La Voz de Almeria

Tal como éramos

50 años de un ‘estadio’ milagroso

La construcción del Franco Navarro fue un milagro por la falta de apoyos; milagro que se repitió con varios ascensos

Once del Almería que inauguró el Franco Navarro en agosto de 1976: Artero, Pino, Mantecón, Español, Alfonso, Hierro, Rojas, Polo, Cruz Carrascosa, Montero y Garrido.

Once del Almería que inauguró el Franco Navarro en agosto de 1976: Artero, Pino, Mantecón, Español, Alfonso, Hierro, Rojas, Polo, Cruz Carrascosa, Montero y Garrido.

Eduardo de Vicente
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Todo lo que sucedió parecía fruto de un milagro. La construcción del campo de fútbol del barrio de Torrecárdenas se pudo culminar gracias a que un empresario como Antonio Franco Navarro se echó la manta a la cabeza y con escasos apoyos obró el milagro de terminar todo un estadio en un tiempo récord, en menos de un año. En diciembre de 1975 comenzaron las obras de cimentación y en agosto de 1976, nueve meses después, se disputó el partido de inauguración ante el Athletic de Bilbao.

Fueron meses vertiginosos, de viajes a Madrid para pedir subvenciones, de campañas de promoción para que la ciudad echara una mano y que las autoridades se concienciaran de que el estadio era un bien colectivo. El club, la A.D. Almería, tenía las arcas vacías y un número de socios que no alcanzaba ni para mantener una plantilla de Regional Preferente, pero a Antonio Franco Navarro se le metió en la cabeza su estadio y se lo tomó como un reto personal, como la gran obra de su vida. Así, en un alarde de valentía e inconsciencia, se embarcó en un proyecto que superaba los treinta millones de pesetas. Adquirió unos terrenos baldíos de 18.000 metros cuadrados de superficie en el entonces olvidado y lejano barrio de Torrecárdenas y se puso a trabajar.

Eligió para crear la obra a los arquitectos Juan López Torres y Gonzalo Hernández Guasch, que proyectaron un campo con forma de bombonera, con gradas en los cuatro puntos cardinales y una capacidad para catorce mil espectadores sentados. El proyecto inicial contemplaba también reservar un espacio de 4.000 metros cuadrados para levantar un complejo anexo destinado a club social, con pistas polideportivas y una piscina olímpica. Esta idea quedó plasmada en los planos, pero nunca llegó a ejecutarse. Los terrenos, pegados al fondo sur, se quedaron en barbecho y fueron utilizados primero como campo de entrenamiento y después como una zona de aparcamientos.

La construcción fue una auténtica odisea. Cada día que pasaba aparecían nuevos problemas, el más importante el económico. En un intento de contar con un colchón suficiente para poder terminar las obras, Franco Navarro puso en marcha una campaña de acciones para recaudar fondos. Sacó a la venta cuatro mil acciones al precio de cinco mil pesetas cada acción pensando en llegar a una cifra cercana a los veinte millones, pero no se llegó a superar la cifra de mil, lo que supuso empezar la nueva etapa en el campo recién inaugurado con importante déficit.

Cuando las gradas ya estaban casi terminadas, cuando los primeros brotes de hierba empezaban a crecer, hubo que abordar otro obstáculo vital, el de los accesos, ya que no había ninguna carretera decente que llegara hasta las mismas puertas del nuevo estadio. El ayuntamiento y el club pusieron en marcha cuatro vías para llegar: por el camino de Los Molinos y la Pipa, por el Camping de Torrecárdenas, por el Polígono de San Rafael y por el paraje de Las Lomas, que era el camino más directo para llegar desde el centro de Almería.

Todos los esfuerzos, todo el dinero gastado en las obras mereció la pena porque en el nuevo estadio vivimos días de gloria que nadie imaginaba. El ‘Franco Navarro’ fue mucho más que un recinto deportivo; fue una ilusión compartida, el escalón que nos permitió salir de la autarquía y la pobreza del viejo estadio de la Falange y meternos de lleno en una nueva época. Nuestra Transición se hizo más en las gradas del nuevo campo de fútbol que en las reivindicaciones callejeras.

El nuevo estadio multiplicó la afición por tres y unió a la ciudad en torno a un club de fútbol. El campo de fútbol de la barriada de Torrecárdenas forjó un sentimiento tan fuerte que hizo posible el milagro. El ‘Franco Navarro’ se inauguró en agosto de 1976, con el equipo en Tercera División, y en junio de 1979, tres años después, estábamos celebrando en las gradas el ascenso a Primera División, culminando una gesta que fue considerada como un auténtico milagro.

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