La Voz de Almeria

Tal como éramos

El secreto del kiosco de Amalia

Unos dicen que la esencia del negocio está en el Americano y su fórmula mágica

Imagen del kiosco de Amalia en los años cincuenta, cuando era un lugar muy frecuentado por las familias almerienses cuando paraban a refrescarse allí después de afrontar los paseos reglamentarios.

Imagen del kiosco de Amalia en los años cincuenta, cuando era un lugar muy frecuentado por las familias almerienses cuando paraban a refrescarse allí después de afrontar los paseos reglamentarios.

Eduardo de Vicente
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Un buen bar es un equipo de camareros eficaces, un servicio rápido y amable, unos productos donde la calidad y el precio se den la mano, un escenario agradable y otra cosa que nadie sabe a ciencia cierta lo que es y que probablemente sea lo más importante. La magia de un negocio reside a veces en ese factor oculto que lo hace diferente y le otorga un poder sobrenatural que no tiene explicaciones.

El kiosco de Amalia no es el más espectacular de Almería ni está decorado por ningún artista. No destaca por sus tapas ni las cervezas que sirven tienen un sabor distinto. Sus cafés no son los más famosos del reino ni los cubatas se diferencian de los que sirven en otros establecimientos. Sin embargo, este sencillo kiosco ha llegado a convertirse en un elemento casi religioso, en un lugar lleno de misticismo al que los almerienses acuden con la misma devoción que a una romería.

Cualquier reunión de amigos que se precie no tiene un final feliz hasta que no pasa por la barra del kiosco de Amalia, donde se rematan las fiestas con el pretexto de probar esa porción mágica llamada Americano, que todo el mundo sabe de que está compuesta, pero nadie tiene ni idea de cómo se hace. Esta condición de lugar de encuentro que tiene el negocio se ha ido gestando a lo largo de décadas, en muchos momentos con un público diferente al de ahora. En los años cincuenta, cuando empezó la edad dorada del establecimiento, no existía eso que hoy llaman el tardeo ni era costumbre entre los juventud salir a tapear los viernes como ocurre ahora y rematar la faena en el Amalia.

En los años cincuenta el kiosco era un escenario propicio para las reuniones de amigos, y sobre todo, para las citas familiares. En aquellos tiempos en los que abundaban las familias numerosas, era costumbre salir los fines de semana a dar la vuelta reglamentaria por los sitios oficiales de la ciudad: el Parque, el Paseo, la Alcazaba y la Puerta de Purchena. Aquella ruta solía terminar en la barra de Amalia, donde entonces destacaban los productos refrescantes como la horchata y el limón granizado. Se llegó a decir que la mejor horchata de chufa era la que se vendía en el kiosco, en una época en la que no existían los polvos ni los potenciadores de sabores y el producto se fabricaba con materia prima de primera calidad.

La horchata del Amalia llegó a cautivar a un mito del cine como Anthony Quinn, que en junio de 1962 visitó el kiosco en compañía de su amigo José Galera Balazote, el popular ‘Habichuela’, con el que entabló amistad durante el rodaje de la película Lawrence de Arabia. El actor americano, que paraba entonces en el chalet de Cristóbal Gómez, en la barriada del Zapillo, se montaba en un taxi, recogía al ‘Habichuela’ y se sentaban en un taburete del kiosco Amalia a disfrutar de la horchata y de las miradas de todos los que pasaban por delante. Pero como en aquellos tiempos la gente era más discreta que ahora, nadie se paraba a pedirle un autógrafo ni a molestar al actor en sus momentos de ocio. Otro de los grandes secretos del kiosco de Amalia fue su capacidad para acoger a gentes de todas las clases sociales, sin hacer distinciones. Se recibía de la misma forma a los actores importantes que pasaban por allí a probar el Americano, que a los pobres diablos que llevaban en los bolsillos las monedas justas para la copa de coñac de la mañana. Por el mismo rincón que frecuentaba Anthony Quinn pasaba a diario el recordado Luis el de los perros, que siempre era bien recibido en el kiosco a esa hora de la tarde en que la barra estaba medio vacía. Con un ponche en el cuerpo, el bueno de Luis sacaba del alma todos los tratados de filosofía callejera que llevaba dentro y cautivaba al personal con su forma tan particular de entender el duro camino de la vida. Holgazán, irónico, atrevido, Luis se convirtió en el antihéroe oficial de un tiempo donde había que estar muy loco para sobrevivir sin otro oficio que mirar a la luna y hablar con los perros. A veces, cuando estaba en su salsa en la barra del kiosco Amalia, montaba su número especial con su perra Laika, que respondía a las preguntas del respetable moviendo su cabeza de un lado a otro.

Por la barra del kiosco han ido pasando generaciones de almerienses. No se entienden las noches de Reyes, ni las de Semana Santa sin la parada reglamentaria para el café o el Americano del Amalia. Las madrugadas de la Feria, cuando estaba en el centro, terminaban en aquel templo donde vaso a vaso se ha ido gestando la otra historia de la ciudad.

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