La Voz de Almeria

Tal como éramos

El ‘caldico’ caliente de los velatorios

Cuando el difunto se velaba en las casas siempre había una vecina que de madrugada aparecía con una olla de comida

Un entierro pasando por la calle de Granada camino de la Gloria y del cementerio.

Un entierro pasando por la calle de Granada camino de la Gloria y del cementerio.

Eduardo de Vicente
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Hasta la muerte se ha ido deshumanizando. Ahora se vela a los difuntos en esos espacios severos y desapegados que son los tanatorios, lo más cerca posible del cementerio si puede ser. En esas salas de mármol a los familiares les ofrecen bebidas, caramelos, galletas y a veces hasta un vale para gastarlo en el bar. Que lejos queda ya aquella época en la que la gente moría en su cama y la capilla ardiente se montaba en la habitación más grande de la casa para que pudieran pasar por ella todos los vecinos, los familiares y los curiosos.

Las galletas y el agua embotellada de los tanatorios era antes el caldo caliente que llevaba alguna vecina a esas horas de la madrugada en la que los cuerpos necesitaban un reconstituyente que los hiciera sentirse vivos en medio de tanta pena. De ahí, de los velatorios caseros, salió esa expresión que todos hemos utilizado alguna vez que dice “este caldo resucita a un muerto”. Cuánto agradecían los afligidos familiares del difunto ese gesto amable de la vecina que aparecía con el caldo caliente para darle un giro a la asamblea. “Para qué se ha molestado usted. Si no tenemos ganas ni de abrir la boca”, eran las frases que se repetían cuando llegaba la olla de cocido.

Eran otros tiempos, otra forma de entender la vida y la muerte. Se nacía y se moría en las casas. Se nacía con la ayuda de la comadrona sobre la cama del dormitorio y se moría entre las cuatro paredes del hogar. Las familias arropaban al difunto en una ceremonia que duraba un día, sin tregua, con su noche y con su madrugada correspondiente. Cuando un vecino moría toda la calle se implicaba en el duelo y ese día se palpaba en el ambiente una pena compartida que creaba una atmósfera pesada y triste. Los duelos afectaban también a los niños, al contrario de lo que ocurre ahora. Hoy, a los niños se les aleja de la realidad de la muerte por temor a que les pueda causar un trauma; antes, los niños convivíamos con ella porque la teníamos presente en nuestro entorno más cercano. Veíamos morir en nuestras casas a los mayores y participábamos del duelo cuando algún vecino fallecía.

El día que tocaban a difunto estábamos obligados a respetar las normas. Podíamos salir a la calle a jugar, pero no podíamos armar alboroto ni dar gritos. Cuando algún vecino moría los niños también compartíamos aquella tristeza de aldea y acabábamos sentados en los trancos sin ganas de fiesta.

En mi casa siempre se recordaba el día en que murió el maestro de obras Antonio ‘el Rubio’, padre del sacerdote don Antonio García Flores. Era una de las familias más conocidas del barrio y estaba tan vinculada a la Iglesia que la noche del velatorio la calle donde se velaba al difunto parecía el Paseo en un Jueves Santo. Todos los curas de Almería pasaron por allí y faltaron sillas en el barrio para poder recibir a tanto forastero.

La gente moría en su casa y allí, en la entrada, que casi siempre se correspondía con el salón principal, se instalaba el cortejo fúnebre. El ataúd de madera, el crucifijo y las velas eléctricas. En la misma puerta se colocaba una mesilla de madera con un tapete negro con ribetes dorados y una hoja en blanco para las firmas de condolencia.

Los velatorios duraban un día completo y se convertían en una jornada de convivencia en la que siempre se acababa hablando de las bondades del difunto. Los familiares recordaban cómo había sido su existencia por este valle de lágrimas y los vecinos y amigos repetían hasta la saciedad lo bueno o lo buena que había sido en vida. Los velatorios eran acontecimientos de interés general por lo que no estaban a salvo de los curiosos que se acercaban al muerto por el morbo de contemplar la desgracia ajena. A veces, los niños, cuando alguien moría en nuestra manzana, nos retábamos para ver quién era el más valiente, el que de noche se atrevía a asomarse por la ventana de la casa para verle la cara al difunto. El que lo hacía corría el riesgo de que esa noche, cuando estuviera durmiendo, soñara con el fallecido.

tracking