La Voz de Almeria

Tal como éramos

El abril que precedió a la guerra civil

En 1936 las fiestas religiosas se limitaron a los templos para evitar posibles altercados

En los meses previos a la guerra civil se seguía subiendo al Cerro de San Cristóbal para visitar el monumento al Corazón de Jesús. Era el único acto de religiosidad fuera de los templos.

En los meses previos a la guerra civil se seguía subiendo al Cerro de San Cristóbal para visitar el monumento al Corazón de Jesús. Era el único acto de religiosidad fuera de los templos.

Eduardo de Vicente
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La vida seguía su ritmo normal en Almería en aquel abril del año 36. El tren seguía llegando con retraso, a veces de cuatro horas, los veladores de las terrazas del Paseo seguían llenándose a las horas del café, los carros de la vega cruzaban cada mañana antes de amanecer los puentes camino de la alhóndiga y las barcas de los pescadores llegaban con puntualidad antes de que abrieran los mercados.

La única novedad, que ya había dejado de serlo desde la proclamación de la República en 1931, era que la religiosidad de cada primavera ya no se exhibía en las calles y había quedado relegada a los templos. En abril de 1936, el Obispo, don Diego Ventaja Milán, envió al alcalde un donativo de 250 pesetas para paliar el paro obrero en la ciudad. Era un gesto de solidaridad y una forma de limar asperezas entre la iglesia y el poder político, en aquellos meses en los que la fe estaba bajo sospecha.

Aquella Semana Santa se celebró dentro de las iglesias. No hubo desfiles en la calle ni grandes actos de exaltación religiosa para evitar que pudiera producirse algún tipo de enfrentamiento. El Jueves Santo, los comercios y los bancos cerraron a partir del mediodía y se respetó la vieja costumbre de mantener cerrados los cines. El Hesperia y el Cervantes no volvieron a abrir hasta el Sábado de Gloria, uno estrenando la película ‘Currito de la Cruz’ y el otro ofreciendo la actuación en directo del popular actor cómico Miguel Ligero.

Las iglesias se llenaron para celebrar los Santos Oficios, pero las imágenes no salieron de los templos. Aquella primavera no hubo procesiones, pero se mantuvo la religiosidad popular más cercana, actos íntimos de fe como el de subir por el mes de mayo al cerro de San Cristóbal para rendir cuentas ante la imagen del Corazón de Jesús.

Desde que en abril de 1929 fue bendecido e inaugurado el monumento, nació la costumbre de subir al cerro a rezar en señal de promesa. No se trataba de una tradición organizada, sino de una manifestación espontánea, alejada de cualquier organización eclesiástica. Las promesas al Corazón de Jesús eran un asunto exclusivo de mujeres, por lo que el cerro se llenaba de devotas cuando llegaban los primeros calores de mayo. Allí subían las madres, muchas cargando a los hijos en brazos para hacer más dura la promesa.

La religiosidad popular siguió practicándose sin limitaciones en la primavera del 36 en esos pequeños actos de fe en los que no intervenía la Iglesia. Sin embargo, la confrontación entre las autoridades y los estamentos eclesiásticos era evidente, alcanzando niveles de enfrentamiento directo cuando la Diputación Provincial ordenó la sustitución de las monjas que estaban a cargo de los centros benéficos.

La primavera del 36 estuvo marcada por el paro obrero que hacía estragos en la ciudad. Tanto apretaba que la Alcaldía emitió un Bando dirigido a los propietarios de edificios para que procedieran al aseo de las fachadas y a la construcción de las aceras, y a los dueños de los solares “para que los aseen y cerquen”, medidas que pretendían dar empleo a cientos de parados.

El gobernador civil, el señor Peinado Vallejo, tampoco cesaba de emitir órdenes, muy preocupado por los disturbios huelguistas de los pueblos y por algunos sucesos tan tristes, como el asesinato de un guardia de asalto en la calle Navarro Rodrigo de la capital, después de “una colisión entre fascistas y otros elementos”, según el comunicado del propio Gobernador.

Para colmo, una epidemia de rabia canina sembraba el miedo por los barrios de la capital, organizándose batidas hasta el río y la vega en busca de perros vagabundos. Había que liberar las calles de esta plaga antes de que llegara la multitudinaria caravana de la II Vuelta Ciclista a España, que el lunes 11 de mayo de 1936, convocó a todos los vecinos de la ciudad en la meta del Parque.

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