La Voz de Almeria

Tal como éramos

El patio de caballos del viejo estadio

Los periodistas hacían las entrevistas en aquel extraño atrio que aparecía delante de las casetas de los vestuarios

El periodista almeriense Francisco Urrea haciendo las entrevistas después de un partido en el patio de caballos del estadio de la Falange. 1974.

El periodista almeriense Francisco Urrea haciendo las entrevistas después de un partido en el patio de caballos del estadio de la Falange. 1974.La Voz

Eduardo de Vicente
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Parecía un patio de caballos de una plaza de toros de pueblo, un escenario pasado de época que se iba desmoronando lentamente sin el más mínimo mantenimiento. Era el zaguán principal del estadio, el lugar de acceso a los vestuarios, un espacio abierto que durante décadas se estuvo utilizando como ‘sala de prensa’ donde los periodistas le hacían siempre las mismas preguntas a los entrenadores: “¿Qué resumen puede hacernos del partido?”. “¿Considera justo el resultado?”.

En estos tiempos que vivimos de zonas VIP y salas de prensa con aire acondicionado, ordenadores y botella de agua, resulta complicado entender aquel fútbol antiguo donde lo que realmente importaban eran los jugadores y la pelota.

Aquí, en Almería, estábamos tan acostumbrados a la austeridad más absoluta que nos conformábamos con nuestro viejo estadio de la Falange donde la piedra de las gradas te la llevabas a tu casa sellada en el culo a no ser que le alquilaras una almohadilla a los de la Cruz Roja. El reciento era un espectáculo. Teníamos el peor estadio del mundo, el más sucio, es más pobre, el más abandonado, pero los aficionados disfrutábamos los goles y las victorias como si estuviéramos en el Santiago Bernabéu.

Estábamos hechos al viejo estadio, nos habíamos ido adaptando a sus atardeceres en penumbra, sobre todo en los minutos finales de los partidos en invierno, cuando tenían que encender las torretas de la luz sabiendo que se veía menos con los focos que sin ellos.

Aquel terreno de juego de tierra negra, al que había que echarle un diluvio encima para poder jugar los partidos, nos parecía de lujo porque nunca habíamos tenido un campo de hierba en condiciones. Es verdad que en sus orígenes el estadio de la Falange tuvo hierba, pero duró poco porque acabó secándose por culpa del salitre y de la falta de mantenimiento.

Estábamos perfectamente adaptados a ver a los aficionados trepar por las tapias y por las torretas de la luz para colarse y a ver al vigilante que contrataba el club corriendo de un lado a otro con un palo en la mano para evitarlo. La escena formaba parte del espectáculo, estaba tan arraigada a las costumbres como el hombre del marcador que iba cambiando los números cada vez que se producía un gol. De niño yo me preguntaba si el hombre del marcador quería que ganara el Almería o prefería que el partido terminara con empate a cero para no tener que esforzarse demasiado. A veces se equivocaba y cuando marcaba nuestro equipo colocaba el tablero con el uno en el hueco del visitante, y entonces se armaba un gran escándalo y el público la tomaba con él. “Para una vez que trabajas encima te equivocas”, le gritaban.

En aquel contexto decrépito, en aquel escenario que se iba cayendo a trozos, el patio de caballos era un mundo en sí mismo. A pesar del calamitoso estado que presentaba, conservaba esa atmósfera de lugar sagrado que emanaba de los vestuarios. En el patio de caballos olía siempre a sudor, a alcohol y a linimento, antes de que se pusiera de moda el Reflex, que acabó imponiéndose en los botiquines de todos los equipos.

Para acceder a esa zona de vestuarios había dos caminos. El reglamentario empezaba detrás de la portería de fondo norte, donde aparecía la boca del túnel que desembocaba en el mismo patio de caballos. Aquel pasadizo subterráneo era un poema por la oscuridad que reinaba dentro y por los malos olores que dejaban las meadas de los aficionados. Tanta miseria se acumulaba dentro que los jugadores y el trío arbitral lo evitaban y preferían entrar y salir del campo por las escaleras del graderío.

A veces, la directiva del Almería dejaba que los niños nos acercáramos al patio de caballos y allí asistíamos con la boca abierta a las entrevistas a los entrenadores y veíamos de cerca a los jugadores cuando salían recién duchados de la caseta, dejando a su paso un inconfudible rastro a colonia cara.

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