La Voz de Almeria

Tal como éramos

La revolución de 1972: la boda del cura

Don Antonio, sacerdote del manicomio, dejó los hábitos y se casó con una joven parroquiana

La boda del cura con su joven parroquiana fue todo un acontecimiento en aquella Almería de 1972.

La boda del cura con su joven parroquiana fue todo un acontecimiento en aquella Almería de 1972.

Eduardo de Vicente
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Él, Antonio Morales Giménez (1929-2011), se crió en la Carrera de Alhadra, en el barrio de Los Molinos. Pasó su infancia con su madre porque a su padre no llegó a conocerlo, falleció a consecuencia de una apendicitis cuando el niño estaba a punto de cumplir un año. Su educación estuvo en manos de las monjas de la Caridad que dirigían el colegio de San José, dentro del edificio del manicomio.

Era todavía un niño cuando ingresó en el Seminario, dos años después de terminar la guerra civil. Como había tenido que estar varios cursos parado por culpa de la contienda, los doce años de carrera los hizo en diez, y en 1953, cantó misa por primera vez.

Ella, María Luisa Ruiz Ferre (1952), nació en la Carretera de Níjar. Desde el terrao de su casa se veían las ventanas más altas del manicomio, donde su padre trabajaba como enfermero, donde Antonio daba sus primeros pasos como clérigo. El 25 de junio de 1953, el día que Antonio Morales cantó misa, ella, María Luisa, tenía ocho meses, pero estuvo presente en el acto, en los brazos de su madre, que como todo el barrio, no se quiso perder el acontecimiento.

La infancia de María Luisa, como antes la del sacerdote, estuvo ligada a la escuela del manicomio, y también a las manos y a las buenas intenciones de las hermanas religiosas. Allí pasó sus primeros años de colegio y allí celebró su Primera Comunión, el 17 de mayo de 1959. La tarde antes, la niña acudió a la iglesia para confesarse y ponerse al día con el Altísimo. Arrodillada sobre la madera del confesionario le contó al cura sus pequeños pecados. Al día siguiente, los dos volvieron a encontrarse: ella luciendo un hermoso vestido blanco de princesa, él con su hábito de gala. Los niños de la escuela fueron pasando en fila, uno por uno, para que el joven sacerdote depositara sobre sus labios el cuerpo de Cristo.

Por aquella época, el cura compartía con su madre una vivienda en la calle Santa Rosa de Los Molinos. La casa de don Antonio era un lugar muy frecuentado por los niños del barrio porque fue la primera que tuvo televisión al comienzo de los años sesenta. Muchas tardes, alumnos y alumnas del colegio se juntaban para ir a la casa del sacerdote y junto a la madre disfrutar de los programas infantiles y de los dibujos animados. María Luisa Ruiz era una de aquellas niñas que vieron por primera vez la tele en el comedor de la casa de don Antonio Morales Giménez.

Las obligaciones sacerdotales lo obligaron a ausentarse de Almería durante varios años. El cura de Los Molinos fue destinado a la Rambla de Oria y después pasó una larga etapa en Estados Unidos. La vida de don Antonio Morales Giménez había cambiado radicalmente desde el día en que decidió dejar su tierra para marcharse a la aventura americana. Estuvo varios años en Houston (Texas), ejerciendo la labor pastoral en una parroquia frecuentada por latinos.

Todos los veranos regresaba a Almería para encontrarse con su madre. Cada vez que volvía le gustaba visitar la capilla del manicomio, donde pasó sus años de juventud. Una tarde del verano de 1968, mientras el cura hacía su recorrido habitual por el centro, se encontró por casualidad con ella. María Luisa había dejado de ser una niña y ahora era una adolescente de dieciséis años a la que le gustaba visitar el manicomio, donde trabajaba su padre, y compartir los ratos libres con los enfermos. Casi sin quererlo empezaron a encontrarse todas las tardes, él inmerso en sus paseos y ella distraída con sus conversaciones con los enfermos. Al final del verano, cuando el sacerdote estaba a punto de regresar a Estados Unidos, le preguntó a la niña: “María Luisa, si yo me saliera de cura ¿tú te casarías conmigo?”. Ella le dijo que sí. No es que estuviera enamorada del sacerdote, pero se sentía atraída por un hombre que la trataba con una dulzura que ella no había conocido hasta entonces.

A comienzos de 1970, cuando el sacerdote regresó definitivamente a su tierra, se decidió a andar los pasos necesarios para colgar los hábitos y obtener la dispensa del Vaticano para poder contraer matrimonio. Por octubre de ese mismo año, cuando María Luisa cumplió dieciocho años, el sacerdote fue a hablar con el padre de la muchacha. Se citaron en la bodega de León, en la Rambla del Obispo Orberá. Don Antonio Morales, con la timidez de un sacerdote enamorado, se presentó ante el padre y le contó la historia y sus intenciones. El padre se mostró muy frío en la conversación y sólo le dijo una frase: “Cuando usted tenga la autorización para casarse será el momento de hablar. Hasta entonces no vuelva a acercarse a la niña”.

A finales del año 1971, llegó el permiso. La pareja empezó a programar la boda, que se celebró el 26 de febrero de 1972 en la iglesia de San Pío X del Zapillo.Fue una boda extraña, sin grandes alegrías y con demasiado público. Había gente agolpada en las aceras de la calle, aguardando para ver quién era aquel sacerdote arrepentido y la muchacha atrevida que siendo apenas una niña ya se había convertido en la prometida de un hombre que por edad podía haber sido su padre.

tracking