El suelo: la tribuna de los pobres
En los años 60 se colocaban filas de sillas de anea en el Paseo para ver las procesiones

Los niños estaban habituados a sentarse en el suelo y aprovechaban los trancos de la Plaza de San Pedro para acomodarse como si fuera una tribuna y ver la salida de la procesión del Santo Entierro.
Ahora que la carrera oficial se cubre de sillas y de tribunas, ahora que nos sentamos a ver pasar las procesiones como si las estuviéramos viendo por la tele en el salón de nuestra casa, ahora que la oficialidad está machacando la espontaneidad en las calles, uno se acuerda de aquellos años en los que la gente soportaba las esperas sin rechistar y los niños convertían el suelo de las calles y los trancos de las aceras en improvisadas tribunas.
Ya no se ven niños sentados en los trancos. Es una imagen que ha ido desapareciendo, entre otros motivos porque cada vez hay menos niños y cada vez hay menos calles donde poder jugar. Antes, cualquier acera se convertía en un sofá para los chiquillos y sin mirar si estaba limpia o sucia, la tomaban como suya a la hora de descansar. Fuimos la generación de los trancos y del culo de los pantalones manchados. Nos sentábamos en cualquier sitio y nos tirábamos al suelo como reptiles sin tener conciencia del disgusto que le íbamos a dar después a nuestras madres. Salíamos de la casas relucientes y regresábamos como si hubiéramos estado trabajando en una mina.
Cuando en Semana Santa nos sacaban a ver las procesiones, como los niños llevábamos muy mal lo de los parones y las esperas, más temprano que tarde terminábamos en el suelo, acomodados en los trancos o en las aceras del Paseo en una época donde las sillas de anea que colocaban en la gran avenida estaban siempre ocupadas por los familiares de los cofrades, que llevaban ventaja. Cuando nos invadía el cansancio, poco nos importaba el pantalón que estábamos estrenando esa primavera ni el trabajo que le dábamos a nuestras madres.
Los trancos más concurridos entonces eran los del Paseo y los de la Plaza de San Pedro, que cada Viernes Santo se transformaba en el gran escenario de la ciudad cuando iba a salir el Santo Entierro. Ninguna hermandad, ninguna procesión, convocaba a tantos miles de fieles como lo hacía la del Cristo yacente. Era una explosión de fe y superstición arraigada en los cimientos más profundos del pueblo que se expresaba en los rostros de toda aquella gente que durante el año vivía ajena a la Iglesia, ayuna de misas y sermones, pero que cada Viernes Santo bajaba a la Plaza de San Pedro para saldar sus cuentas pendientes con el cielo y ponerse en paz con Dios hasta el año siguiente.
Los niños se colocaban en los trancos y las madres y las abuelas se encargaban de pedirle al Señor un trabajo para el hijo y sobre todo, por encima de todo, mucha salud. En ese gesto de pedir al cielo había una carga de inocencia que se ha ido perdiendo como también se ha ido esfumando la espiritualidad de las calles. De la espiritualidad por obligación que se imponía hace sesenta años se ha pasado a un derroche de exhibicionismo que se pone de manifiesto en las calles donde reina un ambiente de bares y juerga más propio de la Feria de agosto que de una celebración religiosa donde se está recordando la pasión y la muerte de Jesucristo.
La Semana Santa se ha convertido en un espectáculo de masas donde el motivo religioso ha quedado relegado a un segundo plano. Se sale a la calle a celebrar la primavera, a encontrarse con la gente y sobre todo, a disfrutar de los bares y de sus tapas, que se han convertido en los auténticos santuarios. Otro fenómeno imparable que ha transformado la Semana Santa de los últimos años es la aparición del teléfono móvil como elemento de culto. Cada vez son más los fieles a este invento que acuden a las procesiones dispuestos a perderse el momento con tal de llevarse en el aparato un centenar de fotografías y de videos que seguramente no verán jamás, perdiéndose en el camino la magia de cada instante.