La Voz de Almeria

Tal como éramos

La camioneta que olía a cuartel

Aquel autobús era la parrala, el coche que los fines de semana iba y venía de Viator cargado de soldados

El autobús que cubría la línea entre Almería y Viator, en la parada que existía entre la Puerta de Purchena y la calle Obispo Orberá.

El autobús que cubría la línea entre Almería y Viator, en la parada que existía entre la Puerta de Purchena y la calle Obispo Orberá.

Eduardo de Vicente
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Aquella camioneta llevaba el olor a cuartel grabado en la madera de los asientos. Por muchas vueltas que diera, por muchas ventanas que dejara abiertas, aquel perfume permanecía siempre alerta, como una marca innegociable. Cuántos uniformes desfilaron por aquel estrecho pasillo donde se agolpaban los soldados los domingos. Vida joven, vida prisionera que buscaba unas horas de libertad después de una larga semana en el campamento.

Llegaban como un rebaño y cuando se bajaban del coche iban dejando ese rastro a cuartel que no solo llevaban impregnado en la ropa; también los delataba su forma de hablar, la manera de mirar a las muchachas, la melancolía de sus conversaciones cuando desde una cabina de teléfonos hablaban con sus novias lejanas.

Nunca pasaban desapercibidos. Cuando llegaba la camioneta de Viator un chorro de vida se derramaba por el badén de la Rambla y por la calle Murcia, para gloria de los negocios de la zona.

Aquella camioneta llena de juventud llegó a ser un símbolo en Almería, mucho más que un simple autobús que nos unía con otro pueblo. Era el coche de la empresa de Ramón del Pino, la parrala, como la conocíamos en Almería, que cubría el servicio diario con el campamento Álvarez de Sotomayor.

En el verano de 1942, el Ayuntamiento autorizó a don Ramón del Pino Álvarez para que instalara en la casa número uno de la Plaza de San Sebastián la administración del autobús del campamento, poniéndole como condiciones que sólo estuviera detenido allí el tiempo indispensable para la carga y descarga de viajeros y que no interrumpiera el tránsito de la zona estacionando en la vía pública bultos de ninguna clase.

A lo largo de su historia, la popular parrala había tenido paradas en distintos puntos de la ciudad: Plaza de San Sebastián, Alcalde Muñoz, Joaquín Peralta, Paseo, lugares problemáticos para que un autobús de esas características pudiera estacionar con el espacio suficiente. En los años sesenta, la parrala del campamento encontró un escenario más idóneo para recoger y descargar pasajeros. Desde entonces, y a lo largo de más de dos décadas, su parada fue el badén de la Rambla a la altura de la calle de Murcia.

El domingo era el gran día de la parrala. Antes del mediodía llegaba a la Rambla con el primer cargamento de soldados que venían de Viator sedientos de libertad tras una semana recibiendo órdenes. El centro de Almería se iba llenando de militares que conquistaban las barras de los bares de tapas y llenaban las butacas de los cines en la primera sesión. Cuánta vida daban entonces los soldados a los pequeños negocios que aprovechaban el tirón del domingo para sobrevivir: bares, cines, restaurantes y hasta los humildes kioscos que se ubicaban en la Rambla sacaban fruto de la llegada de los muchachos. Hasta el fútbol se beneficiaba de su presencia, aunque tenían una entrada más barata que era la de General para militares sin graduación.

Los domingos de Almería tenían entonces el color de los uniformes de los soldados; ese sentimiento de soledad que nos iba devorando en cada anochecer de domingo se acentuaba cuando veíamos a los grupos de soldados que en retirada pasaban corriendo por el Paseo buscando la calle de Murcia.

A las diez de la noche salía el último coche, el que había que coger obligatoriamente para poder estar en el campamento antes del toque de retreta. Veíamos a los reclutas salir de los bares donde muchos guardaban la ropa de paisano para poder cambiarse, y echar a correr hacia la Rambla como almas que llevaba el diablo. Los que iban con tiempo de sobra solían hacer un alto en el bar ‘El Comandante’ para comerse aquellos suculentos bocadillos de tortilla de patatas que fueron la cena de cientos de soldados en las noches de domingo. Cuando la parrala arrancaba y cogía la carretera, rumbo a Viator, la ciudad se quedaba vacía, envuelta en la soledad eterna de un domingo. 

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