Seis éxitos de Almería sobre los que nadie debe poner sus sucias manos
Ahora que cada día se cumple con obscenidad más escandalosa la estrategia trumpista de Steve Bannon de “inundar de mierda” el escenario mediático para que el ciudadano que contempla el espectáculo desde la platea acabe confundido y no pueda llegar a conocer la verdad de las mentiras, ahora que todo es ruido y furia premeditada, convendría volver a Machado y pararse a discernir las voces reales de los ecos interesadamente inducidos. Convendría hacerlo porque si, como deseaba Azaña en un discurso memorable, los españoles nos dedicáramos a hablar de lo que sabemos y solo de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que podríamos aprovechar para avanzar.
En Almería tenemos seis ejemplos magníficos de cómo, cuando el ruido no nubla la razón, el entendimiento entre los emprendedores, la sociedad civil y los dos grandes partidos ha sido, ante las grandes reivindicaciones de la provincia, la mejor estrategia para conseguir lo que hace medio siglo cualquier almeriense habría considerado la expresión de una quimera delirante.
Esos seis pilares sobre los que se ha construido la Almería de hoy y sobre las que nadie debe poner sus sucias manos para impedir su continuidad y mejorar sus prestaciones, han sido, como las farolas de la copla de La Piquer, las que han alumbrado la vereíta verde que nos ha llevado desde el subdesarrollo al estado de progreso en el que hoy transitamos. Vayamos con ellos.

LA AGRICULTURA
Nadie podía pensar en aquel tiempo de silencio y miseria que los hijos y los nietos nacidos desde entonces en aquella provincia de la que la pobreza expulsó a más de cien mil seres humanos, y de los que decenas de miles llegaron a las estaciones de Frankfurt, Dusseldorf o Munich ateridos de miedo y sin más equipaje que la tristeza abrumadora de la nostalgia y una maleta de cartón atada con cuerdas iban a competir y, en muchos casos a superar en avances, calidad, sostenibilidad y seguridad alimentaria a los países mas avanzados en el sector agrícola.

EL AGUA
De aquellos locos que cultivaban la arena en el desierto brotaron las primeras ideas que hoy han cristalizado en una inmensa fabrica de productos hortofrutícolas de última generación cultivados bajo más de treinta mil hectáreas y donde se enseña al mundo cómo poniendo la inteligencia en movimiento la provincia con menor índice de lluvia del continente es la que, quizá, mejor utiliza el agua del mundo. El ciclo coordinado de desalación, reutilización, trasvases y aprovechamiento de las aguas subterráneas va a acabar construyendo una autovía del agua única en el mundo en una de sus provincias más desérticas.
La continuidad inteligente en la coordinación de las inversiones estratégicas ya en ejecución o previstas de forma inmediata por la Unión Europea, el gobierno central y la Junta es la mayor garantía de que esa autovía, no solo se hará realidad, sino que servirá de ejemplo de cómo un desierto puede acabar convertido en una pequeña Amazonía sostenible en lo ecológico, lo económico y lo social.

LAS COMUNICACIONES
Mientras que la majestuosidad de las piedras de las catedrales medievales y la elegancia brumosa de las chimeneas industriales se admiran levantado la vista al cielo, la riqueza que se cultiva bajo plástico solo se puede intuir mirando, no hacia, sino desde el cielo.
Pero esa nave central de la estructura económica de la provincia que es la agricultura intensiva no hubiese sido viable si no hubiera contado con dos naves colaterales de tan extraordinaria importancia que, sin ellas, la nave principal hubiese tenido casi imposible su construcción y su desarrollo.
¿Alguien se imagina qué hubiese sido de las exportaciones agrícolas si la autovía del Mediterráneo se hubiera quedado en Murcia, como tantas otras cosas? Mil camiones diarios recorren la A7 cada día hacia los mercados europeos. Da espanto pensar lo que hubiese supuesto la inexistencia de la vía rápida por la que hoy transitan.
Podrá pensarse, y con razón, que la conexión con Murcia debería haber estado antes. Como puede pensarse, y también con razón, que el AVE ya tenía que haber llegado. Pero lo que está claro es que carretera quimérica y endiablada que nos separaba del resto del mundo es hoy una reliquia del pasado y que la alta velocidad será más temprano que tarde una realidad que ya casi se toca con los dedos. Los profesionales del pesimismo pueden proclamar desde sus púlpitos sus demagogias incendiarias, pero la realidad es que, a nivel de comunicaciones, Almería va a avanzar más en treinta años que en toda su milenaria historia. Y en esa realidad la colaboración entre gobiernos y la presión de una élite (el almerienses no ha sido nunca reivindicativo, para qué nos vamos a engañar) de la sociedad civil ha sido fundamental.
Aunque la sombra de la tentación sectaria siempre ha planeado y planea sobre estos dos grandes proyectos, el agua pestilente de la demagogia obstruccionista nunca ha llegado al rio del obstruccionismo. La colaboración siempre se ha impuesto.

CAJAMAR Y LA DEUDA IMPAGABLE CON EL HOMBRE QUE MÁS HA HECHO POR ALMERÍA
-Pedro- me dijo un día-, cuando un agricultor viene a pedir un crédito lo primero que hay que mirar no son los avales que trae, lo que hay que mirarle son los ojos y las manos. Si están llenas de callos es la mejor escritura de que va a cumplir.
Aquel abogado que miraba las manos y a los ojos se llamaba Juan del Aguila, el almeriense que más ha hecho por la provincia y sin cuya visión económica y financiera la agricultura almeriense apenas hubiera superado los límites de la subsistencia. Su adiós a la vida le llegó la madrugada del 1 de diciembre de 2018 pero su creación- antes Caja Rural, ahora Cajamar- no solo le sobrevive- y esa es su mayor grandeza-, sino que las bases sobre las que construyó su obra son hoy un ejemplo de eficacia social por su contribución al desarrollo en todo el país, eficiencia en la gestión y proyección de la tierra en la que nació al complejo mundo financiero. Don Juan del Aguila, este sí ilustrísimo señor, y todos los que le sustituyeron en el puente de mando han situado Cajamar en el top ten del ranking financiero español. Al contrario que en otras entidades financieras, ni quienes la han dirigido ni quienes la dirigen cayeron nunca en la tentación de dejarse influir por la política. En la otra acera también hay que destacar que los políticos nunca tuvieron la aspiración de hacerlo. Y eso es algo que Almería debe cuidar con el mimo con que se cuidan las mejores realidades.

LA UNIVERSIDAD O LA GARANTÍA DE FUTURO
Desde aquel 1 de julio de 1923 en que apareció en el BOJA, 66.000 estudiantes han salido de sus aulas titulados; el Campus cuenta en la actualidad unos 1000 PDI (Personal docente e investigador) su posición en el ranquin Forbes 2025 sitúa a la UAL como una de las 20 mejores universidades de toda España. En sus aulas se imparten 41 título de grado, entre ellos 9 dobles grados y dos grados internacionales. En Máster, se imparten 53 títulos y en doctorado hay 15 programas. Y ahora una pregunta interesante: ¿Cuantos de estos 66.000 estudiantes almerienses podrían haber cursado sus estudios académicos sin no se hubiera creado la universidad pública de Almería?
La UAL es uno de los grandes hitos en la historia de la Almería moderna y el cuidado que merece tiene que ir acompañado por su desarrollo y su constante adecuación a las demandas de la sociedad, manteniendo así una transferencia constante de conocimiento entre multidireccional entre la universidad, la sociedad y otros centros de investigación y conocimientos.
Una universidad moderna no es el scriptorium de una abadia medieval en la que se guarda el conocimiento. Es un ente vivo y en continua actividad impulsora de investigación. Es la acción de los laboratorios y no la contemplación monacal la impronta que debe aplicarse cada día en sus aulas y, para eso, es imprescindible no solo un respaldo financiero objetivado en la potenciación de las líneas de investigación, sino la adecuación de esas líneas a las demandas de la sociedad en la que está inmersa. Una travesía en la que ni la universidad puede dar la espalda a la sociedad almeriense, ni la sociedad almeriense mirarla con indiferencia y sin afecto.

INMIGRACIÓN: DE LA COEXISTENCIA O LA INTEGRACIÓN
La realidad de la inmigración dibuja un panorama donde las luces son incuestionablemente superiores a las sombras. Como en todo proceso de cambio demográfico acelerado la imposibilidad de una planificación previa de las necesidades que ese cambio va a demandar genera espacios de incomodidad en el territorio de acogida. Almería no ha sido una excepción. Sencillamente porque no podía serlo. La provincia ha pasado de 448.592 habitantes según el padrón de 1986 a casi 800.000 en 2026. Ha duplicado su población en 40 años, una cifra imposible de asumir por unos servicios públicos que ya eran deficitarios incluso antes de un crecimiento tan extraordinario como imprevisto.
A pesar de lo imprevisto de ese crecimiento y de la carencia de recursos, la convivencia se ha desarrollado y se desarrolla con una elogiable normalidad. La heterogeneidad fronteriza de los que han llegado, y que va desde la cercana alpujarra granadina a los lejanos poblados del Africa subsahariana, la bruma de Manchester, el frío rumano o las ciudades andinas de la otra orilla del Atlántico, llegados desde lugares tan distintos y tan distantes a una tierra donde el fenómeno migratorio siempre había sido en sentido inverso- en los 50 y 60 más de cien mil almerienses emigraron extramuros de la provincia y del país- la convivencia se desarrolla dentro de una normalidad que hay que cuidar. ¿Eso significa que todos los que han llegado son arcángeles coronados de bondad? Por supuesto que no. Como en todo colectivo humano llegado de fuera hay siempre tipos con actitudes indeseables. Igual de indeseables que los que fueron bautizados en las 216 parroquias y templos registradas en la Diócesis de Almería.
Pero el que hayamos alcanzado un nivel de convivencia estable no significa que se haya producido una integración total. Para esa deseada situación es necesario andar un trecho que todavía se antoja largo. Un recorrido en el que el mayor peligro no está en los problemas que toda avalancha demográfica trae inevitablemente consigo. El mayor problema, el mayor riesgo para que todo lo construido -con aciertos y errores, que de todo ha habido- se destruya es caer, en la trampa de creer que la llegada de extranjeros va a arrasar con nuestro sistema productivo, nuestras costumbres y nuestra cultura. Y esa es una circunstancia que no se dará. ¿Y saben por qué? Porque con el paso de los años y la convivencia los hijos y los nietos de los almerienses de origen extranjero acabarán soñando en español. Y nadie odia o quiere destruir el país y el idioma de sus sueños.
Que nadie ponga sus sucias manos sobre seis realidades que, hasta hace apenas un suspiro, todos las hubiéramos considerado la quimera de un sueño inalcanzable en una mágica noche de verano.