La Vespa que sorteaban en la tómbola
Todo el que sacaba un boleto soñaba con llevarse el Seat 600 o la moto que estaba de moda

El juez municipal Mariano Fernández Ulibarri, recibiendo la Vespa que le había tocado en la tómbola ante el numeroso público congregado en la puerta del obispado. 1954.
El atractivo de la tómbola es que siempre te tocaba algo que, por pequeño que fuera, te proporcionaba la misma sensación de un regalo. Cualquier cosa, un colador, o un par de cucharas soperas, te hacían feliz en aquellas lejanas noches de Feria. Llegar a tu casa con un premio bajo el brazo era una victoria, una modesta ilusión que compartía toda la familia. Y qué decir cuando el dios de la suerte estaba de tu lado y en la rifa te tocaba un balón de reglamento o una raqueta de tenis, aunque tuvieras la certeza de que jamás ibas a jugar al tenis.
Unos volvían de la fiesta con una botella de vino bajo el brazo, otros con una muñeca pepona o con uno de aquellos relojes despertadores que se averiaban antes de que amaneciera.
La tómbola con su juego de humildes barreños donde se guardaban los papelillos de cada sorteo. La tómbola ruidosa y pachanguera donde el locutor con un altavoz desafinado iba pregonando los tesoros a los que el respetable público podía aspirar por el módico precio de cinco pesetas. La tómbola de las primeras televisiones que nunca tocaban, la tómbola de las muñecas que formaban un ejército expuestas en la vitrina como si fueran manzanas.
La tómbola era la esperanza de los pobres y la ilusión de los niños que de la mano de nuestras madres nos acercábamos al mostrador con la misma cara de sorpresa que lo hicieron ellas en su juventud de posguerra. Ir a la Feria significaba pasar por la tómbola, como si fuera un ritual obligatorio, esperando que la suerte nos convirtiera en reyes por un día. Si ibas a la Feria y no jugabas a la tómbola te sentías tan vacío como la noche que no terminabas la fiesta comiéndote un bocadillo de morcilla de los Díaz sentado en el muro de piedra del Parque.
No íbamos a la tómbola a hacernos ricos, sino a disfrutar de ese placer inigualable de que te tocara algo, el mismo que sentíamos cuando en el colegio llegaba el hombre de los cromos y sorteaban el álbum. Aprendimos a valorar cualquier detalle por pequeño que fuera y el hecho de regresar de la feria con un muñeco entre los brazos o un juego de vasos era un triunfo para la familia. Apreciábamos el valor de las cosas simples y en ese tipo de objetos, la tómbola era el auténtico paraíso.
De todas aquellas tómbolas que formaron parte de nuestras ferias infantiles, recuerdo con especial cariño la popular tómbola de la Caridad, de la que tanto me hablaban mis padres. La tómbola de la Caridad fue el símbolo de nuestra Feria hasta finales de los años sesenta. Por allí pasaban las familias enteras a por el premio soñado y las parejas de novios que buscaban la máquina de coser que tanta falta le hacía.
La generosa tómbola del obispado sorprendió a todos los almerienses en la Feria de 1954, cuando colocó en la tribuna principal de los regalos una fabulosa moto Vespa, como las que acababan de salir al mercado esa misma temporada. La Vespa fue un revolución en Almería. Significaba la modernidad, transitar por la ciudad como esos actores de moda que las películas italianas se habían encargado de inmortalizar.
La moda caló tan hondo que la popular tómbola de La Caridad tiró la casa por la ventana para rifar una Vespa. “Ha despertado extraordinario interés el sorteo de la motocicleta y son muchísimos los pedidos de boletos que se reciben desde todos los puntos de nuestra provincia”, decía una noticia que aparecía en la prensa de aquellos días.
En el Palacio del Obispo, en la Plaza de la Catedral, se vendían los números para el sorteo y en un par de semanas se agotaron casi todas las papeletas al precio de una peseta. El sorteo se hizo en combinación con el de la Lotería Nacional del 5 de octubre. El almeriense agraciado con la Vespa de la tómbola fue Mariano Fernández Ulibarri, juez municipal del distrito uno, que saltó a la página del periódico como si fuera un héroe.
En 1964, un vecino de la calle Braulio Moreno, José Orts Orts, se llevó un televisor Marconi, y a un conocido funcionario, Manuel Salazar Ruiz , le correspondió el gordo de la noche que era una moto ‘Lambretta’. Ese mismo año apareció en la tómbola un auténtico coche Seat 600, que estaban de moda entonces. Formaba parte del sorteo extraordinario de la madrugada. Se supo el número agraciado con el premio, pero nunca se llegó a saber quien se llevó el vehículo.