Las primeras familias de El Tagarete
En 1960 se entregaron las llaves de las primeras viviendas del Patronato Primero de Abril

La familia del enfermero José Rodríguez Mullor fue una de las primeras que llegó a la nueva barriada de El Tagarete.
El Tagarete fue un barrio de profundo mestizaje desde su formación. Allí llegaron familias procedentes de todos los rincones de Almería, todas con una misma ilusión: empezar una nueva vida y que sus hijos pudieran tener las comodidades que sus padres no habían podido disfrutar.
El Tagarete tenía algo de tierra prometida, de pequeño paraíso para todas aquellas gentes que buscaban un nuevo lugar donde meter la vida, con espacios libres, con zonas ajardinadas, con sol y aire renovado y lo que era más importante aún, con viviendas donde podían disfrutar de habitaciones individuales y de un cuarto de baño con todos los servicios.
Fue en 1960 cuando el Patronado de Viviendas Primero de Abril llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento para levantar una nueva ciudad entre los límites de Ciudad Jardín, las vías del ferrocarril y el paraje del Cortijo Grande. El municipio aportaba seis metros cuadrados de terreno para que se pudiera levantar un barrio fundamental para paliar el problema de la vivienda en una Almería sembrada de familias numerosas que no paraba de crecer.
Para poder llevar a cabo la obra, el Patronato buscó el dinero en el que había sobrado de la recaudación de la campaña de Navidad, en la aportación que hizo el Gobierno de la nación y en las subvenciones del Ministerio de Vivienda. En abril de 1960 se iniciaron los trabajos por parte de la empresa constructora ‘Valverde y Morales’. La primera fase, tres bloques con setenta y dos viviendas, debería de estar terminada en un plazo inferior a un año, objetivo que se consiguió holgadamente, ya que nueve meses después de que se pusiera la primera piedra ya estaban levantadas las viviendas. El domingo cuatro de diciembre de 1960, el gobernador civil, Ramón Castilla, hizo entrega de los primos pisos a las primeras setenta y dos familias que formaron el nuevo poblado sobre terrenos de la antigua vega.
Los primeros vecinos de El Tagarete eran de clase humilde y la mayoría formaba parte de familias numerosas que se encontraban con la oportunidad de progresar, de tener una vivienda mejor donde poder mirar con otros ojos el futuro. Los pisos de El Tagarete le ofrecían el milagro de los tres dormitorios, lo que significaba una posibilidad de independencia que no tenían en sus antiguas viviendas, donde lo normal era un dormitorio para los padres y otro para los hijos, que tenían que compartir las camas. Los pisos nuevos tenían un comedor estar ventilado, una cocina separada y preparada para recibir la revolución de los electrodomésticos que estaba empezando a imponerse, y un cuarto de baño con todos sus elementos: váter, lavabo, bidé y un adelanto verdaderamente transformador como fue la bañera.
La bañera en casa fue la piscina particular de las familias humildes, el elemento que les cambió las costumbres. Muchas de aquellas gentes venían de lavarse en los patios al aire libre utilizando el viejo método del barreño, la pila y los cazos de agua caliente. Los pisos nuevos de El Tagarete les ofrecían el milagro de la bañera y del termo, lo que significaba poder bañarse el cuerpo entero sin pasar frío, aunque solo fuera una vez a la semana, que era la costumbre de entonces.
Las primeras familias que llegaron a El Tagarete lo hicieron con la esperanza de una vida mejor. Los Cruz, que procedían de la calle Tralla, en las inmediaciones del cerrillo del Hambre, recibieron las llaves del piso como una bendición del cielo. El padre, cochero de profesión, había habilitado la cochera como casa y en dos habitaciones convivían el caballo y los ocho miembros que componían su familia.
Aquellos pioneros de El Tagarete llegaron a un barrio por urbanizar, a un lugar donde la huella de la antigua vega estaba todavía latente y faltaban muchos servicios indispensables.