En 1962 el empresario Antonio Molina abrió la primera tienda especializada en deportes
Casi nadie llevaba chándal y tener la camiseta de un equipo era entonces un lujo

Puerta de la tienda de la calle Rueda López, que fue la primera en Almería que se dedicó exclusivamente a los artículos deportivos.
En uno de los viajes que todos los años realizaba por la región valenciana en busca de juguetes, el empresario Antonio Molina Franco, dueño de la tienda la Giralda, descubrió en Alicante un magnífico comercio dedicado exclusivamente a artículos deportivos. Lo vio y se quedó cautivado con la idea, que unos meses después iba a plasmar en Almería, abriendo un negocio con el mismo nombre que el de Alicante, ‘el Palacio de los Deportes’.
El establecimiento se instaló en la calle de Rueda López, junto a la calle Reyes Católicos y fue la primera tienda especializada en deportes que existió en Almería. Allí fue donde muchos niños de la época vimos por primera vez las equipaciones de nuestros equipos, todo un acontecimiento en un tiempo en el que tener una camiseta de un club de Primera División era casi una señal de opulencia.
Las vestimentas de los equipos las conocíamos por las estampas que coleccionábamos cada septiembre porque por la tele las veíamos en blanco y negro y teníamos que intuir los colores. Qué emoción la tarde que un vecino nos avisó de que en el escaparate del Palacio de los Deportes habían colocado la equipación completa del Bilbao. Cómo resaltaban las franjas rojas de la camiseta, que elegante nos parecía entonces el pantalón de un negro inmaculado, sin adornos, sin marca publicitaria alguna. Muchos niños cruzamos por los primeros años de nuestra infancia soñando con tener un día aunque sólo fuera la camiseta. Un año nos regalaban para Reyes la camiseta y unos meses después, para nuestro santo, el pantalón y las medias. Después, ahorrando, nos comprábamos el escudo y el número que nuestras madres nos cosían con paciencia en el pecho y en la espalda.
En el escaparate del Palacio de los Deportes veíamos también aquellos balones de cuero que en nuestro argot infantil llamábamos “de reglamento” porque eran de verdad, como los que utilizaban los futbolistas profesionales. Tener un balón de reglamento era otro lujo por lo que el niño que conseguía uno era venerado como un pequeño Dios en nuestro barrio. Aquellos balones se iban desgastando de tanto uso y para darles vida había que llevarlos al zapatero a que les cosiera las juntas y que les diera grasa de caballo.
Por la tienda de la calle de Rueda López pasaron la mayoría de los directivos de los equipos modestos de la capital y de la provincia para encargar las equipaciones del club, que en aquellos tiempos había que traerlas de Barcelona, donde estaban las fábricas de ropa.
El Palacio de los Deportes fue también el templo de los aficionados a la pesca y de los amantes del montañismo, que encontraron allí las cañas más modernas y las mejores tiendas de campaña que aparecían en el mercado. Los primeros chándals, los primeros artículos de montañismo, las primeras botas de fútbol de tacos las vimos en el Palacio de los Deportes antes de que aparecieran en escena otras tiendas importantes como Deportes Galiver y Montor.
En aquella época la ropa deportiva era un elitismo y mucho más tener un chándal. Tener un chándal empezó a ser una aspiración de los niños de la clase media cuando en algunos colegios importantes de la ciudad fueron imponiendo la obligatoriedad de esta prenda para las clases de gimnasia.
El chándal, en aquel tiempo, era un artículo de lujo que solo llevaban los deportistas de primer nivel. Cuando por televisión veíamos un partido de la Copa de Europa, mirábamos con envidia las indumentarias modernas de los equipos ingleses y alemanes, con sus camisetas de la marca Adidas que entonces era la firma de referencia, la que marcaba todas las tendencias de la moda deportiva.
Cuando algún niño de mi calle aparecía con una prenda de esta casa era la admiración del barrio y presumía delante del resto tocándose el emblema y diciendo: “Mira, es Adidas”, lo que nosotros traducíamos como sinónimo de calidad.
Las primeras camisetas de esta marca que vimos en Almería las llevaban los hijos de los emigrantes que estaban en Alemania trabajando. En el mes de verano que venían a pasar las vacaciones llegaban como los Reyes Magos, cargados de tesoros que nosotros, los que vivíamos en Almería, no teníamos a nuestro alcance. Lo mismo aparecían con una bicicleta de paseo con las marchas incrustadas en el cuadro que con la indumentaria completa del Bayern de Munich, un equipo que al menos a mí me gustaba mucho en aquellos años, no solo por sus modernas vestimentas, sino porque solía ser el verdugo del Real Madrid.
Los niños de los primeros años setenta no aspirábamos a tener un chándal porque sabíamos que nos quedaba dos escalones por encima de nuestras posibilidades y porque tampoco nos hacía falta. Estábamos educados en la austeridad absoluta y teníamos suficiente con la libertad de jugar a pleno pulmón en las calles y nos importaba poco con qué indumentaria fuera.