La Voz de Almeria

Tal como éramos

El valor de tu primera foto de Feria

Guardamos como un tesoro aquellos primeros retratos que nos hicimos en la Feria cuando las ilusiones estaban intactas

En el recinto ferial siempre había un retratista dispuesto a inmortalizar aquel momento mágico en que los niños le daban la vuelta al mundo en un carrusel.

En el recinto ferial siempre había un retratista dispuesto a inmortalizar aquel momento mágico en que los niños le daban la vuelta al mundo en un carrusel.

Eduardo de Vicente
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En todos los baúles, en todos los cajones, en todas las latas de membrillo, en todos los sobres sepia que me han abierto a lo largo de los últimos veinte años las familias almerienses para contarme sus historias, en todos se guardaban como si fueran tesoros las fotos de aquel día en el que la cámara de un minutero inmortalizaba el gesto de felicidad de un niño.

En el recinto ferial siempre había un retratista dispuesto a ganarse unas pesetas a cambio de captar aquel momento mágico en que los niños daban la vuelta al mundo en el caballo, en la bicicleta o en el carruaje de un viejo carrusel. Aquellas primeras fotos encerraban, en muchos casos, los mejores momentos de la vida, cuando las ilusiones estaban todavía intactas, cuando la felicidad formaba parte de la rutina diaria, como levantarse, como comer, como soñar despierto. La Feria era entonces algo tan extraordinario que la gente lo celebraba echándose fotografías, como si presintiera que aquellos instantes de pura alegría ya no se volverían a repetir después.

El retratista siempre estaba al acecho, dando vueltas con su cámara a cuestas, esperando el momento adecuado para tirar esa foto irrenunciable para los padres, que no podían dejar pasar la oportunidad de tener ese recuerdo inolvidable. Había un retratista que prefería montar su tinglado en el Parque y no moverse de allí. Colocaba el caballo de cartón o el muñeco Bambi y esperaba a que pasaran los padres con los niños en aquellas mañanas de domingo cuando media Almería se acercaba a tomar el sol y el aire del mar al puerto.

Aquellas fotografías callejeras son el testimonio fiel de un tiempo con otras formas de entender la vida y de vivir. En ellas se encierra la esencia de una época donde una simple foto, donde cualquier detalle, podía alcanzar un valor sentimental impagable.

Las fotografía de nuestros padres y las de nuestra infancia eran tan especiales, tan extraordinarias, tan sagradas, que las guardábamos como si fueran auténticos tesoros y después se iban heredando de generación en generación. Recuerdo la foto de la Primera Comunión que mi madre custodiaba como si fuera de oro y cada vez que llegaba una visita a mi casa, alguna tía, o alguna amiga de la familia, se la enseñaba como si no hubiera otra en todo el planeta. Las fotos de comunión eran de estudio, hechas por un profesional.

En los años cincuenta, las fotos de estudio convivían con las fotografías espontáneas que el retratista ambulante iba haciendo por la calle. Aquellos retratos no tenían la solemnidad de las fotografías de estudio, donde los personajes posaban como si fueran estrellas de cine sobre un escenario con decorado. No tenían tampoco la precisión de las fotos profesionales ni esa sensación de artificio que dejaban las caras retocadas y la mezcla perfecta de las luces con las sombras.

Las fotos ‘al paso’ eran el género chico de la fotografía, retratos hechos al abordaje en los que el modesto artista ‘asaltaba’ a la gente por la calle apretando el gatillo sin avisar. Frecuentaban los sitios más concurridos de la ciudad: la Puerta de Purchena y el Paseo en los días de diario, y el puerto y el Parque en las mañanas de domingo. El artista aparecía entre la multitud con su cámara colgada sobre el cuello y escogía a sus clientes con una sonrisa en la boca y pronunciando las palabras mágicas: “el pajarito, el pajarito’, y había quien pasaba de largo esquivando la instantánea, y había quien se dejaba fotografiar alegremente mirando al pajarito.

Aquellos humildes fotógrafos ambulantes recogieron como nadie la atmósfera de una época. Sus fotos tenían la espontaneidad que les faltaba a los retratos de estudio y esa carga de inocencia que llevaba encima la gente sencilla que se pasaba la vida en la calle. Para aquellos humildes retratistas, la Feria era la salvación de la temporada, la semana grande en la que con un poco de suerte y unas cuantas noches en vela se ganaban el jornal de medio año.

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