Aquella alma de ciudad que se perdió
En los años 50 Almería era un pueblo grande donde nunca pasaba nada, con su plaza de pueblo y su paseo oficial

La Puerta de Purchena en 1950, con el guardia que regulaba el poco tráfico que había y con las boñigas que dejaban los coches de caballos.
Había llegado una nueva década. Almería empezaba a desperezarse lentamente de los años más duros de la posguerra, pero el recuerdo de la guerra seguía latente, el problema de la infravivienda afectaba a cientos de familias y las restricciones de productos básicos eran el pan nuestro de cada día.
A pesar de las dificultades, la ciudad mantenía esa condición de pueblo grande donde nunca pasaba nada, donde todo el mundo se conocía, con la Puerta de Purchena convertida en la plaza del pueblo y con el Paseo como avenida principal, el gran escenario por el que pasaba la vida de los almerienses.
Poco a poco, la ciudad se había ido recuperando de los destrozos urbanísticos de la guerra y conservaba su imagen de villa mediterránea con aspecto moruno, con barrios antiguos de calles estrechas por las que apenas entraba el sol. Apenas había tráfico y aún reinaban las bicicletas y los coches de caballos. En la Puerta de Purchena colocaron un guardia para regular la circulación, aunque se pasaba más tiempo discutiendo con los cocheros cuando no recogían las boñigas de los caballos.
El uno de enero de 1950 cayó en domingo. Para celebrar su santo, el Gobernador civil, Manuel Urbina Carrera, organizó una cuestación y una suscripción en favor de los pobres y de las familias de las víctimas de los últimos temporales. Las tormentas y el viento siempre dejaban víctimas en una Almería que todavía estaba sembrada de cuevas y de casas ruinosas. Esa tarde la Banda Municipal de Música dio un concierto en el kiosco del Paseo y en los escaparates de la tienda ‘El Siglo’ se inauguró una exposición de juguetes. Aquella tarde los cines se llenaron de niños y jóvenes y en el Salón Hesperia se formaron colas para el estreno de ‘La Senda Tenebrosa’, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall.
El pulso de la ciudad seguía latiendo al ritmo que marcaba el racionamiento. Se organizaban distribuciones de víveres: una ración de medio litro de aceite costaba cuatro pesetas y treinta céntimos; doscientos gramos de azúcar, una peseta y setenta céntimos; cien gramos de arroz, dos reales y un kilo de patatas costaba una peseta y media. Había cartillas de racionamiento para adultos, para lactantes, para madres que estaban criando a sus hijos y en la casa de las Hermanitas de los Pobres se hacían repartos todas las semanas de ropas que la gente iba donando para los más necesitados.
Para Navidad se organizaban grandes campañas para que los pobres no se quedaran sin su comida, al menos en Nochebuena, y para ello se iban acumulando grandes cantidades de alimentos que con sus limpias manos distribuían las muchachas de la Sección Femenina. Después llegaban los camiones para llevar la comida por los siete distritos en los que se dividía la ciudad. No todos los necesitados tenían derecho a una de aquellas bolsas, para poder aspirar a la comida tenían que formar parte de un padrón de pobres que a lo largo del año se iba elaborando parroquia a parroquia.
Para la Navidad de 1953 llegó un envío inesperado: dos mil quinientas bolsas llenas de alimentos que fueron el regalo con el que el generoso gobierno americano obsequió a los pobres de Almería. Las bolsas iban bien cargadas de azúcar, de arroz, de judías, de leche vaporizada y de latas de carne en conserva. Todas las familias de los niños acogidos en los hogares tuvieron su bolsa correspondiente. También se vieron beneficiadas las madres lactantes y gestantes que estaban inscritas al Seguro Obligatorio de Enfermedad que había empezado a funcionar en la residencia sanitaria de la Carretera de Ronda, conocida como la Bola Azul.
Los americanos ya formaban parte de la recuperación del país y estaban a punto de entrar en la memoria de los almerienses. Para la Navidad de 1954, el gran regalo a la ciudad fue la llegada al puerto de un barco de la Marina de Estados Unidos, nada más y nada menos que de la sexta flota. Los destructores ‘The Sullivans’ y ‘Hancock’ desembarcaron a seiscientos marines que estuvieron una semana en Almería, dándole a las calles y a los negocios una intensidad que no se conocía.