Cuando los novios iban con ‘carabina’
Las parejas nunca iban solas aunque fueran novios formales y estuvieran a punto de casarse

La pareja de novios formada por Pepe y Leonor Flores, en un paseo por el cerro de San Cristóbal, bien arropados por sus familiares.
“Piensan los enamorados, piensan, y no piensan bien; piensan que nadie los mira cuando todo el mundo los ve”. Esta frase con vocación de verso se utilizaba con frecuencia para definir el estado de encantamiento de las parejas de novios, que cuando se refugiaban debajo de una sombra en medio de la calle creían que estaban solos en el mundo y se abrazaban y se besaban ajenos a las miradas inquisidoras que siempre estaban al acecho.
Lo del noviazgo era un oficio complicado en una época donde cualquier gesto amoroso en público te abría las puertas del infierno de par en par y lo que era peor, le podía costar la reputación tanto a ella como a él. A ella por permitirlo, y a él por no respetarla.
Las tentaciones formaban parte de la hoja de ruta de los enamorados por mucho que el viento soplara en contra, por mucho que apretaran las cadenas de aquel tiempo de la posguerra donde cualquier atisbo de deseo era considerado como un pecado mortal. Los novios se sentían vigilados hasta en la iglesia donde tenían que guardar la distancia oportuna o colocar en medio a algún familiar que los acompañara. Ya se encargaban los curas de sacar a pasear al demonio, a ese engendro de no se sabe que dios que se pasaba las horas alimentando los malos pensamientos. La carne es débil, decían los sacerdotes en aquellas tandas de ejercicios espirituales para parejas que consistían, básicamente, en declararle la guerra al instinto y aniquilar el deseo. Fuera del matrimonio solo existe el pecado les recordaban a aquellas muchachas que se pasaban la adolescencia asustadas entre los sermones de los púlpitos y los consejos familiares.
Los novios tenían que ir aprendiendo a caminar por el alambre, sabiendo que el abismo estaba debajo, tratando de entender que la atracción de dos cuerpos, que el deseo carnal propio de la juventud, solo era natural después de la boda. Quién le hacía entender a dos enamorados cuando se encontraban solos en un banco del Parque que tenían que evitar los abrazos y que no debían besarse. Tarde o temprano se imponían los instintos y acaban devorándose sin reparar que estaban en un espacio público y que podían ser descubiertos por alguna vecina o por algún familiar.
Los novios de antes tenían tanto peligro que las madres de las novias se encargaban de que no estuvieran solos cuando iban al cine o a dar un paseo. Para vigilar de cerca los pasos que daban los enamorados las madres de las novias popularizaron la figura de la carabina, casi siempre una muchacha vinculada a la familia que tenía la misión de no dejar un momento sola a la pareja y de ponerse en medio cuando estaban en la oscuridad de una sala de cine.
No es de extrañar que en aquel tiempo la mayoría de las parejas tuvieran tanta prisa por pasar por el altar. Casarse era para aquellos jóvenes la única oportunidad de conocerse sexualmente, sobre todo para las mujeres, sobre las que recaía casi todo el peso de la moral de aquel tiempo. Una joven que había tenido más de un novio estaba mal vista, mientras que a un hombre se le permitía flirtear sin límites.
Había parejas que se conocían y sin tiempo de explorarse se casaban, y había otras parejas que se eternizaban en la calma lenta de los noviazgos interminables. Pasaban los años y seguíamos cruzándonos con esa pareja de novios eternos que a nuestros ojos se iban marchitando con la misma pulcritud que se les iba pasando de moda la ropa de los domingos.
En aquellos años, una mujer soltera no estaba bien vista y “quedarse para chacha o para vestir santos” era para muchas un infortunio que tenían que llevar con resignación. Casarse era imprescindible en aquella sociedad que condenaba a las solteronas.
Para una pareja de novios formal todos los caminos conducían al matrimonio si el muchacho era como Dios manda y hasta los anuncios de la radio te empujaban a dar el paso: “Usted ponga el novio, que París Madrid pondrá los demás”, decía el mensaje publicitario de aquel famoso negocio de muebles que estaba en la calle de las Tiendas.
Hasta las letras que sonaban en las emisoras se encargaban de recordarnos que había que pasar por el altar, aunque una canción de Gloria Lasso nos contara la historia de una novia que se casaba con el hombre al que no quería en presencia del verdadero amado: “Blanca y radiante va la Novia. Le sigue atrás su novio – amante”…