El arte de sobrevivir en la posguerra
Francisco Iglesias (1933-1998) fue un autodidacta que salió adelante a fuerza de talento

Francisco Iglesias en sus años de juventud, paseando por la calle Javier Sanz, a la altura del instituto, envuelto en el abrigo con el cruzó la adolescencia.
Un adolescente con abrigo era un hombre prematuro. Así se paseaba por la acera del instituto, frente a la vivienda familiar, el joven Francisco Iglesias García, envuelto en ese abrigo que lo protegía del tiempo que le había tocado vivir. Era el frío de la posguerra, que dejaba heladas las ilusiones mientras el sol seguía calentando fuera. Era el frío inconsolable de un muchacho que había visto morir a su madre cuando tenía tres años; el frío de no haber podido terminar el periodo escolar ni de haber tenido una infancia completa, de aquellas que terminaban cuando llegaba la hora de ponerse delante del espejo para afeitarse por primera vez.
La vida lo fue obligando a madurar de prisa y así, entre restricciones y penas, se fue curtiendo un talento especial que no tardó en convertirlo en el raro de su casa. En aquella época, el talento era una rareza si no se sabía descubrir a tiempo, si uno no se cruzaba en el camino con un maestro o con un familiar que dijera: “Este niño puede llegar lejos”.
A Francisco Iglesias le tocó exprimir en solitario esa inteligencia innata que proyectaba en cada una de sus decisiones. Tenía una forma distinta de mirar, otra manera de ver el mundo que lo empujó desde niño a buscarse la vida con esa dosis de inconformismo del que quiere progresar por encima de las circunstancias de su época. Podía haberse colocado en una tienda o en un bar como hicieron sus hermanos cuando llegó la hora, pero él quería algo diferente, un lugar donde poder crecer y en esa búsqueda encontró su primer empleo en el laboratorio de Durbán. Acababa de dejar el colegio, donde llegó a ganar un concurso de redacción, y empezaba una nueva etapa, la de la lucha por la vida. Era el primer trabajo, la primera paga y ese primer abrigo con el que aquel aspirante a adolescente se paseaba con gesto serio por su barrio cuando terminaba la jornada en el laboratorio. Con las manos metidas en los bolsillos, quizá para ordenar mejor los pensamientos, Iglesias terminaba haciendo todos los días la misma ruta y la misma parada delante de la puerta del periódico El Yugo, donde el ruido de la imprenta lo obligaba a detenerse, como si estuviera escuchando una música celestial.
Un día se atrevió a entrar aprovechando que las puertas siempre estaban abiertas y en uno de aquellos ratos en los que el muchacho se quedaba embelesado viendo la rotativa, alguien le preguntó que si quería trabajar. Entró como aprendiz y lo hizo con tanta ilusión como si acabara de encontrar su destino. Ese afán por seguir aprendiendo y mejorar a diario no pasó desapercibido para Manuel Soriano, que entonces era el redactor jefe del periódico. Su primer ascenso fue entrar en los talleres, donde llegó como un torbellino y donde no tardó en alcanzar puestos importantes como el de jefe de cajistas primero, y posteriormente, jefe de linotipistas.
Tenía un buen trabajo, pero sus talento seguía pidiéndole más, hasta que en los años 70 fue nombrado jefe de los talleres de lo que en aquel tiempo ya era La Voz de Almería. Cualquier otro se hubiera conformado con el cargo, pero Francisco Iglesias no paraba de inventar nuevos caminos y como ya se había embarcado en la complicada aventura de formar una familia, se buscó un sueldo más con la publicidad. Fue uno de los primeros agentes colegiados que hubo en Almería y uno de los padres de los especiales en la prensa. Publicaba una boda en el periódico y llenaba la ceremonia de mensajes con los anuncios de la floristería, del peluquero de la novia y de la tienda donde había comprado el vestido.
Su creatividad no paraba de idear nuevas fuentes de ingresos. Trabajaba en el periódico, buscaba anuncios, vendía lavadoras y hasta máquinas tragaperras. Él fue uno de los que popularizaron en Almería las célebres máquinas Pinball, a finales de los años sesenta. En uno meses montó máquinas por todos los bares y hasta se atrevió con dos salas recreativas de barrio, que abrió en el Zapillo y en la Colonia de los Ángeles.
En los años de la Transición se mezcló con la política y fue candidato al Senado por el ULE (Partido para la Libertad de Expresión), en el que se refugiaron muchos de los trabajadores del periódico cuando llegó la noticia de que el Estado se iba a deshacer de toda la prensa del Movimiento.
En sus últimos años de vida, Francisco Iglesias batalló para dignificar su barrio, siendo uno de los creadores de la asociación de vecinos Mediterráneo-Oliveros y el gran artífice del centro de mayores. La plaza central podía haber llevado su nombre, pero el Ayuntamiento le concedió el honor a don Fernando Berruezo, el cura que había sido su colaborador.