El casete que te trajeron de Melilla
Los tocadiscos pasaron a un segundo plano con la moda del radio casete

El barco Vicente Puchol en 1969, atracado en el puerto. Cubría el servicio con Melilla.
Cuando un familiar se iba a Melilla nos parecía un viaje lejano, toda una aventura que pasaba más por lo comercial que por conocer la belleza y la historia de la ciudad vecina. Los almerienses íbamos a Melilla a comprar gangas, aprovechando que todo estaba más barato al otro lado del mar de Alborán.
Con esta perspectiva, cuando un primo o una tía nos daba la noticia de que iba a viajar a Melilla, les llovían los encargos y se convertían de golpe y porrazo en unos reyes magos improvisados. Llevo grabada en mi memoria la emoción que sentí mientras esperaba que mi primo Rafael regresara de Melilla, en un viaje iniciático que realizó allá por el año 1970. Contaba las horas que faltaban para que volviera mi primo y me trajera el reloj que le había encargado mi madre, mi primer reloj, un símbolo en la vida de un niño.
Recuerdo la mañana que fuimos a esperarlo al muelle. Venía cargado, con media Melilla metida en el equipaje. Traía regalos para toda la familia: una alfombra que parecía sacada del cuento de las Mil y una noches; una lata de mantequilla holandesa con la que podría haber desayunado un batallón del campamento de Viator; dos botellas de whisky auténtico de escocia a mitad de precio que aquí; una caja de madera con dos muñecos que servían para anunciar el tiempo que iba a hacer al día siguiente; traía también un queso de bola de los de verdad; dos cartones de Marlboro como los que fumaban los americanos en las películas; una máquina de fotos Kodak con un carrete en color y metido en un estuche plateado, mi reloj, el tesoro que estaba esperando y que de alguna forma marcó una etapa en mi vida. En aquella época, para un niño de ocho o nueve años, llevar un reloj en la muñeca era subir un escalón en ese largo camino que era la infancia. El reloj te daba formalidad, te hacía más responsable, te permitía controlar el tiempo y también que te lo controlaran a ti: ya no podías engañar a tu madre cuando llegabas tarde a tu casa y decirle aquello de “es que no sabía la hora que era”.
En el barco de Melilla llegó también mi primer radio casete, que como me había ocurrido unos años antes con el reloj, significó un antes y un después en mi vida. El reloj era un paso adelante en la infancia, mientras que el radio casete te permitía vivir intensamente las emociones de la primera adolescencia, cuando la música la llevabas a flor de piel. Quién no tuvo uno de aquellos ‘Sanyo’ que parecían hechos de acero, con los que además de escuchar la música de la radio podíamos grabar las canciones en una cinta virgen. Tenían la ventaja de que funcionaban también con pilas, por lo que no tardaron en convertirse en objetos de culto de una generación que lo mismo se podía escuchar en el cuarto de baño que en la playa.
La fiebre por viajar a Melilla empezó a comienzos de los años setenta. Cuando en el invierno de 1969 llegó al puerto una nueva versión del barco Vicente Puchol, tres meses después de su botadura, los almerienses se frotaron las manos por la mejora que el nuevo buque nos iba a traer en esa necesaria comunicación semanal que teníamos con el norte de África.
En el mes de febrero de 1969, José Ronco, agente de la compañía Trasmediterránea, presentó al pueblo de Almería el nuevo servicio de buques transbordadores para cubrir la ruta con Melilla. Allí estaba, recién sacado de los astilleros, reluciente como una joya, el nuevo ‘Vicente Puchol’, preparado para acortar el tiempo del viaje y equipado con las últimas técnicas de navegación y con un vientre tan amplio que podía recibir a más de quinientos pasajeros y ochenta coches.
El ‘Vicente Puchol’ formaba parte de la vida de los almerienses desde que en la primera década del siglo pasado se convirtió en uno de los vapores correo que cubrían el servicio con el norte de África. Traía carga y pasajeros desde Valencia y nos comunicaba semanalmente con la ciudad melillense. En diciembre de 1923 la compañía Trasmediterránea reformó sus tres vapores principales que operaba en Almería, entre ellos el Vicente Puchol, que desde entonces inició una nueva ruta que unía nuestro puerto con el de Málaga y Melilla. En el Vicente Puchol llegaron cientos de soldados repatriados en los días amargos de la guerra de África, cuando a bordo del vapor llegaban los jóvenes militares llenos de heridas y de derrota.
A partir de 1969, cuando hicieron el nuevo buque, el Vicente Puchol fue para muchos de nosotros el barco en el que llegaban los reyes magos. Cuando atracaba el barco de Melilla el puerto parecía una feria; familiares y amigos de los viajeros iban a esperar a aquellos viajeros que llegaban con las alforjas cargadas. Melilla fue durante muchos años el país de las maravillas, un destino exótico, un zoco gigantesco donde se podía encontrar cualquier artículo del mercado internacional a la mitad de precio. Quien tenía un familiar trabajando en el barco de Melilla era dios. Mi tío, Julio Ramírez, fue camarero del ‘Delfín’ en los años treinta y con el sueldo extra que sacaba todas las semanas vendiendo por los bares lo que traía de tapadillo, pudo sacar adelante a sus ocho hijos. El Delfín fue durante décadas una de las naves que hacía la travesía con el norte de África. En febrero de 1937, cuando Málaga cayó en manos del ejército de Franco, el barco se encontraba atracado en su puerto y la tripulación que era de Almería tuvo que venirse andando huyendo de las bombas y de las posibles represalias.