Esta es la faraona de la hostelería garruchera y ha ganado otro premio
Un mandil eterno en el pecho y una sonrisa perenne en los labios, Antonia Cortés lleva más de medio siglo dorando crustáceos, asomándose a la lumbre como quien se asoma a un oráculo

Antonio Torres y Antonia Cortés, en su restaurante el Mesón del Puerto, en Garrucha.
Ella es Antonia Cortés, la hija de Catalina, la vendedora de golosinas en el cine de Garrucha; él es Antonio Torres Santiago ‘el Delgado’, hijo de María La Molondra. 50 años los contemplan trabajando en los fogones garrucheros, dorando esos gloriosos crustáceos en la plancha, siempre en su punto exacto, vuelta y vuelta con un puñado de sal como pesebre; casi 50 años, dándole gusto al gallopedro delicioso, a la brótola nutritiva, haciendo saltar las almejas aliñadas encima de la lumbre; 50 años con el delantal en el pecho y la sonrisa en los labios, Antonio y Antonia, desde que empezaron con Papa Yordi en el antiguo Mesón, en la subida del Puerto de Garrucha, cuando aquel local, digno de Hemingway o de Orson Welles, se llenaba de turistas coloraos como el marisco y rubios como el marinero de la copla de la Piquer, que se hartaban de beber sangría y de comer langosta, mientras en el tablao un grupo de gitanillas no paraba de bailar y tocar las castañuelas.
Después, Antonio y Antonia se montaron por su cuenta. Era 1979 y se quedaron con el local del antiguo Marisol de Frasquito Pérez Casquet en un Malecón aún de tierra, enfrente del inmortal kiosco de la Lupe. Y le pusieron el mismo nombre: Mesón del Puerto, que luego trasladaron más arriba, a un regazo delicioso, en una terraza de mesas blancas y flores olorosas, donde estuvo hace ya tanto tiempo que casi nadie lo recuerda el antiguo Cine Tenis de Garrucha. Allí, en el mismo lugar donde su madre colocaba el carrito de las pipas, Antonia ha seguido -aún sigue- aderezando platos dignos del Palacio de Versalles: agostando besugos, despiezando rapes, ungiendo cuajaderas, arroces o lo que se tercie, solo con el único requisito del sabor a mar, como buscan siempre sus clientes que acuden a esa cocina como si fuese un vellocino de oro al que adorar. Antonia dice que la clave del casi medio siglo sin tiempo para el barbecho es y ha sido la calidad del producto y el cariño mutuo con la gente. Madre de cinco hijos, Antonia paría uno tras otros entre guisos marineros, entre el aroma a estopa y a sal en vez de a Nenuco. Así es esta Antonia, una faraona ya de la hostelería garruchera, levantina, que acaba de ganar otra ver la Ruta de la Tapa, en rivalidad con otros 60 bares, en el municipio que la vio nacer, con su ‘Blanca y Verde’; consciente siempre, Antonia, de que el éxito del pueblo está en la conjunción entre la flota pesquera y la restauración, entre el marinero y el hostelero. Uno trae la tela y el otro hace el traje.
Antonia es el ejemplo preclaro de la constancia, del esfuerzo garruchero en la hostelería, de cómo no hay que tirar nunca la toalla, de cómo no hay que arrojar nunca la cuchara; Antonia, una luchadora de la cotizada gastronomía garruchera, siempre con el delantal, siempre con la lumbre calentándole su cara morena, siempre con el mandil, para que otros disfruten de ese 'oro rojo' que se esconde debajo de un lecho de fango en las profundidades marinas.