Lo del golpe a la tele cuando se iba la señal
Cuando la pantalla se quedaba en negro de pronto todos recurríamos al remedio de darle unos golpes en la carcasa

Una de las televisiones Inter que la firma Spar sorteaba entre sus clientes en los años 60 con los famosos sellos ‘Valispar’.
Nuestro primer televisor tenía dos cadenas: una era la primera cadena, la que se veía, la palpable, la que nos ofrecía la programación diaria con los telediarios, las películas, los dibujos animados y las novelas. Pero había otra cadena que no era tangible pero sí tan evidente como la otra, la cadena que sin darnos cuenta nos iba atando eslabón a eslabón a aquel aparato que tanto nos iba a cambiar la vida.
Cada vez que una televisión entraba en un comedor nada volvía a ser lo mismo. Era un dios que llegaba para ocupar el mejor rincón de la mejor habitación, la pared más visible del comedor, y allí se instalaba como si fuera el rey de la casa, el nuevo ídolo que nos iba a encauzar nuestro tiempo libre. Cuando aparecían los hombres de la tienda con aquellas primeras teles que pesaban como elefantes, la vida se detenía en la calle y los vecinos se arremolinaban en torno a la furgoneta intuyendo que estaban delante de un momento histórico. Cuando los niños, al volver del colegio, descubríamos el aparato que acababan de instalar, teníamos una sensación parecida a la que sentíamos cuando a la familia llegaba un nuevo hermano.
La tele la tratábamos como si fuera un ser vivo. Los niños teníamos terminantemente prohibido tocarla para no estropear el invento. En mi casa se le quitaba el polvo todos los días y mi madre le colocaba un tapete de ganchillo encima para que luciera mejor. De noche, a la hora de la cena, era cuando más se notaba su presencia, cuando compartíamos la mesa en silencio para escuchar las noticias o para ver el partido de fútbol que de vez en cuando nos regalaba Televisión Española. Solía ocurrir entonces, con cierta frecuencia, que en los momentos de mayor interés de la programación se iba la imagen y nos quedábamos a dos velas.Siempre teníamos algún problema con la señal, con el maldito poste que se averiaba cuando hacía mal tiempo.
En esos instantes fatídicos en los que se iba la tele cuando más falta nos hacía, se solía recurrir al primitivo recurso del golpe lateral, de ese par de toques milagrosos con los que creíamos que se podía despertar de su letargo el duende que cada aparato lleva dentro. Esa liturgia del golpe la ejecutaba el cabeza de familia, que ponía cara de cirujano mientras tanteaba la carcasa del televisor buscando el sitio adecuado para actuar. Lo normal es que el método de los golpes no funcionara y entonces se ponía en marcha el plan alternativo, que era subir al terrao para mover la antena a ver si así se recuperaba la maldita señal que tantos quebraderos de cabeza nos daba. La tele había llegado para quedarse y para cambiar el orden natural dentro de cada casa. Su presencia fue acabando con las tertulias familiares a la hora de las comidas y también con esa obsesión natural de los niños por tirar la cartera y fugarse a la calle a jugar. La bendita televisión fue vaciando las calles y las plazas a la hora de los dibujos animados y las sesiones de cine de los sábados por la tarde.
A mediados de los años sesenta la ilusión de las familias era ahorrar para comprarse la tele que les cambiara la vida. A medida que los terraos se fueron llenando de antenas también fue mejorando la señal. Por fin, en el invierno de 1965, se interrumpió el funcionamiento del poste de Sierra Alhamilla que tantos problemas daba y entró en acción el de la Sierra de Lújar.
Para recibir la señal y distribuirla por todos los barrios se instalaron dos reemisores: uno situado en la desembocadura del río y otro, el principal, que se levantó en el Cerro de San Cristóbal. El nuevo poste obligó a los usuarios a invertir en nuevas antenas, que fueron poblando las azoteas de la ciudad. Una imagen que se hizo muy habitual en aquellos tiempos era ver a los vecinos manipulando sus antenas en los terrados buscando la señal perfecta: “A la derecha, a la derecha”, “A la izquierda, a la izquierda”, “Ahí, ahí”, le decían desde el comedor al improvisado antenista cuando la señal empezaba a verse con más nitidez.