La Voz de Almeria

Tal como éramos

La olla de comida de la posguerra

Los comedores de Auxilio Social quitaron mucha hambre en la Almería de los años 40

Uno de los comedores sociales que se abrieron en Almería al terminar la guerra. Estaban servidos por voluntarias.

Uno de los comedores sociales que se abrieron en Almería al terminar la guerra. Estaban servidos por voluntarias.

Eduardo de Vicente
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Hubo un tiempo en que en una olla de comida se condensaban todas las esperanzas de una familia. Eran muchos los almerienses que se acostaban soñando con un plato de lentejas y se levantaban con la incertidumbre de no saber si ese día iban a poder echarse algo a la boca. El hambre de la posguerra no fue una invención de la literatura, sino la realidad de toda aquella gente que perdió la guerra y su juventud, aquellos que veían a Dios en un boniato caliente y tocaban el cielo cuando en el plato de cocido que le daba Auxilio Social se encontraban un trozo de tocino y un puñado de garbanzos.

Los comedores de Auxilio Social quitaron mucha hambre en la Almería de los años cuarenta. Aquellas muchachas vestidas de blanco que servían la comida eran ángeles para todos los que esperaban en la cola para poder llevarse a sus casas un cazo de comida caliente.

No era fácil entrar a formar parte de la organización de Auxilio Social. Para entrar como voluntaria había que tener alguna recomendación, conocer a alguien que tuviera mano y disponer de un currículum políticamente intachable. Para muchas jóvenes de Almería, entrar en el Auxilio Social era subir dos peldaños en el escalafón social y, sobre todo, asegurarse la comida diaria para ellas y para su familia.

Las ‘niñas’ de Auxilio Social formaban parte del engranaje propagandístico que el nuevo régimen puso en marcha al terminar la guerra alrededor de la llamada Sección Femenina. Eran la cara amable de la dictadura, las que salían por el Paseo con una sonrisa en los labios y las huchas para pedir unas monedas por Dios y por España, las que se disfrazaban de militares con una boina roja, una camisa azul y una falda negra, las que servían el almuerzo a los pobres en los comedores del Auxilio Social, las primeras jóvenes almerienses que en aquellos tiempos de estrecheces pudieron viajar por España gracias a las concentraciones nacionales que se montaban para homenajear a Franco.

El Auxilio Social, que tanta hambre alivió en los primeros años de la posguerra, no fue un invento de las autoridades falangistas, que se limitaron a poner de nuevo en marcha un proyecto que se había gestado en los años de la República, cuando la Asociación Almeriense de Asistencia Social inició una importante ‘cruzada’ para tratar de combatir la pobreza infantil, que afectaba a gran número de niños en la ciudad que tenían serias dificultades para poder hacer al menos una comida al día.

Los próceres de la asociación eran personajes importantes de la sociedad almeriense: Antonio Cuesta Moyano, Fernández Ulibarri, Francisco Burgos Seguí, Francisco Oliveros Ruiz, Vicente Brotons, Ginés de Haro y Haro, Juan Antonio Martínez Limones y, al frente de todos ellos, Eusebio Elorrieta Artaza, el ingeniero de caminos de Bermeo que llegó a Almería en 1912 para incorporarse a la Junta de Obras del Puerto a las órdenes de Francisco Javier Cervantes.

De Eusebio Elorrieta y de los otros miembros de Asistencia Social fueron las gestiones para que el Ayuntamiento comprara una casa en el número diecinueve de la calle Magistral Domínguez y la destinara a comedor infantil. Se invirtieron en la compra 24.500 pesetas y se adquirió una cocina con capacidad para 750 raciones a la casa Preckler de Barcelona, por un precio de 5.300 pesetas.

A pesar de la buena voluntad de los directivos y de las damas que de forma altruista colaboraban con la asociación prestando sus servicios a diario con los niños, los comedores de Asistencia Social que tanto preocupaban a las autoridades de la República pasaron por momentos complicados debido a la crisis económica que vivía la ciudad a mediados de los años treinta. Había días en los que faltaba la comida y no había subsistencias para responder a los cientos de necesitados, tanto niños como adultos, que acudían en busca de un plato de comida caliente.

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