La subida por la calle de Almanzor
Por allí pasó Harrison Ford en 1988 subido en un descapotable en el rodaje de la película de Indiana Jones
Era una cuesta más de las que bajaban del cerro de la Alcazaba, un torrente cada vez que llovía, un río que descendía por la calle de la Reina turbio de lodo buscando el desahogo del mar. Era una cuesta de tierra salpicada por adoquines que iban formando una hilera de una fachada a otra. Era una cuesta que nunca fue calle, un pasadizo indomable, el retrato de un tiempo estancado.
Era la cuesta de Almanzor, con sus casillas de planta baja, sus fachadas de acuarela donde siempre había una jaula colgada, con sus terrados con las velas desplegadas mirando al sol y sus patios musulmanes que aprovechaban cualquier recodo para llevarnos un siglo atrás. Con su pavimento caótico lleno de tierra y de baches donde jugaban los niños y maldecían los conductores, con su lenguaje de sombras apurando el último suspiro de una escuálida bombilla. Cuando se echaba la noche se echaba de verdad, siempre a media luz y muchas veces a oscuras porque cuando una lámpara se fundía la calle se quedaba apagada durante semanas.
Subiendo, a la derecha, en la franja pegada al cerro de la Alcazaba, aparecía un patio y un singular callejón, llamado de Almanzor, que conservaba el alma auténtica de la ciudad musulmana. Eran apenas cinco casas, pero formaban un islote con su propia identidad, con esa calma de los lugares apartados, con el tiempo detenido en cada uno de sus detalles. Allí siempre había mujeres tendiendo la ropa o sentadas en los trancos compartiendo la vida. Allí reinaba la cal exultante de las fachadas, las jaulas de los pájaros que adornaban las puertas, y los braseros que invierno se compartían como si fuera un trozo de pan: uno traía la madera, el otro ponía la lumbre y entre las llamas se iba consumiendo la noche.
Entre los últimos vecinos que lo habitaron estuvo el zapatero remendón Juan Gutiérrez Marín, que en apenas dos habitaciones tenía el taller y la vivienda. Era sordomudo y no gozaba de buena prensa entre los niños, a los que solía espantar con su mal humor característico. La casa del zapatero fue ocupada unos años después por un modesto club de barrio, el Hércules, que puso su sede en el callejón de Almanzor. En el callejón vivió el electricista José Cantón Estrada con su mujer, Emilia Espinosa y sus cinco hijos; eran vecinos de los Marín Ferrer, que tenían un hijo que fue sastre y luego se hizo policía.
Hace cincuenta años, la calle de Almanzor y sus callejones estaban sembrados de vecinos y no había una sola casa libre. Eran los tiempos de la familia González Torres que tenía un hijo ferroviario, y de la familia Bisbal, una de las más conocidas del barrio porque tenía un hijo músico y otro peluquero como el padre. Vivían en el costado izquierdo subiendo la cuesta al lado de dos guardias civiles: Marciano de la Flor Redondo y José Morales Rodríguez. Allí vivía también Enrique Cruz Iglesias que era camarero del Café Español; Juan Díaz Gómez, que era representante de una marca de gaseosas; José María Lirola Rubio, conocido exportador; Francisco Rubira Guardia, que trabajaba de oficinista, y Juan Fuentes Asensio, chófer de profesión.
La cuesta de Almanzor tenía entonces un denominador común: la sencillez de sus gentes, vecinos que convivían como si fueran familia y que cuando llegaba el buen tiempo lo sacaban todo a las puertas de las casas: las sillas, las cenas, los miedos y las ilusiones que compartían. En agosto, cuando los Festivales de España se organizaban en la Alcazaba, la vieja calle se convertía en avenida principal por donde todas las noches subían los coches de caballos y los vehículos oficiales cargados de las mujeres más bellas de la ciudad y de los caballeros más elegantes. Por esa misma cuesta dejada de la mano de Dios ascendió un descapotable de época que transportaba al actor Harrison Ford en una escena de la película Indiana Jones. Era el año 1988 y en aquel tiempo, como ocurre ahora, la calle de Almanzor era un lugar abandonado.