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Una familia, un guiso y cincuenta años de historia

De los mineros de Almagrera al viajero actual, la historia viva del Restaurante El Perejil

Platos tradicionales del Restaurante El Perejil.

Platos tradicionales del Restaurante El Perejil.La Voz

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sandra ruiz

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En un cruce de caminos que hoy apenas figura en los mapas, allí donde el polvo de la ruta minera de Almagrera se mezclaba con el olor de la leña, comenzó una historia que Almería sigue contando en voz baja. En los años de posguerra, cuando la comida era un gesto de resistencia, Luisa y Diego levantaron una venta en el paraje conocido como El Perejil. Aquel refugio sencillo ofrecía abrigo a mineros y viajeros, una mesa compartida y un guiso que reponía fuerzas. Nadie entonces podía imaginar que ese mostrador de madera inauguraba una tradición familiar que perduraría cuatro generaciones.

Memoria

Con el paso del tiempo, su hija María y su marido Antonio tomaron el relevo y, empujados por el cierre de varias minas en la comarca, emigraron a Suiza a mediados de los cincuenta. La intención era clara: ahorrar para invertir en casa. Regresaron con un proyecto preciso y, en 1975, lo hicieron realidad en el mismo lugar: un edificio con quince habitaciones y un comedor que mantenía el espíritu de la venta original. El 20 de noviembre de aquel año se inauguró el Hostal Restaurante El Perejil. La fecha quedó escrita en la memoria local, como quedan escritas las cosas que importan: sin aspavientos, con la certeza de haber cumplido un sueño.

Desde entonces, el negocio familiar ha atravesado cambios de carretera, estaciones lentas y modernidades rápidas, pero su relato se ha sostenido en una idea sencilla: alimentar es también contar una historia. Hoy, Martín, descendiente directo de aquellos primeros hosteleros, regenta el establecimiento con una mezcla de respeto y mirada propia. El comedor conserva la sobriedad de los lugares honestos; la cocina, el ritmo de los fuegos que no tienen prisa. Quien se sienta a la mesa no sólo busca un plato: busca el hilo que conecta pasado y presente.

Legado

En ese hilo destaca un nombre: la Olla de Pelotas. Receta de invierno y de fiesta, es a la vez contundente y familiar. Su preparación comienza la víspera, cuando los garbanzos y las judías blancas se dejan en remojo. Ya al día siguiente, un sofrito de ajos y cebolletas frescas, con pimiento rojo y verde, despierta la cazuela. Luego llegan las legumbres y el agua, y el hervor paciente que ordena los sabores. Para las pelotas, se amasan ajo fresco, cebolla tierna, harina de maíz, un punto de limón, sal y la presencia sabrosa de la longaniza. Tras el reposo, se forman piezas del tamaño de una croqueta y se incorporan al guiso. No hay secreto: hay tiempo, proporción y cuidado.

El Perejil no se entiende sin esa liturgia cotidiana. Cada servicio reitera un compromiso: seguir en el lugar donde empezó todo, con la misma voluntad de ser parada y encuentro. La carretera ya no trae mineros de Almagrera, pero sí viajeros que buscan paisajes, vecinos que celebran y lectores que reconocen, en esta esquina del mapa, una forma de contar Almería. Tal vez por eso el nombre perdura: porque nombra una memoria común, hecha de trabajo, de mesas compartidas y de una receta que pasa de mano en mano, como una herencia que se respeta practicándola.

En tiempos veloces, la historia de El Perejil propone una ética lenta: mirar atrás para cocinar mejor adelante. Y a quien pregunte por la novedad, aquí la encontrará en lo esencial: en un caldo que recuerda de dónde venimos y en una familia que decidió quedarse para seguir contándolo.

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