La Voz de Almeria

Tal como éramos

La Feria que separaba a pobres y ricos

Las cenas del pueblo llano sucedían en el Parque con los bocadillos de los Díaz

La elección de Miss Feria en la Alcazaba reunía a lo más granado de la sociedad almeriense. En la foto, de 1975, el alcalde Ugena con la miss Teresa Estévez Vértiz.

La elección de Miss Feria en la Alcazaba reunía a lo más granado de la sociedad almeriense. En la foto, de 1975, el alcalde Ugena con la miss Teresa Estévez Vértiz.Eduardo de Vicente

Eduardo de Vicente
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Teníamos dos ferias, la de la aristocracia y la del pueblo llano. La primera olía a perfume caro, a cuerpos que acababan de salir de la ducha, a peinados originales que eran el resultado de cuatro horas en la peluquería, a champagne francés y a canapés. La segunda feria, la de los pobres, olía a la grasa del palo de las cucañas que colocaban en el puerto, a las botijas de los cabezudos que traían del matadero y a los bocadillos de morcilla de la caseta de los Díaz.

Desde la concejalía de Festejos se preocupaban por que cada año los almerienses de la clase alta pudieran marcar su territorio en la Feria. Aunque después, cuando llegaba la noche, ricos y pobres acabaran mezclándose en el tumulto del ruido del Paseo, el puerto y el Parque, se consideraba fundamental que en cada programa de Feria hubiera al menos un acto exclusivo para el disfrute de lo que entonces se consideraba la élite de la sociedad almeriense. Para recibir a la flor y nata de nuestra ciudad, qué mejor escenario que el recinto de la Alcazaba, que allá por los años sesenta presentaba un aspecto remozado en el que destacaban, por encima de los muros y de su historia, sus espléndidos jardines y el rumor del agua.

Cuando llegaba la noche grande, con la cena de gala en la lonja de la Torre de la Vela, las viejas murallas se convertían en un palacio donde la nobleza exhibía los mejores trajes y los vestidos que las damas se compraban para la ocasión. Las fiestas de agosto en la Alcazaba implicaban a todo el barrio. Los que vivíamos cerca, en el camino que conducía al monumento, también disfrutábamos del espectáculo y salíamos a las puertas de las casas con nuestras sillas correspondientes para ver pasar a los hombres más elegantes y a las mujeres más bellas que habíamos visto jamás. Qué coches tan lujosos, cómo relucían de limpios que estaban. Qué derroche de brillantina, qué exhibición de pintura de labios y maquillaje.

En aquel desfile que excitaba los sentidos, no podía faltar la presencia de los camareros del restaurante que servía la cena. Era un espectáculo ver pasar a los empleados del restaurante Imperial, enfundados en sus elegantes chaquetas, cargados con los manjares que las autoridades y sus familias iban a compartir sin reservas. Aquella noche comprendíamos que las ceremonias de la Alcazaba no se organizaban para nosotros, que vivíamos ajenos a tanta opulencia, felices con nuestra ropa de diario y nuestras sandalias callejeras, sentados en los trancos desafiando a las hormigas con el botijo del agua entre las piernas.

Era la Almería de los años sesenta, aquella ciudad que parecía resurgir de sus cenizas con un nuevo espíritu, alentada por la fascinación del turismo y el lujo. En aquel contexto de exaltación de la fiesta y del tiempo libre se pusieron de moda los concursos de belleza, que venían a ser un complemento perfecto para la campaña de fomento del turismo y para poner en valor las instalaciones remozadas de nuestra Alcazaba. Se organizaban concursos de mises hasta en las fiestas de los barrios. El camping de Aguadulce, aprovechando el tirón que empezaban a tener aquellas playas, celebró su certamen de mises, así como el camping de la Garrofa. La mayoría de estos premios playeros se los llevaban muchachas extranjeras, algunas menores de edad, que además de su incuestionable belleza estaban respaldadas por unos padres con una posición económica más que respetable.

La elección de ‘Miss Feria’ se fue convirtiendo en uno de los acontecimientos principales del mes de agosto y el concurso se fue rodeando de un atmósfera glamurosa que tenía como escenarios principales la Caseta Popular con el baile oficial y la torre de la Vela de la Alcazaba.

En el verano de 1966 se organizó también el concurso de Miss Turismo, que tuvo como escenario la Caseta Popular instalada junto al puerto. Fue un gran acontecimiento, muy comentado en la ciudad por la impresionante belleza de la joven que se llevó el primer premio. “Es una sefardita de sugestiva belleza. Universitaria de ojos negros y misteriosos. Su fisonomía grácil es de una encantadora espiritualidad”, contaba el cronista en el periódico de aquel día. La agraciada se llamaba Rut Hazan, tenía 19 años recién cumplidos y era sobrina del gran Rabí de Estrasburgo.

A lo largo de los años setenta, fueron muchas las jóvenes de la aristocracia almeriense que soñaron con ser mises y reinas de las fiestas para poder tocar el cielo en aquellas noches de lujo en la Alcazaba. Se compraban los mejores vestidos y pasaban por el estudio de Luis Guerry para que el artista las inmortalizara como si fueran auténticas estrellas del cine.

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