La Voz de Almeria

Tal como éramos

La tortura de las clases particulares

La obsesión de los padres porque sus hijos tuvieran estudios le dio trabajo a muchos maestros parados

Alumnos de la Escuela Graduada que había en la calle Arráez, a finales de los años cincuenta.

Alumnos de la Escuela Graduada que había en la calle Arráez, a finales de los años cincuenta.

Eduardo de Vicente
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Los niños de ahora digieren con normalidad, sin atragantarse, sus densos horarios laborales que empiezan al amanecer y terminan cuando comienza a declinar el día. Han asumido con resignación que tienen que ir a la escuela por la mañana y que por la tarde no hay otra salida que aprender inglés porque sus padres dan por sentado que si no dominan el idioma de Shakespeare no pueden llegar lejos en este mundo globalizado. Cuando no tienen idiomas tienen informática o practican algún deporte en un club perfectamente organizado. Si en medio de ese barullo de tareas diarias tienen un rato para el esparcimiento, les permiten salir a jugar a la calle, siempre en libertad condicionada, es decir, bajo la estrecha vigilancia de sus progenitores.

Los niños de antes también teníamos que cumplir con un tiránico calendario laboral. Entonces teníamos clases por la mañana y por la tarde, pero en medio de la obligación siempre encontrábamos un hueco para volar. Llegábamos de la escuela al mediodía y apurábamos al límite esa hora que teníamos por delante antes de almorzar para reencontrarnos en la calle con los amigos y recargar las pilas.

La jornada escolar se suavizaba por la tarde. Entrábamos a las tres y salíamos a las cinco o a las cinco y media siempre que no sufriéramos algún castigo. Los que estudiábamos en colegios privados conocíamos de primera mano la tortura que significaba quedarse castigado después de clase. La primera vez en mi vida que tuve conciencia de la soledad fue aquella tarde en la que el maestro me dejó cautivo en el aula mientras los compañeros se marchaban felices a sus casas. Un aula sin niños es una cárcel, un escenario hostil que no tarda en llenarte de miedos. Aquel sentimiento de impotencia y fragilidad me dejó marcado para siempre.

Las tardes, después del colegio, tenían también sus buenos momentos. Después de la merienda y de hacer la tarea, los niños teníamos la recompensa de salir un rato a la calle y de volver a sentirnos libres de verdad, sin tener delante a tu madre dirigiéndote los pasos. Los niños de antes éramos muy distintos cuando estábamos solos con los amigos y podíamos desplegar al viento nuestros instintos más primitivos. En medio de la calle desafiábamos las leyes y nos permitíamos la licencia de decir tacos y de sacar a pasear ese lado oscuro que casi todos llevábamos incorporado.

Aquella felicidad de poder salir a jugar después del colegio se truncaba cuando unos padres decidían que su hijo necesitaba ir a clases particulares para mejorar las notas o para superar esa asignatura que se le atrancaba trimestre tras trimestre.

Una de las peores noticias que te podían dar es que te apuntaran en una de esas academias donde un maestro se ganaba el jornal tratando de enderezar el rumbo de los niños rezagados. Llegabas a tu casa después del colegio, descansabas media hora mientras te comías el bocadillo y después, con la boca llena de mortadela y de amargura volvías al aula mientras en tu calle los otros niños jugaban a la pelota. Nunca me sentí tan desdichado como aquellos meses en los que veía llegar la noche encerrado en una habitación con un profesor desganado que intentaba explicarte el mecanismo de las ecuaciones mientras tu soñabas que marcabas un gol.

El sufrimiento de las clases particulares se hacía insoportable en los veranos, cuando te quedaba alguna asignatura para septiembre y te obligaban a acudir a un profesor. La academia de verano era una condena porque al suponer un sacrificio económico para tu familia obligaba a tus padres a estar más encima. No solo era la asistencia a clase, sino las horas de estudio que había que echar si querías ir a la playa un par de horas o salir con los amigos.

Había muchachos que no resistían aquella presión de los estudios y se salían de la academia para dejar definitivamente los libros y aprender un oficio o buscar un trabajo. Para muchos padres de aquella época la renuncia de su hijo a seguir estudiando significaba una profunda decepción que dejaba huella en las casas.

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