Los barrios y el auge de los mercadillos
En los años 80, diez mercados funcionaban en Almería, además de la Plaza de Abastos

El mercado de la Plaza de Pavía a finales de los años 70, cuando competía en número de visitantes con el poderoso Mercado Central.
Allá por los años setenta, el mercado de la Plaza de Pavía competía, mano a mano, con la Plaza de Abastos. Era más pequeño, no tenía la situación estratégica del Mercado Central, pero generaba una vida tan intensa que era imposible encontrar una barraca vacía y cuando ésto sucedía, no tardaba en volver a tener un nuevo inquilino.
El mercado de la Plaza Pavía conservaba el ajetreo de los zocos antiguos. Allí se mezclaba la oficialidad de las barracas con nombres y apellidos con ese ambiente de feria que le daban los puestos ambulantes, aquellas furgonetas que iban de paso que lo mismo vendían ropa interior femenina que colonias a granel o cuchillas de afeitar. Llegaban, tendían una manta en el suelo y la llenaban de vestidos, de zapatos, de cazuelas, de sartenes, de juguetes baratos para los niños.
La fuerza del mercado de la Plaza de Pavía residía en los barrios que la rodeaban. La plaza no era solo el núcleo central del Reducto; allí llegaban todos los días las gentes que venían de los rincones más apartados de los cerros de la Chanca, del barrio de la Joya y de la Almedina y de la gran manzana del barrio del cuartel.
Qué jaleo se armaba todas las mañanas en aquel escenario donde se cruzaban gentes de todas las condiciones sociales buscando los mejores precios. En el mercado de la Plaza de Pavía tenías de todo y a un precio más barato que en la Plaza de Abastos. Se decía, incluso, que el pescado más fresco lo vendían allí. Alrededor de aquel inmenso zoco que todavía conservaba cierto aire decimonónico, se congregaban vendedores de golosinas, heladeros ambulantes y algunos de aquellos charlatanes que decían traer los mejores cubiertos del mundo, prácticamente regalados.
Fue entonces, en la década de los setenta, cuando empezaron a aflorar los mercadillos por todos los puntos cardinales de la ciudad. Uno de los más concurridos era el que se celebraba en la Colonia de los Ángeles, que en aquel tiempo era un barrio en continuo crecimiento. Aquel mercadillo callejero, que era un alivio para muchos, no tardó en convertirse en un problema para otros. Generaba suciedad y una imagen de subsistencia, casi tercermundista, impropia de una ciudad que quería abrazarse a los tiempos modernos. Fue entonces cuando desde el Ayuntamiento se plantearon la necesidad de que una barriada con tanta densidad de población y tan alejada del centro pudiera contar con su propio mercado municipal en unas condiciones dignas. Había que construir un Plaza de Abastos acorde al crecimiento del barrio. Por fin, el 26 de junio de 1984 entraron las máquinas y se puso la primera piedra del Mercado de Los Ángeles.
Existía otros mercados estables en Regiones, en la Plaza del Quemadero y en la Plaza Beninar del Zapillo, pero los que más fama tenían, los más populares, eran los mercadillos semanales, los que iban visitando los barrios según el día de la semana. Los lunes se celebraba un mercadillo en la Avenida del Mar en el que se congregaban todas las mujeres del barrio de la Chanca, desde las madres hasta las abuelas. Venían vendedores de todos los pueblos de la provincia y hasta de Málaga y Granada. Traían hierbas y matas que curaban todos los males, ropa de marca importante que había sido adulterada previamente y productos de todas las variedades.
Los martes se organizaba un gigantesco mercadillo en la Avenida del Mediterráneo, que allá por los años ochenta estaba todavía en formación. Los miércoles tomaba fuerza el mercadillo de la Colonia los Ángeles, los jueves le tocaba a las 500 Viviendas, los viernes a la Plaza de Toros y los sábados al Zapillo. A mediados de los ochenta, las autoridades empezaron a poner trabas a los mercadillos callejeros; la primera medida importante fue la eliminación de la venta de pescado y carne.