La Voz de Almeria

Tal como éramos

La felicidad que llegaba por junio

La felicidad más pura no la sentías cuando ya estabas de vacaciones, sino en los días previos al descanso

Uno de los escenarios del verano en Almería era la pequeña playa que existía junto al cargadero de mineral de las Almadrabillas.

Uno de los escenarios del verano en Almería era la pequeña playa que existía junto al cargadero de mineral de las Almadrabillas.

Eduardo de Vicente
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Los veranos nos parecían eternos porque nos olvidábamos del reloj y nos convertíamos en los dueños de nuestro propio tiempo. Un verano duraba lo mismo que un invierno con su otoño de la mano, pero siempre tuvimos la sensación de que nuestra vida se resumía en veranos, que los recuerdos se conservaban mejor bajo el sol y con el regusto del mar entre los labios.

Había una felicidad que se repetía puntualmente, que llegaba en junio, cuando se acercaba el final del curso. La felicidad más pura no la saboreabas cuando ya estabas de vacaciones, sino en los días previos, en esa antesala del placer en la que ibas contando las horas que faltaban para emprender un nuevo verano, que entonces era como empezar una nueva vida.

La verdadera felicidad llegaba esa mañana en la que tu profesor te comunicaba oficialmente el día en el que te daban las vacaciones. A partir de ahí se declaraba el estado de felicidad permanente y salíamos de clase con esa excitación irrepetible que siente un niño cuando la vida te lleva en volandas, deseando volver a tu casa para comunicarle a todos la gran noticia: “dentro de dos semanas nos dan las vacaciones”.

Las vacaciones nos parecían eternas antes de empezar, tal vez porque llevábamos escrito en la conciencia, sin saberlo, que una parte de nosotros se quedaría para siempre colgada del último verano. El verano nos cambiaba las costumbres, transformaba la rutina en excitación y nos iba modelando por dentro. Aquellos estirones que los niños dábamos cada verano nos iban haciendo mayores, de tal forma que cuando en septiembre regresábamos a las aulas ya no éramos los mismos, aunque solo hubieran pasado dos meses.

Los veranos de antes se disfrutaban de manera distinta. Valorábamos la pereza por encima de todo. Nadie nos preguntaba que íbamos a hacer en verano, porque con vivir teníamos bastante y la vida pasaba por cosas tan sencillas y tan primitivas como jugar en la calle hasta que se hacía de noche, ver una película en una terraza o que te dejaran ir a darte un baño en la playa con tus amigos.

Entonces casi nadie viajaba. No existía esa obsesión por salir fuera que nos afecta en este tiempo que nos está tocando vivir, donde si no viajas parece que estás muerto. Los paraísos los teníamos tan cerca que podías vivir cualquier aventura sin salir de la puerta de tu casa. Siempre había algún vecino o algún compañero del colegio que se iba un mes a veranear fuera, casi siempre a la casa de un familiar en algún pueblo cercano.

El verano empezaba a finales de mayo, cuando tu madre sacaba del armario la ropa reglamentaria: las sandalias del hermano mayor para que el zapatero les devolviera un trozo de vida y que al menos te duraran otro verano; los pantalones cortos que en muchos casos eran pantalones largos que transformaba alguna vecina que tenía una máquina de coser.

El verano era el tiempo de las primeras lecturas y de la música, de aquel primer tebeo que cayó en tus manos cuando acababas de descubrir el milagro de la lectura, de aquel primer radio casete que un familiar nos trajo de Melilla para ayudarnos a transitar por el desierto de las siestas. Lo peor del verano, al menos en mi casa, era la hora de la siesta, una liturgia que había que cumplir aunque no estuvieras cansado ni te apeteciera echarte a dormir.

Aquella cultura del reposo era fundamental en nuestros padres porque ellos no tuvieron tiempo de descansar ni supieron jamás lo que eran unas vacaciones y querían una vida mejor para sus hijos, incluso a la hora de la siesta. En esos minutos de silencio, en los que no transitaba un alma por las calles, el descubrimiento del casete fue un salvavidas para muchos. Sonaba en la radio la música que nos gustaba, una de aquellas canciones que nacían y morían con el verano, y corríamos en busca de una cinta para grabarla, conscientes, de que cuando pasara el tiempo, las viejas canciones nos traerían del brazo aquellos instantes de felicidad que no volverían a repetirse.

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