La Voz de Almeria

Tal como éramos

La felicidad de volver a Almería

Cuando tras un viaje veíamos la señal de ‘Almería’, sentíamos el placer del regreso a la patria

En los años 60 los almerienses se hacían fotos en ese rincón de la carretera donde aparecía el cartel de Almería con la Alcazaba y el mar de protagonistas.

En los años 60 los almerienses se hacían fotos en ese rincón de la carretera donde aparecía el cartel de Almería con la Alcazaba y el mar de protagonistas.

Eduardo de Vicente
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Hoy le llaman viajar a subirse en un avión en Madrid y en dos horas estar en las calles de Londres. Eso no es viajar, es simplemente cambiar de ciudad en un abrir y cerrar de ojos para hacer turismo.

Un viaje era ir a Granada en coche por ese laberinto que llamaban el Ricaveral, donde en cada curva descubrías un escenario distinto, que a veces te parecía una alucinación por culpa del mareo. Ir a Granada hace cincuenta años era un viaje con un componente de aventura que se ha ido perdiendo. Ibas haciendo camino, te parabas a hacer aguas menores en una orilla de la carretera, detrás de los árboles; luego hacías otro alto para estirar las piernas y respirar ese aire helado que no teníamos en Almería y cuando llegabas a Guadix hacías la parada obligatoria de todos los almerienses para traerte un pan de verdad. Te volvías a montar en el coche y otra vez te parabas cuando pasabas por Purullena y sentías la necesidad de llevarte a tu casa uno de aquellos cántaros artesanos que unas manos hábiles inventaban de un puñado de barro. No era el último alto en el camino. Antes de llegar a Granada, si era invierno, a los almerienses nos gustaba bajarnos en el Puerto de la Mora para tocar con las manos esa nieve que nunca acariciábamos en nuestra tierra.

Los viajes a Granada de los domingos se hacían eternos, así que cuando regresábamos, a la caída de la tarde, íbamos doblemente cansados, primero por las horas de carretera y segundo por ese hastío natural que a los niños de antes nos producían los domingos.

Recuerdo la sensación de felicidad que sentía cuando después de pasar todo el día lejos, me encontraba, al borde del camino, con una de aquellas señales con el nombre de Almería. Entonces descubría que mi verdadera patria era mi ciudad, mi barrio, mi calle y a medida que íbamos avanzando en el coche hacia la casa y me reencontraba con mis rincones cotidianos, sentía un alivio extraño cuando comprobaba que todo estaba en su sitio, a pesar de mi ausencia. A veces, me hacía la pregunta de cómo habría sido la vida en mi calle en ese domingo en el que yo no había estado presente, qué habrían hecho mis amigos sin mi.

Esa sensación de felicidad que muchos teníamos cuando volvíamos a Almería se multiplicaba por diez si lo hacíamos por las curvas de la carretera de Aguadulce y a la alegría del regreso se unía la estampa de aquella hermosa ciudad que se derramaba por la ladera de la Alcazaba en busca del mar. Entonces no había empezado aún la destrucción masiva y Almería conservaba esa belleza de ciudad moruna que fue su esencia hasta que llegaron las nuevas construcciones.

Era una emoción que por mucho que se repitiera siempre parecía nueva, como si cada vez que uno llegara a la ciudad por la carretera del Cañarete, al tomar la última curva descubriera una Almería distinta, sembrada de matices diferentes a la vista del viajero. Detrás de la última curva del cerro aparecía el alma romántica de la ciudad cayendo sobre el mar con la belleza de una acuarela. Si era de noche, las sensaciones se multiplicaban con la Alcazaba iluminada y las pequeñas luces de las barcas brillando como luciérnagas sobre el mar. Merecía la pena atravesar el tortuoso camino hacia Aguadulce para tener después la recompensa de aquella estampa incomparable de una Almería que todavía conservaba su aura de pueblo antiguo.

Las familias solían pararse a la altura del letrero de entrada a la ciudad para echarse fotografías, como queriendo inmortalizar un tiempo que se iba agotando. Ya se había quedado vieja la carretera que a fuerza de curvas se abría paso entre los acantilados y el cerro; aquel letrero que a la orilla del camino anunciaba ‘Almería’; los barcos que arreglaban y fabricaban en los humildes astilleros y el sendero que conducía a la playa de las Olas, el refugio de un barrio cada 18 de julio.

Al fondo, sobre la gran explanada frente al puerto pesquero, aparecía el improvisado campo de fútbol que durante décadas se inventaron los niños del barrio para dilapidar el tiempo libre. Era un estadio pobre que acabaría desapareciendo cuando en 1972 construyeron la lonja del pescado con su fábrica de hielo incorporada. La lonja fue la llave para los nuevos tiempos. Su impulso comercial acabaría alejando a los niños que se quedaron sin su descampado y fue aislando la playa de las Olas.

La nueva carretera de Aguadulce, construida, a fuerza de dinamita y de túneles, acabó con el encanto del viejo camino en el que tantas veces nos parábamos con el coche para disfrutar de la belleza de la ciudad.

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