La Voz de Almeria

Tal como éramos

El patio que transformó un barrio

La construcción de las 108 viviendas del patio de la Chanca y del colegio Alejandro Salazar cambió el rumbo del arrabal

Grupo de viviendas con patio central construido en el Llano de San Roque. Enfrente levantaron el colegio Alejandro Salazar.

Grupo de viviendas con patio central construido en el Llano de San Roque. Enfrente levantaron el colegio Alejandro Salazar.

Eduardo de Vicente
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La historia del barrio, al otro lado de la Rambla de la Chanca, empezó a cambiar cuando en 1957 se hicieron realidad las 108 viviendas construidas por Regiones Devastadas junto al cauce, entre las calles Estrella Polar, Las Algas y Linares. Aquellos bloques tenían como característica diferenciadora con respecto a otras viviendas sociales levantadas en Almería, el gran patio central sobre el que se distribuían las casas. Un patio enorme a modo de corrala que no tardó en convertirse en la esencia del lugar en un tiempo donde la gente estaba acostumbrada a hacer la vida en la calle.

El patio tenía en el centro varias moreras y estaba dividido en dos alturas: el patio de arriba era el escenario de los juegos de los niños y el patio de abajo era para las niñas. Todos los años, en la víspera de San Antón, se levantaba una gran hoguera en el centro y allí se quemaban, además de los malos espíritus, los muebles viejos que sobraban en las casas.

El patio era el alma de aquellos bloques, era el lugar de recreo donde los niños jugaban sin los riesgos de la calle: las madres, desde las casas, podían estar pendientes de ellos para echarles un ojo de vez en cuando o compartían el patio con los niños en esos momentos en los que las mujeres se juntaban abajo a tomar el fresco mientras remendaban calzoncillos y calcetines. Todos los días llegaba el cartero con la correspondencia y pasaba el basurero avisando con su pito para que los vecinos bajaran con la basura para depositarla en su carromato.

Las Viviendas de la Chanca llegaron a ser un lujo en un barrio donde una parte importante de la población vivía en cuevas. Tenían amplias terrazas y ventanales, cuarto de baño con váter y plato de ducha y una pila de lavar, tres dormitorios y una cocina con despensa que fue aprovechada por muchas familias para colocar la primera lavadora.

En su origen, las viviendas se proyectaron para que las familias más necesitadas del barrio abandonaran sus casas en mal estado y sus cuevas para que tuvieran un hogar digno. Esa fue la idea original, pero después, la realidad se escribió de forma diferente porque había que disponer de unos mínimos ingresos para poder afrontar la renta de aquellos pisos, que llegaron a tener tanta demanda que para aspirar a vivir en ellos había que apuntarse en una lista de espera y en muchos casos, tener un buen enchufe.

El barrio de La Chanca, a mediados de los años cincuenta, luchaba por mejoras fundamentales como tener agua potable en todas las calles y no depender siempre de los lavaderos públicos donde iban las mujeres cargadas de ropa y de las escasas fuentes de agua potable que abastecían a cientos de familias.

En el verano de 1957, el entonces alcalde don Antonio Cuesta Moyano, puso a trabajar a sus operarios para que los arrabales de las Cuevas de las Palomas y de las Canteras estuvieran dotados de agua potable mediante caños públicos lo más cercanos posibles de sus viviendas para evitar que tuvieran que recorrer largas distancias para llenar los cántaros. Otra batalla de los vecinos de La Chanca se centraba en tener servicios médicos apropiados y que los niños tuvieran colegios. Si la salud era fundamental para el progreso del barrio también lo era la educación. De los cerca de dos mil vecinos que habitaban en cuevas, más del setenta por ciento no sabía ni leer ni escribir. En el popular cerrillo del Hambre, donde vivían entre ciento treinta y ciento cincuenta vecinos, cien de ellos eran analfabetos. El arrabal más poblado entonces era el conocido como las cuevas de Las Palomas, donde llegaron a convivir cerca de seiscientos vecinos, de los que más de cuatrocientos no habían ido nunca a la escuela.

En esos años el barrio ya conocía el proyecto de su futuro colegio público, un gran centro con capacidad para acoger a la mayoría de la población en edad escolar. En julio de 1953 ya se había hecho la expropiación de los terrenos, propiedad de don Francisco Rodríguez Sánchez, para ceder una parte de los mismos al Ministerio de Educación Nacional para la construcción del grupo escolar ‘Alejandro Salazar’.

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