La Voz de Almeria

Tal como éramos

La fábrica de bombillas de la glorieta

‘La Instaladora’ fue una de las empresas que trajo de la mano la revolución eléctrica

El industrial abderitano Francisco Sánchez García, sentado en la mesa de su negocio junto a sus operarios. La fábrica ‘La Instaladora’ ocupaba un local en el número cuatro de la Glorieta de San Pedro.

El industrial abderitano Francisco Sánchez García, sentado en la mesa de su negocio junto a sus operarios. La fábrica ‘La Instaladora’ ocupaba un local en el número cuatro de la Glorieta de San Pedro.

Eduardo de Vicente
Publicado por

Creado:

Actualizado:

El 24 de junio de 1882 el Ayuntamiento de Almería ensayó la luz eléctrica en el Paseo empleando los aparatos que había recibido de Barcelona para usarlos en la festividad del Corpus. La crónica de aquel día contaba: “Extraordinaria fue la concurrencia que invadió el Paseo del Príncipe, deseosa de disfrutar de la música y admirar los vivos resplandores de la luz eléctrica, que por cierto experimentó intermitencias sensibles”.

A pesar de las carencias que apuntaba el relato del periódico, el articulista hablaba de las bonanzas de este nuevo invento y de sus inconvenientes estéticos: “No negaremos la utilidad del nuevo alumbrado, sobre todo para los puertos, faros, buques de guerra, pero su aplicación en el interior de las ciudades y en los paseos empleándose focos luminosos tan intensos, nos parece perjudicial para el órgano de la visión, además del inconveniente de prestar un color calavérico a los semblantes de los transeúntes”.

La aparición en escena de la electricidad fue una gran revolución que trajo de la mano nuevos oficios, nuevas fábricas y nuevos talleres que empezaron a vivir del nuevo invento. En el número cuatro de la Glorieta de San Pedro, un joven empresario que había llegado a la ciudad procedente de Adra con ganas de aventura y deseos de triunfar, montó a comienzos del siglo pasado una factoría de electricidad donde fabricaba y reparaba bombillas eléctricas y las instalaba por calles y comercios.

La empresa se llamaba ‘La Instaladora’ y su fundador, Francisco Sánchez García, supo aprovechar la revolución que desencadenó el cambio de la iluminación con gas a la implantación de la electricidad, para hacer negocio en la capital. Francisco Sánchez contaba con media docena de operarios, especialistas en reparaciones de farolas de gas, carburos, quinqués y en la instalación de las nuevas bombillas eléctricas que empezaban a causar furor en la ciudad. Él fue el que instaló en Almería el primer aparato de Rayos X, en la consulta del doctor don Eduardo Pérez Ibáñez.

En 1903, cuando el Ayuntamiento decidió poner trescientas bombillas en los barrios periféricos de Almería, le encargó el trabajo a ‘La Instaladora’, que sembró de pequeñas luces las principales calles del Barrio Alto, el arrabal de las Almadrabillas y los callejones del Reducto, La Hoya y el barrio de La Caridad.

En esos primeros años en los que se trataba de generalizar la luz eléctrica, fueron muchos los inconvenientes, no ya por el coste económico de las bombillas y su instalación, sino por el mantenimiento que requería el nuevo sistema de alumbrado. Las averías eran una constante, al igual que los actos vandálicos que destrozaban las luces y dejaban a oscuras a media ciudad.

Francisco Sánchez García tenía alma de negociante y cuando empezó a hacer ganancias fue invirtiendo en casas. Compró inmuebles en las calles de Almanzor, Cepero, Música y se quedó prendado de una finca que le ofrecieron en La Chanca, en el camino de las cuevas de Las Palomas. Aquel rincón con las cuevas colgadas de los cerros, que parecía sacado de un sueño, le recordó a su infancia en el barrio de la Alquería de Adra, donde también existía ese universo de cuevas, de vida que germinaba en cualquier agujero, que había descubierto en La Chanca.

Terminó adquiriendo la finca, no sólo por lo que el lugar le evocaba, sino porque tenía la certeza de que aquellos terrenos, que nacían de las entrañas del barranco del Caballar, escondían el tesoro del agua. Fueron meses de intenso trabajo y de grandes inversiones, perforando a fuerza de dinamita el vientre del cerro, hasta que por fin, a veintiséis metros de profundidad, se encontró con el manantial que iba buscando.

En 1905 construyó el pozo y la noria con la que iba sacando el agua a la superficie, transformando aquel paraje de piedras y matorrales en un espléndido vergel.

tracking