El año del Instituto Masculino
En 1967 el ministro de Educación inauguró el instituto que nació sobre los despojos de la vega de Ciudad Jardín

El Instituto Nacional de Enseñanza Media Masculino cuando estaba en obras, allá por 1966.
Era el año 1967 y Almería festejaba la puesta en marcha de un nuevo centro de enseñanza para cubrir la creciente demanda de jóvenes que alentados por los progresos sociales tenían la oportunidad de seguir estudiando después de la edad escolar.
La Almería del Instituto Masculino fue también la ciudad que preparaba sus mejores galas para inaugurar el ansiado aeropuerto que nos tenía que traer la prosperidad a bordo de los aviones de Iberia. Aquella ciudad avanzaba tan lentamente como la provincia, donde hasta la población se había estacando. Si en el año 1900 teníamos 359.000 habitantes, en 1965 alcanzábamos los 367.000, un crecimiento exiguo en sesenta y cinco años.
Fue a partir de esos años cuando el número de habitantes empezó a despegar. El elevado crecimiento vegetativo, muchos más nacimientos que muertes, le dieron un empuje a la población en los cinco años siguientes, lo que provocó que la demanda de plazas escolares se multiplicara por dos en poco tiempo.
Cada vez era más las familias que se sacrificaban para que sus hijos estudiaran en un contexto precario en infraestructuras que obligó a la construcción de nuevos centros de enseñanza. En 1967 la Diputación Provincial solicitó al establecimiento en Almería de una Universidad Laboral y ese mismo año se inauguró por todo lo alto el Instituto Nacional de Enseñanza Media Masculino, sobre unos antiguos terrenos de vega en las afueras de Ciudad Jardín.
El 22 de mayo, el ministro de Educación y Ciencia, Manuel Lora Tamayo, vino a Almería para cortar las cintas de aquel inmenso edificio capaz de albergar en sus clases a más de mil alumnos. Contaba con treinta aulas, un moderno gimnasio con todos los temibles aparatos que tenían los gimnasios de entonces, incluyendo el fatídico potro; tenía un gran salón de actos que a la vez servía de capilla para las celebraciones religiosas y un inmenso campo de deportes que fue la alegría de todas las promociones de estudiantes que pasaron por el centro.
Su puesta en marcha cambió no solo cambió el curso de la vida de los estudiantes del centro que todas las mañanas a primera hora cruzaban las vías del tren para llegar al instituto; también fue una revolución en la vida de aquellos barrios a extramuros que surgieron entre la playas y las vías del ferrocarril.
El Instituto Masculino fue una inyección de vida para la zona. Las tiendas, los bares, los pequeños negocios de subsistencia que florecieron alrededor, salieron adelante gracias a ese tumulto diario que se generaba a las horas de entrada y salida y en los minutos del recreo.
‘El Masculino’ no fue un instituto de barrio, fue un centro global al que llegaban los muchachos de todos los rincones de la ciudad, a veces teniendo que realizar auténticas peregrinaciones que en muchos casos pasaban por las prohibidas vías del tren.
Todos los caminos de los estudiantes que iban al instituto desde el centro de Almería y sus barrios cercanos desembocaban en la Plaza de la estación. Desde allí hasta la puerta del instituto había una distancia de unos setecientos metros, aunque para poder tomar ese atajo era imprescindible atravesar las vías del tren, con el consiguiente peligro que esta escaramuza suponía.
La otra alternativa que tenían los muchachos para llegar al barrio del Tagarete era el camino oficial que pasaba por cruzar la Carretera de Ronda y atravesar toda la Avenida de Vivar Téllez (hoy Cabo de Gata). La distancia era el doble. Los que se aventuraban saltando las vías llegaban en diez minutos, mientras que los que preferían la seguridad del camino más largo tardaban más de media hora.
En 1967, cuando se puso en marcha el instituto Masculino, la estación comenzó a ser un problema para las autoridades, impotentes para frenar el río de estudiantes que pasaban sin permiso por las vías hasta cuatro veces al día. Quizá, los que menos sufrían aquella incomunicación, eran los propios estudiantes, las pandillas de niños y adolescentes que disfrutaban con el riesgo. Tenían que burlar la vigilancia de los operarios de Renfe y a veces subirse a los vagones de algún tren y atravesarlo como si fueran pasajeros.