decadencia con la resignación de una vecchia signora a la que los años acaban situándola en la penumbra del olvido.




La historia del centro de Almería es una acumulación de desdenes, un rio interminable de errores, un desierto de búsqueda de causas y un páramo vacío de consecuencias. Ocurrió con la calle Almedina, con la de la Reina, con la Real, con la de las Tiendas y ahora (y si nadie lo remedia) con el Paseo. Pues bien, pese a que el final intuido del Paseo es la crónica de una decadencia anunciada por lo sucedido en las otras calles principales, nadie moverá un dedo por evitar la catástrofe y, lo que es peor, ¡que no se atreva! porque la brigada conservacionista de guardia ya desenfundará miles de tijeras para cortárselo.




Si algo nos ha enseñado la historia es que cualquier iniciativa que intente modificar cualquier situación ya establecida encontrará a los guardianes de la ortodoxia en permanente posición de disparo. Sucedió con la llegada del Pryca, con la urbanización de la Rambla (sí, sí, hubo quien se opuso: había que salvar a las moreras, los aparcamientos y la nostalgia), con los sucesivos cambios del recinto ferial, con la apertura del centro comercial de la avenida del Mediterráneo, con la construcción de la UAL en la Cañada…y, en fin, no hagamos interminable este memorial de resistencias al cambio.




La construcción de una ciudad es, por definición, un proceso interminable de adaptación a las nuevas realidades sociales. La economía, el urbanismo, la movilidad, el comercio, los servicios sociales, el ocio, todo lo que hace habitable y reconocible y mejorable el espacio que compartimos es un territorio marcado por los cambios, por la transitoriedad. No hay que desterrar el ayer (eso, además de estúpido, sería suicida), pero las ciudades hay que mirarlas, no como hijos de su pasado, sino como padres de su futuro.




Somos la consecuencia de lo que fuimos, pero seremos el resultado de lo que aspiremos a ser. Lo que no llego a entender es como una provincia tan marcadamente innovadora en la producción agrícola, en el uso de los recursos o en la conquista de los mercados exteriores tiene en la capital el fortín más reactivo a cualquier cambio. La proactividad que desarrollan los habitantes del poniente, del levante o del Almanzora cambia de rumbo cuando se acerca a Las Lomas por levante o al Cañarete por poniente y es, entonces, cuando la reactividad impone sus normas.




Alguien puede pensar que la causa de esa resistencia numantina al cambio es la consecuencia de un posicionamiento político conservador. No es así; nunca lo ha sido.
Santiago Martinez Cabrejas, Fernando Martinez, Juan Megino, Luis Rogelio o Ramón Fernández Pacheco han tenido que enfrentarse con ese tradicionalismo de casino provinciano. Daba y da igual que gobierne el PSOE que el PP o IU, la reacción siempre es la misma: no cambiemos porque cualquier tiempo pasado fue mejor.




El tiempo dirá si se cambia la plaza Vieja y cómo o si el Paseo continúa viviendo su destierro comercial o sigue siendo la arteria principal de la ciudad. Lo que está claro es que, si no se hace nada, su decadencia será inevitable. La plaza, con árboles y Pingurucho es un territorio extramuros al que casi nadie va. Con arboles o sin ellos no tendrá futuro si no se la llena de vida y, por mucho ruido que hagan unos y otros, la continuidad o no de los setos y el monumento no modificará su capacidad de atracción.


Como no hará imparable la decadencia del Paseo el tránsito de vehículos o su peatonalización. Lo que hace atractivo a un espacio no son los coches ni las losas; lo que hace a un espacio seductor es la construcción de una oferta con atractivos estéticos, funcionales, sociales, comerciales y de ocio. El Paseo, como la Plaza Vieja, deben ser una orquesta en la que todos los instrumentos -todos los servicios, desde el consumismo a la emoción estética-, son imprescindibles.


¿Cómo hacerlo? Doctores tiene el urbanismo para diseñar, sobre el esplendor del pasado y la inquietud del presente el futuro de los próximos 25 años. Solo hay que mirar qué han hecho otras ciudades en escenarios similares y adaptar las soluciones que hayan sido de éxito a nuestras circunstancias. No es tan difícil. Solo hay que “saber que se puede, querer que se pueda, quitarse los miedos, sacarlos afuera y pintarse la cara color esperanza”. Y tomar decisiones. Como demostró Einstein, si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.


Y nada es peor que no hacer nada. 


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