La Voz de Almeria

Tal como éramos

La Feria empezaba en el Paseo

Había un Real de la Feria que iba de la Plaza Circular a la fuente de los Peces del Parque

El sencillo pórtico situado en la parte baja del Paseo, justo a la entrada de la Plaza Circular, donde empezaba el Real de la Feria en 1964.

El sencillo pórtico situado en la parte baja del Paseo, justo a la entrada de la Plaza Circular, donde empezaba el Real de la Feria en 1964.

Eduardo de Vicente
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Había un Real de la Feria que iba de la Plaza Circular a la fuente de los Peces del Parque, pero la Feria real empezaba en el Paseo, nuestra pasarela oficial donde ocurrían los grandes acontecimientos durante todo el año. Bastaba que la Casa Segado llenara de luces de colores la avenida para que los almerienses sintiéramos que algo grande estaba sucediendo. El Paseo no necesitaba grandes alardes de imaginación, con cuatro bombillas y los veladores de las terrazas de los cafés llenos, la fiesta era imparable.

Nunca lució tan espléndido el Paseo como en las ferias de los años sesenta, cuando el Ayuntamiento dobló sus inversiones para estar a la altura de una ciudad que estaba saltando a la fama por los rodajes de las películas. Era el momento de sentirnos importantes y proyectar nuestras alegrías más allá de las fronteras provinciales, y qué mejor manera de hacerlo que haciendo una gran Feria.

En este renacer de la fiesta el Paseo fue el gran escenario. Las cabalgatas y las batallas de flores que se organizaron entonces fueron irrepetibles. El auge de la Feria llegó a alcanzar cotas inimaginables, tan altas que en 1964 los doce mil metros cuadrados de superficie del recinto ferial se quedaron pequeños ante la gran demanda de instalaciones que se recibió aquel año en el Ayuntamiento. Más de un centenar de atracciones acabaron instalándose a lo largo del Parque y del puerto. Nunca habíamos vivido un espectáculo parecido en una época donde cualquier cosa, por simple que pareciera, se convertía en un espectáculo.

Entonces, una gran atracción era aquella caseta de los espejos donde nos multiplicábamos en figuras grotescas. De pronto nos veíamos gordos y desencajados, o delgados como farolas. Las caras se estiraban de forma monstruosa y nos divertían aquellas formas esperpénticas que salían de nuestros cuerpos.

“Pasen y vean”, pregonaba una voz rotunda que parecía salir de ultratumba. “Pasen y vean el espectáculo más grandioso que jamás hayan contemplado ojos algunos: el eslabón perdido, el auténtico hombre mono, rescatado de la recóndita selva amazónica”, gritaba el presentador. Por lo general, el hombre mono era un farsante que por cuatro duros aparecía metido en una jaula, cubierto de pelo falso, una impostura que la gente descubría tarde, después de haber pasado por taquilla.

El timo más grandioso era el de ‘la cabeza parlante’, una cabeza humana que flotaba o descansaba sobre una mesa sin ningún cuerpo a la vista. El truco estaba en unos espejos estratégicos que se colocaban entre las patas de la mesa para reflejar las paredes de la carpa, ocultando el cuerpo de la persona.

Había atracciones que eran gratuitas, como ver a los muchachos más intrépidos encaramarse al palo lleno de grasa que colocaban en el muelle para las cucañas, y como se jugaban el tipo por un jamón o por doscientas pesetas. Una atracción extraordinaria eran sin duda las dianas de los gigantes y cabezudos cuando iba la banda municipal acompañando y cuando para poder conseguir una careta de cabezudo los muchachos tenían que hacer colas durante toda la noche.

A lo largo de la historia de la Feria los distintos ayuntamientos trabajaron para sorprender con nuevos espectáculos a los almerienses, incluso en los tiempos de menos recursos, cuando el presupuesto no daba ni para encender las bombillas. Para la Feria de 1946 el Ayuntamiento hizo un esfuerzo ampliando la iluminación hasta el Parque en tiempos de fuertes restricciones. En una época en la que se iba la luz con frecuencia en las casas y en las calles, aumentar el alumbrado en el recinto ferial era un gran acontecimiento en la ciudad. Ese año se mejoró el alumbrado del Paseo, de la Plaza Circular y el de la calle Reina Regente, y se pusieron bombillas de colores por el Parque Nuevo hasta la altura de la calle Real.

Abundaban los puestos ambulantes de almendras garrapiñadas y chufas, y los tenderetes de turrón. No faltaban ni el muchacho del botijo del agua fresca que vendía los tragos a perra gorda ni el puesto itinerante del heladero. Uno de los grandes espectáculo de aquella Feria fue la presencia del motorista de la muerte, también conocido como el hombre-moto, que desafiaba las leyes de la gravedad dando vueltas a toda velocidad por una pared circular. Uno de aquellos años de posguerra se montó una atracción que tuvo mucha aceptación entre el público. Se llamaba el Museo de Joselito y consistía en algo parecido a un teatrillo en el que se representaba la muerte del famoso diestro sevillano de principios del siglo veinte.

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