La Voz de Almeria

Tal como éramos

El álbum y las estampas de nuestra vida

Por septiembre, cuando se volvía al colegio, empezaba la fiebre de las colecciones

Niños jugando con las estampas en la puerta de  una vivienda del arrabal de las Cuevas de las Palomas, en el barrio de La Chanca. Año 1968.

Niños jugando con las estampas en la puerta de una vivienda del arrabal de las Cuevas de las Palomas, en el barrio de La Chanca. Año 1968.Fausto Romero

Eduardo de Vicente
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Septiembre lo mudaba todo, hasta nuestro estado de ánimo. Septiembre invitaba a cambiar de hábitos y los niños nos mirábamos más hacia dentro, tal vez porque nos recogíamos antes después de un verano completo tirados en la calle.

En septiembre volvían las estampas de fútbol que tanto nos gustaban y las grandes colecciones que anunciaban por la televisión. Íbamos a la escuela con un paquete de estampas en el bolsillo del pantalón, cogido con una goma de los huevos para que no se estropearan. Nos gustaba tanto coleccionar que nos pasamos la infancia haciendo colecciones inútiles, que al menos a mí, eran las que más me cautivaban. Los de mi calle éramos fanáticos de las chapas de las botellas de cerveza, por lo que recorríamos los bares cercanos recolectando del suelo nuestros pequeños tesoros.

Coleccionábamos estampas, piedras de colores que cogíamos en la playa, caracolas marinas, palos de polo, bolsas de pipas vacías y hasta aquellas historietas que salían dentro de los chicles Bazoka, que eran los chicles más duros del mundo. En mi calle vivía un niño que se llamaba Ramón que le dio por juntar bombillas de la luz fundidas y cuando reunía veinte o treinta, se entretenía en ir por el barrio haciéndolas explotar en el silencio de la noche.

Los más instruidos coleccionaban sellos y minerales y la mayoría aquellas estampas con las que íbamos rellenando los cromos de moda. Casi todas las colecciones llegaban a partir de septiembre. Septiembre era el mes de las colecciones. Sentíamos la necesidad de coleccionar como una forma de empezar con esa programación interior que ponía orden en nuestras vidas después caos del verano. Coleccionar nos obligaba a imponernos una disciplina, tan necesaria para afrontar las rutinas diarias y los nuevos proyectos.

Fuimos la generación de los álbumes de estampas. Todos los años, desde 1967, aparecía por las escuela el hombre del álbum con un mágico maletín en la mano que contenía una muestra de cromos de la nueva colección que la editoriales sacaban a la venta: ‘La Naturaleza y el Hombre’, ‘América y sus habitantes’, ‘Zoología y Botánica’, fueron algunos de los títulos de Maga, mientras que la casa Ferma nos trajo el grandioso álbum de ‘El Antiguo Testamento’, que estuvo presente durante años en todas las estanterías de los hogares almerienses como una auténtica reliquia.

Alrededor de esta necesidad de coleccionar que nos abordaba en septiembre, se fue creando un mercado publicitario que aún hoy se convierte en bombardeo diario en los anuncios de las televisiones. Relojes de época, soldados de plomo de todas las guerras mundiales, vestidos de muñecas, coches en miniatura, barcos de guerra, dinosaurios, abanicos decorados a mano y las estampas de fútbol que aparecían todos los años a finales de agosto para anunciarnos el comienzo de la Liga.

Coleccionar las estampas de los futbolistas es un viejo ritual que empezó hace medio siglo con los cromos que salían en el chocolate. En Almería había auténticos profesionales del coleccionismo, aficionados que guardaban los álbumes como si fueran tesoros. Rafael García Siles fue uno de ellos. Se especializó en fútbol y consiguió hacerse con todos los escudos de los clubes que habían militado en categoría nacional, desde el Tornado Tres Cantos de Madrid, de la Regional Preferente, al Teresiano de Malagón, provincia de Ciudad Real. Tenía, además, los pins de todos los clubes que habían conseguido ser campeones de Europa y los escudos de la mayoría de los equipos que habían competido en la provincia de Almería en los últimos treinta años. Para los de su generación, ‘juntar’ estampas era la única forma de verle las caras de cerca a los futbolistas, de conocer sus apellidos, los kilos que pesaban y su estatura, ya que en aquellos tiempos era difícil ver un partido televisado.

Una fecha importante para los coleccionistas de fútbol fue la temporada 1979-80, cuando el Almería subió a Primera División y sus jugadores aparecieron por primera vez en la historia en las estampas que vendían en los quioscos.

Coleccionar las estampas de futbolistas era un ritual que se celebraba igual en los barrios pobres que en los ricos. Los niños se igualaban a la hora de juntar cromos. Cada día, en las puertas de los colegios, se montaban improvisados mercados donde se cambiaban las estampas repetidas. Era una religión de la que participaban también los padres, colaboradores fundamentales para completar las colecciones.

En la explanada frente a la iglesia de San Roque, los niños se citaban cada tarde para poner al día sus colecciones y tratar de conseguir el jugador que les faltaba para completar un equipo. Llegaba un momento, cuando ya faltaba poco para completar el álbum, que no era rentable gastarse el dinero en un sobre de estampas, por lo que el único recurso que les quedaba era acudir al mercado del intercambio.

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