La Voz de Almeria

Tal como éramos

El ‘curilla’ que desataba pasiones

El Magistral Domínguez cautivaba a sus fieles con su palabra y con su mirada

El Magistral Domínguez nació con un don especial para la palabra. Decían de él que llevaba a Dios en cada frase que pronunciaba.

El Magistral Domínguez nació con un don especial para la palabra. Decían de él que llevaba a Dios en cada frase que pronunciaba.

Eduardo de Vicente
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Hay una calle en Almería, entre la de Regocijos y la Avenida de Pablo Iglesias, que lleva el nombre del Magistral Domínguez. Así reza en una placa sin que casi nadie sepa quién fue el personaje ni por qué motivo el municipio le dedicó una calle. Fue en el Pleno del 16 de enero de 1916 cuando el concejal Naveros propuso que la calle llamada de Alfareros llevara el nombre del querido prelado que acababa de fallecer para que su recuerdo estuviera presente para siempre en la historia de la ciudad.

Almería lloró la muerte del Magistral y fueron tantas las muestras de cariño y fue tanta la necesidad de perpetuar su memoria que se llegó a plantear la construcción de una estatua del sacerdote para colocarla en la parte más visible de la fachada principal de la Catedral.

La figura del Magistral Domínguez había dejado una profunda huella en todos los que lo conocieron. A pesar de su muerte prematura en 1916, cuando solo contaba con 51 años de edad, llegó a alcanzar altas cotas de popularidad como quizás nunca había conseguido ningún otro hijo de la Iglesia en Almería.

Se llamaba José Joaquín Domínguez Rodríguez y había nacido en Tabernas en 1864, aunque una parte de su infancia la pasó en Roquetas de Mar, tutelado por su tío don Miguel Domínguez López, párroco de aquella villa. Fueron años decisivos al lado de su tío donde el niño recibió una completa formación espiritual e intelectual.

La cuidada biblioteca familiar fue su refugio preferido; allí conoció a los clásicos y allí fue completando su educación, marcada a fuego por la presencia de Dios, latente en todos los rincones de la casa. En uno de los escritos que dejó a cerca de su vida, el Magistral llegó a decir que en la casa de su tío te podías encontrarte con Dios en cualquier pasillo, encima de la mesa a la hora del almuerzo o asomado al balcón entre los geranios que lo decoraban.

Ya desde temprana edad, el niño daba muestras de una inteligencia superior y de una predisposición natural para el misticismo. Con siete años ya leía los textos en Latín y con ocho hizo su ingreso en el Seminario de San Indalecio de Almería. Antes de terminar la carrera eclesiástica, cuando acababa de cumplir los 19 años de edad, fue nombrado profesor de filosofía y oratoria por sus sobresalientes dotes y sabiduría. Al ser ordenado sacerdote, con dispensa de edad, fue nombrado coadjutor de la parroquia de Santiago. Corría el año de 1885, la edad dorada del Seminario de Almería, cuando era tanta la demanda de matriculas que había lista de espera para entrar.

Con su llegada a la iglesia de Santiago se armó la revolución. La figura de aquel muchacho esbelto, de rasgos hermosos por fuera y de una belleza inmensa por dentro, no pasó desapercibida. ‘El curilla’, como le decían coloquialmente, desataba pasiones cada vez que se subía al púlpito donde su mirada cautivaba con tanta fuerza como su verbo cálido y brillante. Se decía que cuando empezaba a hablar dejaba pasmados a los fieles y que se dieron casos de devotas que acabaron llorando de emoción y de sermones que terminaron con una ovación de gala como si en vez de un templo fuera un teatro. Decían que era un sabio de verdad, y nadie se podía explicar como siendo tan joven podía llevar tantos conocimientos metidos en la cabeza.

Tal vez, lo que mucho después conocimos como el fenómeno fans, tuvo sus orígenes en las ceremonias en las que estaba presente el Magistral Domínguez, en aquellas citas ante el altar donde las mujeres, que eran mayoría, lo adoraban. Nadie hablaba como él, con una dulzura que parecía la voz del reino de los cielos. Era un auténtico artista que además cultivaba la poesía, la música, la pintura y el teatro con gran maestría. Se llegó a decir que el Magistral Domínguez era el gran artista de la palabra.

Cuando tuvo que marcharse de Almería al ser nombrado canónigo magistral de la Catedral de Guadix, dejó un vacío inmenso en el alma de sus fieles.

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