La Voz de Almeria

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Novedad en El Alcázar: la histórica cervecería cambia de manos

Lo regentará a partir de ahora como bar Aguamarina el grupo que tiene también el bar Las Tiendas y la antigua Casa de Melilla en el Paseo Marítimo

El nuevo aspecto que ofrece el bar Aguamarina, donde estuvo hasta hace unos días El Alcázar.

El nuevo aspecto que ofrece el bar Aguamarina, donde estuvo hasta hace unos días El Alcázar.

Manuel León
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El bar Alcázar, una marca registrada de la hostelería almeriense desde hace más de ocho décadas, ha cambiado de nombre y de regente; la cervecería Alcázar que abrió el postigo por primera vez en tiempos de hambre y miseria en El Paseo almeriense -cuando los pobres y menos pobres recogían las colillas del suelo- se ha transformado en el Aguamarina, tras unas obras de rehabilitación tras las que luce un azul añil que ha transformado la fachada aunque aspirando a mantener hidalguía en el imperio de la tapa. El nuevo grupo hostelero que lo llevará a partir de ahora mantendrán sus esencias con las tapas de cocina del días tras sus grandes cristaleras haciendo esquina entre la calle Ricardos y las escalerillas que desembocan en la calle Alfonso Torres. Ahí seguirá, con otras manos que lo atiendan, en ese epicentro del taperío almeriense, este nuevo Aguamarina que ofrece, por ejemplo, tapas de morcilla con tomate, callos de ternera, habas con jamón, lomo con almendras, arroz recién hecho, choto al ajillo y pescaito, mucho pescaíto frito de la bahía. 

El grupo arrendatario suma con el Aguamarina su tercer establecimiento hostelero en la ciudad tras el bar Las Tiendas, en la calle del mismo nombre -antigua calle de Las Lencerías- y Terraza Costa Almería, en el Paseo Marítimo, donde estuvo la Casa Melilla, ambos especializados en pescados y mariscos.

Historia de una cervecería proletaria

Era el Alcázar una de esas cafeterías almerienses donde se medía la temperatura de la ciudad, desde que clareaba el día hasta que el sol se retiraba. Por delante de sus veladores de la Puerta Purchena desfilaban todos los tipos humanos: las mujeres que iban a comprar pescado al mercado, los chiquillos que curioseaban los tebeos de los kioscos, los ancianos que instalaban sus puestos de altramuces o los limpiabotas que ofrecían su servicios por una perra gorda. Era uno de esos abrevaderos necesarios en aquella Almería de la Postguerra en la que en las casas no había nada más allá de un colchón, un patio con jaulas de colorines y una mesa para comer un plato de migas o de caldo pimentón.

Era el Alcázar, junto a otros contrincantes como El Colón o El Español, una delegación provinciana de La Colmena de Cela en aquellos tiempos en los que todo lo que pasaba en la vida, pasaba en los cafés: allí no hacía frío, allí se oía la radio, se jugaba a las cartas, se criticaba al vecino o se montaban negocios de poca monta, entre cigarros y olor a anisete. Nació el Alcázar en los años de Postguerra donde mucho tiempo atrás estuvo la terraza del célebre Café Suizo que regentaba el masón Antonio Campoy Robles; y donde también los hermanos Pérez Palazón, llegados del pueblo murciano de Fortuna, montaron la pañería la Villa de Lyon y construyeron el edificio que hoy está encima de La Dulce Alianza. Allí al lado estuvo también la papelería Lacoste, que después fue Avenida, haciendo chaflán entre el Paseo y la Puerta Purchena.

El primer propietario del Alcázar fue don Miguel Granados, un empresario que supo darle nombradía al establecimiento en aquellos tiempos recién terminada la Guerra en los que mantener cualquier negocio era una heroicidad. Con él trabajaban atendiendo las mesas Juan López, Baena, Antonio Escobar, Manuel López Sánchez, hijo de Juan, que después se marchó al Club de Mar con Paco Sierra y que se convirtió en el camarero del Gobernador Civil en las recepciones que daba en el Cortijo Fischer. También pasó en esa primera época por el Alcázar Antonio Fernández Pérez, que trabajó también en el Amalia, y llevaba las meriendas a domicilio a los más hacendados de Almería.

Estaba también Pepe Manzano, en la máquina de café, Francisco Martín, Lázaro que hacía los helados y las horchatas y Ana Torres, que estaba en la cocina lavando y secando platos y cubiertos. En esa primera época, el Alcázar era una botillería dedicada al despacho de cafés y licores de todo tipo. Después de varias décadas, el Alcázar cambió de dueño tras el fallecimiento de su fundador que dejó paso a un joven emprendedor del barrio de Pescadería. Se trataba de Valentín Tijeras, un trabajador arriesgado y con ansias de prosperar. Era hijo de un vendedor de turrón que iba por las ferias de la zona con un puesto ambulante ofreciendo su mercancía artesanal. Valentín padre y María su mujer hacían el turrón en su casa de Pescadería con una olla de cobre donde batían con una pala la almendra, el azúcar, la leche y las calabazas y peras confitadas.

Valentín hijo, en cuanto salía de la escuela, se dedicaba a ayudarle al padre y a vender por las calles cacahuetes y almendras en una cesta de mimbre. Como era despabilado, se presentó con 15 años a un examen de ingreso como ordenanza en el Instituto Nacional de Colonización en El Parador de Las Hortichuelas y sacó el puesto. Pero esa vida tan estabulada, tan previsible, no era para Valentín. Y pronto cambió el traje de botones para conducir un camión de Piquer Hermanos, sacando arena de la playa para las obras de construcción, pero se hizo daño en la cintura y lo dejó también. Al fallecer Granados se hizo Valentín con el traspaso del Alcázar en 1972 sin tener mucha idea de hostelería, pero sí con visión para los negocios.

Lo primero que hizo es comprar una máquina de perritos calientes y hamburguesas que fue una pequeña revolución en la ciudad, formándose colas al mediodía, y otro ingenio que despachaba helados express. Rejuveneció también la plantilla de camareros con los hermanos Antonio y Paco Zamora, con Domingo Alcaraz, Antonio Escoriza y otros como Gregorio, Ramiro, José Nieto, Francisco Sánchez Juan Abad, sus sobrinos Valentín Montes y José Antonio, Paco Uclés, Andrés Martínez, Enrique Molina, José Nieto y Francisco Sánchez.

Después amplió el negocio con una marisquería en la calle Tenor Iribarne, con Baldomero Hermoso y Mercedes Varela en los fogones, donde antes hubo una oficina de Federico Arcos, al lado del Baviera que regentaba en ese tiempo Pepe el Rubio, antes de que la cogiera el actual propietario, Pedro Sánchez, que también fue camarero del Alcázar. Y siguió sin parar montando la bodega Las Botas, en la calle Fructuoso Pérez donde había una cristalería, con sucursal en el 501 de Aguadulce, y el restaurante Valentín, que traspasó a su sobrino.

Todo ese ímpetu se detuvo, como recuerda su viuda Emilia García, cuando le llegó la muerte fulminante un día de 2002. El Alcázar siguió adelante, con el cambio a la calle Ricardos en 2010, atendida aún por aquellos jóvenes que se han hecho mayores -Domingo y Antonio (maestro de plancha)- como el primer día, con sus callos y su marraná de pota, con su cazón y sus brochetas, haciendo exclamar al 'Dios' Ferrán Adriá, que los visitó una mañana, que “no hay un capricho igual a la hueva seca del Alcázar de Almería”.

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