La Voz de Almeria

Tal como éramos

Las batallas callejeras de los niños

Medir las fuerzas era uno de los juegos que diferenciaban a los niños de las niñas

Niños de las cuevas del cerro de la Alcazaba peleando por una pelota en una de aquellas revoleras que formaban en sus juegos.

Niños de las cuevas del cerro de la Alcazaba peleando por una pelota en una de aquellas revoleras que formaban en sus juegos.Fausto Romero

Eduardo de Vicente
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Siempre había un motivo para una pelea, sobre todo cuando se juntaban dos pandillas de barrios distintos. Existía una rivalidad no escrita, pero que estaba latente entre los niños, una rivalidad primitiva que a veces llegaba a las manos en medio de un partido de fútbol o en cualquier juego callejero por inocente que pareciera.

Aquellos escarceos entre rivales han ido desapareciendo de las calles, como desaparecieron las pandillas, como han ido desapareciendo los niños, que ya no tienen la libertad que tenían antes para pasar dos horas seguidas ‘tirados’ por los solares. Hemos pasado de una sociedad llena de familias numerosas a una realidad completamente distinta en la que ya se ven por las calles más perros que niños. En aquella Almería de comienzos de los años 70 el llamado baby boom había llenado las calles de niños, que cada vez que salían a jugar lo hacían como si se acabara de crear el mundo, dispuestos a dejarse la piel sobre la tierra. Y tanto se la dejaban que el que no terminaba la jornada con las rodillas ensangrentadas se iba a su casa con un chichón en la frente.

Fue en aquella época, más o menos, cuando se pusieron de moda las rodillera de cuero que las madres cosían en esa zona de los pantalones, que era la que más sufría cuando un niño salía a la calle a comerse el mundo. Tanta escaramuza, tanta batalla, suponía un dolor de cabeza constante para las madres, que estaban obligadas a velar por la integridad de la ropa. Cuántas veces nos dijeron aquello de “con la ropa de ir al colegio no quiero que juegues al fútbol”, pero teníamos la memoria tan frágil, que cuando nos dejaban sueltos en medio de una plazuela nos olvidábamos de inmediato de las recomendaciones familiares y corríamos en busca de nuevas aventuras como potros desbocados.

Una vez en la calle, los niños y las niñas se cruzaban, pero casi nunca acaban mezclándose. Los juegos de los niños tenían un componente de violencia que las niñas despreciaban. Existía una necesidad, yo diría que innata, de hacer alarde de fuerza en cada momento. En esas situaciones de continua competencia, la chispa saltaba con facilidad y por un quítame esas pajas se armaba una pelea. A veces, en ese instante en que dos niños se ‘liaban’ a cates, los demás, en vez de separarlos, los rodeaban y empezaban a corear “toma, toma, toma”, como si estuvieran en el cine viendo una película de aquellas del Oeste donde siempre había una pelea en la cantina del pueblo.

Los partidos de fútbol entre niños de distintos barrios eran un caldo de cultivo propicio para las peleas. Había tanta rivalidad entre las calles que bastaba una patada a destiempo o un gol fantasma para que los contrincantes acabaran convirtiendo el desafío en una batalla campal. La fuerza, la necesidad de medir la incipiente testosterona, estaba presente en la mayoría de los juegos callejeros de los niños. Entonces se jugaba mucho al pulso, que consistía en que el más fuerte del condado retaba a los demás a ver si alguien conseguía doblegarla la mano con los codos hincados en el suelo.

Las niñas iban por otro camino. En la calle eran mucho más tranquilas que nosotros, concebían el juego sin tener que recurrir a la violencia. Los niños que jugaban con las niñas eran señalados con el dedo y en muchas ocasiones tenían que sufrir las burlas del grupo. Un juego habitual de las niñas de aquel tiempo era el de las tiendecicas. Con cuatro piedras, con cuatro trapos viejos, con un puñado de tierra, con un trozo de cartón, con una cajetilla vacía de tabaco o con una caja de cerillas, ellas montaban un supermercado y jugaban a vender y a comprar.

Jugaban al elástico, a la comba, a las muñecas, a la rayuela, y también a los cromos, con aquellas estampas que hacían saltar con las manos, o con los recortables que vendían en los kioscos.

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