El bendito bocadillo de los obreros
Los mecánicos del garaje de Trino se comían el bocata mañanero bajo el Cable Inglés, mirando a la playa

Mecánicos y aprendices del garaje de Trino disfrutando del cuarto de hora del desayuno debajo de los hierros del Cable Inglés. Años 70.
Antes, cuando todavía había albañiles y los talleres estaban llenos de maestros mecánicos y de aprendices, cuando pasabas por una obra o por un garaje a la hora del desayuno podías encontrarte con la escena del bocadillo, que entonces componía un momento sagrado. Los quince minutos del bocata con embutidos y el botellín de cerveza eran innegociables. El mundo se detenía durante un cuarto de hora para que los trabajadores recobraran las fuerzas y pudieran seguir en el tajo.
Cuando en mi barrio había alguna obra, a los niños nos gustaba acercarnos a la hora del desayuno y disfrutar de aquella estampa antigua en la que los albañiles, sentados en ladrillos, se contaban sus anhelos mientras devoraban el pan con chorizo. Me gustaba mirar el contraste entre aquellas manos curtidas en los andamios y la blancura inocente del pan. Me gustaba contemplar el ritual de las navajas abiertas cortando con destreza las tripas de salchichón y los trozos de tocino. Entonces no existían las barritas energéticas ni los batidos enriquecidos con Omega 3 y proteínas, por lo que para poder sobrevivir en el tajo había que echar mano de los alimentos que te llenaban de energía y te cubrían las reservas. Con qué hambre se comían los bocadillos, con qué decisión se bebían un botellín de cerveza como si fuera un simple vaso de agua.
Cuando los sábados íbamos a los descampados de la playa a jugar, veíamos a los mecánicos del garaje de Trino que se refugiaban debajo de los hierros del Cable Inglés a la hora del desayuno. Allí, sentados en piedras, con las huellas de la grasa asomada a las manos, disfrutaban de aquellos manjares sin delicadezas.
En aquellos tiempos todavía existía la figura del aprendiz, del adolescente que se enseñaba a trabajar viendo a los maestros. La ciudad estaba llena de aprendices de mecánicos, de carpinteros, de confiteros, de electricistas, de dependientes de comercio, de mancebos de farmacia. Unos venían de la Escuela de Formación o de Maestría con un título debajo del brazo, y otros iban aprendiendo viendo trabajar a los mayores.
Empezar a trabajar aunque fuera de aprendiz era una victoria, sobre todo cuando recibían el primer sueldo. La primera paga era entonces una conquista, como si aquel sobre con un billete verde dentro les hiciera madurar antes de tiempo. Un niño de dieciséis años con su primera paga en el bolsillo era considerado ya como un hombre. Qué instante de gloria cuando después de la jornada de trabajo llegaban a sus casas con el mono oliendo a grasa o con las manos manchadas de pintura, y les daban el sueldo a sus madres. Porque la primera paga siempre era para la madre, que aprovechaba el dinero para tapar algún agujero pendiente y lo que sobraba se dejaba para abrirle su primera libreta de ahorro al niño.
La primera paga, el primer trabajo, era también una primera criba en el grupo de amigos del barrio. El trabajo marcaba y nos iba distanciando, nos llevaba por caminos distintos a jóvenes de la misma generación, de la misma calle. Los que trabajaban iban más de prisa por la vida, subían los escalones de dos en dos, se hacían hombres antes de tiempo. Los que estudiábamos teníamos la ventaja de prolongar la adolescencia en ese refugio de la eterna juventud que eran las aulas del instituto, donde el futuro se veía lejos, como una responsabilidad ajena.
El trabajo les marcaba otro rumbo, los iba apartando de su entorno infantil y nos iba alejando: amigos distintos, horarios diferentes y finalmente la novia que ya nos separaba del todo. Después llegaba el tiempo de ir a cumplir el servicio militar y dejábamos de vernos durante un año. Cuando regresaban del periodo militar la vida se desbocaba ante sus puertas: las prisas por ahorrar la entrada para el piso, el primer coche, la boda, el primer hijo. Después, si algún día nos volvíamos a cruzar por la calle, teníamos la sensación de que aquellos amigos de la infancia se habían tragado los años de tres en tres, que se habían convertido en hombres llenos de responsabilidades, tan alejados de nosotros, que seguíamos sin madurar envueltos en esa atmósfera de libros y exámenes y sin dar un palo al agua.